El desierto también alimentaba: las plantas que hicieron posible la supervivencia de las antiguas tribus de Jiménez.

Probablemente ninguna planta fue tan importante para estas comunidades como el sotol. Mucho antes de que su nombre se asociara con una bebida regional, esta especie representó una de las principales fuentes de alimento del desierto.

HISTORIASMX. – Hasta ahora, la investigación permite establecer que los petrograbados del municipio de Jiménez probablemente estuvieron vinculados con grupos nómadas o seminómadas que recorrieron el Desierto Chihuahuense, posiblemente relacionados con tradiciones culturales como los conchos, tobosos, jumanos, salineros e incluso con influencias de Oasisamérica. Sin embargo, existe una pregunta igual de importante que el significado de las figuras grabadas sobre la roca: ¿cómo lograban sobrevivir estas comunidades en un territorio donde las lluvias son escasas y las temperaturas extremas?

Consulta la primera parte: https://historiasmx.com/petrograbados-no-documentados-en-jimenez-senales-del-cielo-del-clima-y-de-la-memoria-nomada-del-desierto/

La respuesta se encuentra precisamente en el paisaje que hoy muchos consideran árido e improductivo. Para los antiguos habitantes, el desierto no era un obstáculo, sino una enorme despensa natural cuyo funcionamiento conocían con precisión. Cada planta tenía un propósito y cada temporada del año marcaba el momento adecuado para recolectar frutos, fibras o raíces. Su conocimiento equivalía a una auténtica ciencia de supervivencia desarrollada durante siglos de observación.

El sotol: mucho más que una bebida tradicional.

Probablemente ninguna planta fue tan importante para estas comunidades como el sotol. Mucho antes de que su nombre se asociara con una bebida regional, esta especie representó una de las principales fuentes de alimento del desierto.

Los antiguos habitantes extraían el corazón de la planta, conocido como «piña», y lo cocinaban durante largas horas en hornos excavados en la tierra. El calor transformaba sus almidones en azúcares, produciendo un alimento altamente energético que podía consumirse directamente o convertirse en harina para almacenarse durante largos periodos.

Pero el aprovechamiento no terminaba ahí. Las hojas proporcionaban fibras resistentes para fabricar cuerdas, amarres, canastos y diversos utensilios indispensables para una población en constante movimiento. Una sola planta resolvía necesidades alimenticias y tecnológicas al mismo tiempo.

La lechuguilla: la fábrica natural del Desierto Chihuahuense.

Otra de las especies fundamentales era la lechuguilla. Aunque actualmente suele verse únicamente como una planta espinosa característica del paisaje, para las tribus del desierto constituía una verdadera industria natural.

De sus fibras obtenían materiales para elaborar redes, cordeles, sandalias, petates y diversos objetos de uso cotidiano. Incluso existen registros históricos del aprovechamiento de sus raíces por sus propiedades jabonosas, utilizándolas como detergente natural.

En un entorno donde no existían textiles industriales ni herramientas metálicas abundantes, la lechuguilla representaba uno de los recursos más valiosos del territorio.

El mezquite: el árbol que alimentaba al desierto.

El mezquite probablemente fue uno de los árboles más importantes para las poblaciones indígenas del norte de México. Sus largas vainas contienen azúcares y proteínas que podían molerse para producir harina, convirtiéndose en una fuente alimenticia altamente nutritiva.

Además, su madera era utilizada para fabricar herramientas, postes y combustible, mientras que su sombra ofrecía refugio tanto a las personas como a la fauna silvestre. Su presencia también indicaba zonas donde existía humedad en el subsuelo, convirtiéndose en un verdadero indicador natural para localizar agua.

Los nopales y las tunas: agua y alimento en tiempos difíciles.

En una región donde el agua determinaba la supervivencia, los nopales representaban una reserva estratégica.

Las pencas tiernas podían consumirse como alimento, mientras que las tunas aportaban líquidos, azúcares y minerales durante las épocas más secas del año. Incluso las semillas eran aprovechadas, demostrando que prácticamente ninguna parte de la planta era desperdiciada.

El conocimiento sobre las distintas especies de cactáceas permitía a estos grupos aprovechar los recursos disponibles sin alterar el equilibrio del ecosistema.

Las yucas: una fuente permanente de fibras y alimentos.

Las diferentes especies de yuca presentes en el Desierto Chihuahuense también desempeñaron un papel fundamental. Sus frutos eran consumidos frescos, cocidos o deshidratados, mientras que las hojas proporcionaban fibras extremadamente resistentes utilizadas para fabricar sandalias, cuerdas, petates y cestas.

La combinación de estas plantas permitía a las comunidades fabricar buena parte de los objetos necesarios para su vida cotidiana utilizando únicamente recursos naturales.

La farmacia del desierto.

Además del alimento, el desierto ofrecía medicina.

Plantas como la gobernadora, la mariola y diversas especies de arbustos eran utilizadas tradicionalmente para aliviar heridas, dolores musculares, problemas respiratorios y diversas afecciones comunes. Este conocimiento medicinal fue acumulado durante generaciones mediante la observación y la experiencia, constituyendo una auténtica farmacia natural adaptada al ecosistema del norte de México.

Comprender las plantas ayuda a comprender los petrograbados.

Esta relación con la vegetación permite interpretar de una manera distinta los petrograbados de Jiménez. Si estas comunidades dependían completamente de los ciclos naturales, resulta lógico pensar que sus representaciones sobre la roca no sólo registraran fenómenos astronómicos o rituales, sino también acontecimientos ligados a la supervivencia: la llegada de las lluvias, la floración de determinadas especies, la aparición de frutos, el movimiento de la fauna y los periodos favorables para recorrer el territorio.

Por ello, las espirales, círculos y figuras grabadas podrían formar parte de una compleja cosmovisión donde el cielo, el agua, las plantas y los animales constituían un mismo sistema de conocimiento. Comprender las especies con las que convivieron estas tribus no es un tema secundario: es una pieza fundamental para entender cómo lograron habitar durante siglos uno de los ecosistemas más extremos de América y por qué el Desierto Chihuahuense fue, para ellos, mucho más que un paisaje; fue su hogar y su fuente de vida.

Por: Gorki Belisario Rodríguez Ávila / HISTORIASMX.

Volver arriba