La desaparición de este manantial histórico exige transparencia, responsabilidad y acciones firmes para frenar la sobreexplotación del acuífero
HISTORIASMX. – La reciente declaración de la alcaldesa de Villa López, Dalila Maldonado, sobre la realización de un nuevo estudio para determinar las causas de la desaparición del Ojo de Atotonilco abre una discusión que va más allá de la investigación técnica: la necesidad de asumir responsabilidades y exigir transparencia sobre el uso del agua en la región.
Durante décadas, el Ojo de Atotonilco fue más que un simple manantial. Para los habitantes de la región representaba una fuente natural de agua, un punto de encuentro comunitario y un símbolo del equilibrio ambiental del valle. Su desaparición no es un fenómeno menor ni un misterio repentino que requiera comenzar de cero en materia de diagnóstico.
Diversos especialistas en recursos hídricos han señalado reiteradamente que la principal causa de la desaparición de manantiales en el norte de México suele estar asociada a la sobreexplotación de los acuíferos, fenómeno que ocurre cuando se extrae más agua de la que naturalmente se recarga.
En el caso de Villa López y sus alrededores, la Comisión Nacional del Agua (Conagua) ha realizado durante años estudios técnicos sobre los acuíferos de la región, incluyendo balances hídricos, registros de extracción y monitoreo de niveles freáticos. Es decir, la información técnica en gran medida ya existe.
Por ello resulta legítimo preguntarse: ¿es realmente necesario destinar recursos públicos a nuevos estudios cuando ya hay diagnósticos disponibles?
Más que gastar dinero en investigaciones que posiblemente repitan conclusiones conocidas, la autoridad municipal podría concentrar sus esfuerzos en exigir que se transparenten los datos existentes. Saber quiénes tienen concesiones de agua, cuántos pozos operan en la región y cuántos funcionan de manera irregular sería un primer paso para comprender lo que ocurre bajo la tierra.
Uno de los problemas históricos en las zonas agrícolas del norte del país es precisamente la proliferación de perforaciones ilegales o la extracción por encima de los volúmenes autorizados. Este tipo de prácticas no sólo afectan a los acuíferos, sino que también terminan secando manantiales, arroyos y ojos de agua que dependen del equilibrio natural del subsuelo.
Si el Ojo de Atotonilco se secó, difícilmente se trata de un fenómeno espontáneo. La naturaleza suele advertir con tiempo cuando el equilibrio hídrico se rompe. La caída progresiva de los niveles de agua subterránea, el aumento de perforaciones y el crecimiento de la extracción agrícola o industrial suelen ser señales claras de alerta.
Por ello, más que encargar estudios, el verdadero reto para las autoridades municipales es asumir un papel activo en la defensa del agua de la región. Eso implica presionar para que la Conagua dé a conocer públicamente los datos sobre el estado del acuífero, las concesiones vigentes y las posibles irregularidades en la extracción.
También implica investigar cuántos pozos existen realmente en la zona, cuáles cuentan con permisos y cuáles podrían estar operando fuera de la legalidad.
El agua es un recurso estratégico, especialmente en regiones semidesérticas como el sur de Chihuahua. Cada manantial que desaparece es una señal de alarma sobre el futuro ambiental y productivo de la región.
La ciudadanía no necesita únicamente diagnósticos técnicos. Necesita respuestas claras, transparencia en el manejo del agua y autoridades dispuestas a defender el patrimonio hídrico de su territorio.
El caso del Ojo de Atotonilco debería convertirse en un punto de inflexión. No para acumular más estudios en archivos administrativos, sino para abrir una discusión pública sobre quién usa el agua, cuánto se extrae y bajo qué condiciones.
Porque cuando un manantial desaparece, no sólo se pierde agua: se pierde historia, equilibrio ecológico y parte del futuro de una comunidad.