Día de Muertos: la historia de un país que hace lugar a sus ausentes

Entre las antiguas ceremonias indígenas, la tradición católica y las transformaciones del México moderno, la celebración ha construido distintas maneras de mantener cerca a quienes murieron. Su continuidad se sostiene en la memoria familiar, aunque también enfrenta las presiones del turismo y la comercialización.

HISTORIASMX. – Una fotografía, un plato de comida y una vela pueden reunir una historia familiar. En las ofrendas del Día de Muertos, los objetos cotidianos adquieren otra importancia: recuerdan gustos, afectos y nombres que la muerte no ha borrado de la conversación. La celebración abre un espacio para hablar de quienes ya no están y para presentar sus vidas a generaciones que quizá nunca los conocieron. Detrás de sus imágenes más difundidas existe una relación entre personas, hogares y comunidades que ayuda a comprender por qué esta conmemoración ha permanecido y se ha transformado.

Hablar de su origen exige reconocer que no nació en una sola fecha ni puede atribuirse a un único pueblo. El Día de Muertos que hoy se conoce reúne antecedentes mesoamericanos, celebraciones católicas introducidas durante la colonización y cambios sociales posteriores. La revisión de documentos históricos y estudios antropológicos permite distinguir esas capas. También obliga a tratar con cautela las versiones que describen la festividad actual como una ceremonia prehispánica conservada intacta: sus fechas, imágenes y formas de participación tienen historias diferentes. inah.gob.mx

Antes de la conquista, entre los antiguos nahuas existían ceremonias dedicadas a los difuntos y concepciones complejas sobre el destino después de morir. Una revisión del Seminario Crónicas y Fuentes de Origen Indígena del Siglo XVI Novohispano, de la UNAM, identifica celebraciones como Miccailhuitontli y Huey Miccailhuitl, además de otras veintenas que incluían ofrendas o actos relacionados con los muertos. Estos antecedentes permiten reconocer la profundidad indígena de la relación ritual con los fallecidos, pero corresponden a sociedades y calendarios concretos; no describen por sí solos a todos los pueblos del territorio que hoy ocupa México. blogs.acatlan.unam.mx

Una evidencia documental especialmente reveladora aparece en el Gran Diccionario Náhuatl de la UNAM, que recupera pasajes del fraile Diego Durán. En ellos, Miccailhuitontli se relaciona con una fiesta pequeña de los muertos que el cronista situó en agosto. Durán también registró que, ya en tiempos coloniales, algunas comunidades ofrecían alimentos y otros bienes por los niños fallecidos durante Todos Santos y por los adultos al día siguiente. El testimonio muestra que en el siglo XVI ya se discutían las relaciones entre prácticas indígenas y fechas cristianas. Gran Diccionario Náhuatl

Sin embargo, el propio documento exige una lectura cuidadosa. Durán interpretó lo observado desde su tarea evangelizadora y expresó sospechas de que los indígenas trasladaban ceremonias anteriores a las festividades católicas. Su relato es una fuente valiosa, pero su sospecha no equivale a una demostración de lo ocurrido en cada comunidad. Esta distinción permite entender la historia como un proceso documentado de contactos y reinterpretaciones, sin convertir la mirada de un cronista en una explicación universal. Gran Diccionario Náhuatl

El calendario de noviembre tiene, por su parte, una trayectoria europea. Una revisión histórica publicada por UNAM Global explica la consolidación de Todos Santos el 1 de noviembre y la asignación del 2 de noviembre a la conmemoración de los difuntos por Odilón de Cluny, a finales del siglo X. Estas celebraciones anteceden a la conquista de México. En el catolicismo, las oraciones y las obras piadosas por los muertos estuvieron relacionadas con la salvación de las almas y con la doctrina del purgatorio. Por ello, la fecha actual no puede explicarse únicamente mediante antecedentes mesoamericanos. UNAM Global

Durante la colonización, esas prácticas religiosas se encontraron con comunidades que ya tenían sus propias maneras de honrar a los fallecidos. La misma revisión de la UNAM describe el dilema de los evangelizadores: las semejanzas podían facilitar la difusión del cristianismo, pero también dar lugar a interpretaciones que escapaban a su control. De ese encuentro surgieron formas locales de celebrar, sometidas a vigilancia religiosa y transformadas por quienes las practicaban. La palabra sincretismo ayuda a nombrar esa combinación, siempre que se recuerde que ocurrió en condiciones coloniales desiguales. UNAM Global

La historiadora Elsa Malvido cuestionó las explicaciones que presentan como prehispánico todo lo relacionado con la festividad. En su ensayo sobre Todos Santos, Fieles Difuntos y el altar de muertos, destacó antecedentes católicos europeos de distintas costumbres y examinó la influencia del nacionalismo en su interpretación. Su postura forma parte de un debate historiográfico: invita a investigar cada componente en su contexto, sin borrar las tradiciones indígenas ni adjudicarles automáticamente el origen de todos los elementos actuales. puntodincontro.mx

La fiesta también cambió en los espacios públicos. Malvido recuperó documentación del Archivo del Ayuntamiento de la Ciudad de México sobre la Verbena de Todos Santos: en 1821, después de visitar iglesias, la gente podía acudir a la celebración en el entorno de la Catedral y la Plaza de Armas. Su estudio describe espectáculos, venta de dulces, frutas y artesanías, así como la intervención municipal en la organización. La convivencia entre devoción, comercio y diversión tiene, por tanto, antecedentes anteriores al turismo contemporáneo. puntodincontro.mx

En el siglo XX, la celebración adquirió un papel creciente como representación nacional. El arqueólogo Víctor Santos Ramírez, en una revisión publicada por el INAH, retoma la interpretación de Malvido sobre la resignificación de las fiestas durante la posrevolución, particularmente en el cardenismo. La importancia de ese proceso radica en cómo determinadas prácticas regionales y religiosas fueron promovidas como símbolos de mexicanidad. Eso no significa que entonces naciera toda la celebración, sino que cambió la manera de presentarla, difundirla e incorporarla a un relato sobre el país. inah.gob.mx

La Catrina permite observar con claridad esa transformación. El Museo Mural Diego Rivera identifica su antecedente en la Calavera Garbancera de José Guadalupe Posada, una imagen de crítica social creada a comienzos del siglo XX. En 1947, Rivera la incorporó de cuerpo completo a su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central y configuró al personaje que hoy se reconoce ampliamente. Su presencia en la iconografía del Día de Muertos muestra que una tradición puede incorporar símbolos relativamente recientes hasta volverlos familiares para millones de personas. Artes Visuales

La diversidad regional es igualmente importante. En la península de Yucatán, el Hanal Pixán posee alimentos, preparativos y significados propios. Una descripción del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera destaca la elaboración familiar de comida y documenta la incorporación gradual de elementos procedentes del centro del país, como el pan de muerto y los dulces con forma de calavera. El caso permite apreciar una continuidad con cambios: las comunidades conservan maneras particulares de relacionarse con sus difuntos mientras incorporan objetos y costumbres que circulan por otras regiones. gob.mx

Esa dimensión comunitaria está en el centro del reconocimiento internacional. Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos fueron proclamadas por la UNESCO en 2003 e inscritas en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2008. La descripción del organismo se refiere al retorno temporal de los seres queridos dentro de las creencias de las comunidades y a su relación con el ciclo agrícola del maíz. Conviene precisar el alcance: el reconocimiento destaca esas expresiones indígenas, sin convertir cada espectáculo comercial inspirado en la fecha en una manifestación equivalente. UNESCO Patrimonio cultural inmaterial

La expansión de los festivales plantea preguntas sobre quién decide cómo se muestra una tradición. El estudio etnográfico Entre festivales y huesos. La politización de los rituales mortuorios en México, publicado en Península en 2025, examina la limpieza de huesos en Pomuch, Campeche, y su difusión mediante un festival. La investigación analiza la intervención institucional y los conflictos locales alrededor de la exhibición pública del ritual. Sus hallazgos corresponden a ese caso, pero abren una pregunta más amplia: cómo promover una práctica sin reducir la relación de las familias con sus difuntos a una atracción para visitantes. Península

La economía y la memoria pueden convivir, aunque esa convivencia requiere decisiones. Un estudio de la Feria del Alfeñique de Toluca, publicado en Acta Universitaria en 2022, encontró una asociación entre las motivaciones culturales de los visitantes y su intención de regresar. El resultado ayuda a entender la capacidad de la tradición para atraer público; por sí solo no demuestra que los beneficios se distribuyan de manera equitativa ni que la conservación cultural esté garantizada. Una lectura conjunta de estos trabajos sugiere valorar la participación de quienes sostienen la fiesta, además de su capacidad para convocar turistas. scielo.org.mx

La escuela constituye otro espacio de continuidad. Mauricio Piñón Vargas y José Sánchez Rodríguez analizaron los contenidos sobre Día de Muertos en libros de primaria y publicaron sus resultados en 2016 en la Revista Electrónica de Investigación Educativa. Detectaron información insuficiente en los materiales examinados. El hallazgo pertenece a ese conjunto de textos y no debe presentarse como una evaluación de los libros actuales, pero conserva una pregunta relevante: cuánto se aprende sobre una celebración cuando se reproducen sus imágenes sin explicar las historias y diferencias que contienen. redie.uabc.mx

Desde esa perspectiva, transmitir la tradición implica algo más que reproducir una decoración. Puede significar contar quién aparece en la fotografía, explicar por qué se prepara determinado alimento o reconocer que otra familia celebra de una manera distinta. Esta es una interpretación de los hallazgos históricos y educativos revisados: la continuidad cultural necesita conocimiento y participación, además de repetición. Una conmemoración pierde parte de su profundidad cuando sus símbolos se vuelven reconocibles, pero las personas y experiencias que les dan sentido quedan fuera del relato.

El recorrido histórico del Día de Muertos muestra una celebración capaz de atravesar cambios religiosos, políticos y sociales. Sus raíces indígenas, sus componentes católicos y sus incorporaciones modernas forman parte de una historia abierta. Su fuerza humana puede entenderse en un gesto sencillo: reservar tiempo y espacio para alguien que murió. Mientras una familia encuentre razones para contar su vida, preparar su comida o pronunciar su nombre, la celebración seguirá siendo una manera de hacer presente la ausencia.

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