Doroteo Arango antes de Francisco Villa

Por el historiador chihuahuense Jesús Vargas

HISTORIASMX. – El 5 de junio de 1878, en el rancho La Coyotada, municipio de San Juan del Río, en el estado de Durango, fue bautizado Doroteo Arango. Aunque algunos historiadores han sostenido que el nombre de Francisco Villa lo adoptó desde sus primeros años como proscrito, no he podido localizar ningún documento que lo vincule con ese nombre antes de 1910.

El propio Villa narró que el 22 de septiembre de 1894 sorprendió al hacendado Agustín López Negrete cuando intentaba abusar de su hermana Martina, motivo por el cual le disparó y huyó de su hogar. Con matices, esta versión ha sido aceptada como cierta; sin embargo, existen razones para suponer que Villa construyó ese relato con el fin de justificar su pasado como bandolero, actividad a la que se dedicó desde los 16 años. Primero se integró a la banda de Ignacio Parra, de quien aprendió el oficio, y más tarde formó sus propias gavillas, hasta que en noviembre de 1910 se incorporó al movimiento revolucionario.

Villa fue un “cimarrón”, un hombre que aprendió a valerse del entorno para sobrevivir en las duras condiciones de la vida clandestina. Como bandolero perfeccionó el uso de las armas de fuego, destacó como jinete y tirador, y desarrolló una notable agudeza psicológica para entender a las personas: supo leer el carácter, la mentalidad y las motivaciones de hombres y mujeres con quienes trataba.

Hacia 1898 se separó de Parra y organizó sus propias bandas. En los años siguientes construyó una amplia red de contactos entre la gente marginada de pueblos y rancherías, que lo reconocían como uno de los suyos. Al mismo tiempo, tenía facilidad para tratar con la llamada gente de bien: hacendados, propietarios de minas, vaqueros y comerciantes, miembros de las clases privilegiadas que estaban dispuestos a beneficiarse comprándole ganado robado —vacas, mulas y burros—.

Una de sus cualidades más notables era que nunca olvidaba los favores. Cuando otorgaba su confianza, arriesgaba la vida para proteger y defender a quien consideraba leal. Incluso cuando establecía una relación con una mujer, extendía su protección a la familia de ella y, en muchos casos, a toda la ranchería, caserío o pueblo donde vivía.

En su trato con los demás regían dos reglas fundamentales: toda la lealtad y el afecto para los valientes y fieles; en contraste, odio y castigo para los cobardes y traidores. De la aplicación estricta de estas reglas surgieron hechos tan contrastantes que, con el tiempo, se transformaron en mitos, formando una especie de costra que ha dificultado comprender con mayor claridad la figura histórica del general.

De los tres grandes bandoleros del Porfiriato, Francisco Villa fue el único que logró burlar de manera constante a las fuerzas rurales y al ejército. Heraclio Bernal e Ignacio Parra fueron sorprendidos y ejecutados tras traiciones; Villa, en cambio, se mantuvo siempre escurridizo y desconfiado.

La efectividad de sus acciones descansaba en dos cualidades que lo acompañaron toda su vida: una inteligencia práctica para aprender del medio y de los demás, y una memoria extraordinaria que asombraba a quienes lo rodeaban. Se decía que nunca olvidaba un rostro y que podía retener el nombre de una persona tras escucharlo una sola vez. Gracias a ello, memorizó cientos de plantas medicinales, pozos, aguajes, cuevas, escondites, atajos y veredas dispersas en las vastas llanuras y zonas montañosas de Durango, Chihuahua y Sinaloa, desplazándose por esa región como pez en el agua.

La información sobre sus acciones como bandolero es fragmentaria, en parte porque cambiaba constantemente de nombre. No es posible enumerar todos los pseudónimos que utilizó. Uno de los episodios más difundidos fue el asalto en Villa Ocampo, Durango, el 21 de mayo de 1904. La prensa de Chihuahua, Durango y Parral aseguró que el jefe de la gavilla era un bandido de apellido Regalado, advirtiendo que mientras no fuera capturado no habría paz en la región. Pasaron casi cien años sin conocerse la identidad de ese Regalado, hasta que en 2001, al investigar la biografía de Nellie Campobello, encontramos su artículo de 1932 “Perfiles de Pancho Villa”, donde se establece que Arango, Villa y Regalado eran la misma persona.

Muy pocos sabían con certeza quién era el bandolero, pues además de cambiar de nombre evitaba el contacto directo con desconocidos y no permitía que le tomaran fotografías. Por ello no existen imágenes suyas anteriores a la Revolución.

Hay otro hecho poco conocido: en 1901, autoridades de Durango detuvieron a Doroteo Arango, acusado de robar un burro con mercancía y un rifle. Permaneció un año preso en Lerdo, sin que en ningún momento se le acusara de haber disparado contra hacendado alguno. En 1902 escapó y comenzó a incursionar por el norte de Durango, luego por Parral y, finalmente, por todo el estado de Chihuahua.

Entre 1904 y 1910 combinó el bandolerismo con actividades comerciales. Estableció relaciones con propietarios “honorables” que facilitaron su reconocimiento como introductor de ganado. En mayo de 1910, en Parral, se denunció a un tal Antonio Flores por robo de ganado en un rancho del Valle de Rosario. Tres meses después, la investigación concluyó que Antonio Flores era Francisco Villa. Se emitieron exhortos a varios estados con su filiación precisa. Este expediente, localizado por mí en 1994 en el Archivo Histórico de Parral, incluye dos documentos escritos y firmados por él, prueba de que sabía escribir antes de la Revolución. En uno de ellos aparece la firma Francisco Villa, idéntica a la que usaría el resto de su vida. No he encontrado un documento anterior que lo identifique así.

Descubierta su identidad, su amigo, el periodista parralense José Rocha, lo presentó con Guillermo Baca, jefe del antirreeleccionismo en Parral, quien le concertó una cita en Chihuahua con Abraham González. De ese encuentro surgió su compromiso con el movimiento antiporfirista. Así nació en Chihuahua el Francisco Villa revolucionario.

Poco se ha estudiado la psicología del bandolero en esa etapa. La mayoría de los autores han retratado a un Villa redimido, como si se hubiera transformado de la noche a la mañana por la influencia de González y Francisco I. Madero, y como si desde entonces les hubiera guardado lealtad absoluta. En realidad, debemos imaginar a un hombre de 32 años, con media vida en la clandestinidad, desconfiado, ingenioso y acostumbrado a depender sólo de sí mismo. Ese Villa, aun al dar un giro radical, conservó la suspicacia y rebeldía del bandolero, lo que lo llevaría pronto a confrontar a Madero.

En los combates de Ciudad Juárez (8–10 de mayo de 1911) se distinguió como el segundo jefe militar en importancia. Tras la toma de la ciudad, pasaron dos días sin que Madero atendiera las necesidades de una tropa exhausta y mal alimentada. Por esa y otras inconformidades, el 13 de mayo, Pascual Orozco y Francisco Villa se insubordinaron e intentaron aprehender al líder revolucionario. La tensión se disipó y días después un Villa arrepentido acudió con Madero, quien le pidió que cambiara de vida.

Villa se casó con Luz Corral e intentó rehacer su camino, pero su fama de bandolero pesaba como estigma. Durante ocho meses quedó al margen de la política. En marzo de 1912, cuando varios jefes chihuahuenses se levantaron contra Madero, Villa intentó unirse, pero Orozco lo rechazó por sus antecedentes. En abril, se puso bajo las órdenes del general Victoriano Huerta, enviado a reorganizar al ejército federal. En Jiménez, tras derrotar a los rebeldes del Plan de la Empacadora, Huerta aprovechó un pretexto para intentar fusilar a Villa, quien se salvó en el último momento y fue enviado preso a la Ciudad de México, a Santiago Tlatelolco.

Desde prisión escribió a Madero advirtiéndole de la traición de Huerta y pidiendo su libertad. No fue escuchado. El 27 de diciembre de 1912 se fugó con ayuda de Carlos Jáuregui. Viajó a Nogales y luego a Estados Unidos. Tras el golpe de Huerta y el asesinato de Madero, buscó apoyos y armas. Con recursos del gobernador sonorense José María Maytorena, cruzó el río Bravo el 9 de marzo de 1913, entrando a Chihuahua con apenas ocho hombres.

En la segunda mitad de 1913 logró imponerse como jefe de los grupos revolucionarios del norte de Durango al sur de Chihuahua, y a finales de ese año consolidó el control político y militar del estado, erigiéndose en el líder indiscutible de la División del Norte. Fue entonces, entre 1913 y 1914, cuando Francisco Villa dejó atrás los complejos del bandolero y empezó a actuar como el gran jefe revolucionario que la historia recordaría.

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