Cuando los psicólogos también necesitan sanar: la historia de Valeria Palma.

Somos seres humanos, sentimos y tenemos nuestras emociones, pero tenemos que aprender a controlarlas para poder brindar apoyo emocional a los demás”, dice Valeria con serenidad. Sus palabras retratan una verdad que a menudo se olvida: los psicólogos también son vulnerables.

La psicóloga detrás del uniforme.

HISTORIASMX. – En Jiménez, Chihuahua, la violencia, la depresión y la ansiedad no se leen solo en estadísticas: se viven en carne propia en hogares, escuelas y calles. En ese contexto trabaja Valeria Palma, psicóloga del Departamento de Seguridad Pública, quien atiende a quienes llegan al límite emocional, pero también enfrenta su propia carga invisible: el peso de escuchar a diario lo que otros callan.

Cada mes, Valeria recibe en promedio 40 consultas, aunque la cifra varía. Hay semanas en que el teléfono suena fuera de horario laboral para pedirle apoyo inmediato en una crisis: un intento de suicidio, una llamada desesperada de un familiar o un reporte de compañeros policías. En esos casos, deja lo que está haciendo y corre a la comandancia. La línea que separa su vida personal de la profesional es muy delgada, casi inexistente.

Somos seres humanos, sentimos y tenemos nuestras emociones, pero tenemos que aprender a controlarlas para poder brindar apoyo emocional a los demás”, dice Valeria con serenidad. Sus palabras retratan una verdad que a menudo se olvida: los psicólogos también son vulnerables.

Los síntomas que todos deberían reconocer.

Valeria explica que cada persona manifiesta la ansiedad o la depresión de manera distinta. A veces se refleja en problemas para dormir —insomnio o sueño excesivo—; en otras, en la alimentación, ya sea comer demasiado o perder el apetito. También se observan apatía, falta de energía, pensamientos negativos persistentes, y en los casos más graves, síntomas físicos como palpitaciones, sudoración excesiva o incluso desmayos.

Aunque ella los menciona como parte de su trabajo, es inevitable pensar que muchos de esos signos también podrían aparecer en la vida de quienes se dedican a atender las heridas emocionales de los demás. Escuchar, acompañar y contener es un ejercicio que desgasta. La ciencia lo llama estrés traumático secundario o fatiga de compasión, un fenómeno que afecta a profesionales de la salud mental que conviven diariamente con relatos de dolor y violencia.

¿Quién cuida a los psicólogos?.

La pregunta no es trivial. Cuando se le plantea, Valeria responde con sinceridad: los psicólogos también necesitan ir a terapia. “Es súper recomendable que nosotros tengamos nuestro psicólogo particular. La salud mental es un derecho fundamental que debemos mantener al cien por ciento”, afirma.

Lejos de la idea de que el psicólogo es inmune, ella subraya que necesitan espacios de autocuidado: terapia personal, supervisión profesional y apoyo institucional. Sin esos recursos, corren el riesgo de caer en el burnout, un síndrome de desgaste que provoca agotamiento extremo, pérdida de empatía y la sensación de no poder dar más.

La literatura académica coincide: el autocuidado es un factor protector indispensable. Quienes cuentan con tiempo personal, redes de apoyo y terapia propia reportan menor desgaste emocional y mayor capacidad de atención hacia sus pacientes.

Los casos que dejan huella.

Valeria confiesa que, a pesar de la preparación profesional, hay casos que se le quedan en la memoria y la acompañan incluso después de salir del trabajo. “Los que más me impactan son los de los niños violentados, ya sea sexual o físicamente. Como mamá, me duele pensar en que un niño viva eso. Esos casos me generan sentimientos encontrados y se quedan conmigo”, admite con voz firme.

Escuchar a un niño contar lo que nunca debió haber vivido es una experiencia que no se borra fácilmente y que exige de ella un esfuerzo adicional para recomponerse. No se trata solo de aplicar pruebas o diseñar terapias: se trata de enfrentar realidades brutales que traspasan las fronteras del consultorio.

El peso de una labor invisible.

El trabajo de los psicólogos como Valeria es muchas veces silencioso e invisible. No siempre se reconoce que mientras ayudan a otros a levantarse, ellos también cargan con historias que podrían quebrar a cualquiera.

En Jiménez, y en muchos lugares de México, hablar de salud mental sigue siendo un tabú. Sin embargo, la voz de Valeria Palma pone sobre la mesa un tema fundamental: los que cuidan también necesitan ser cuidados.

Un llamado urgente.

La historia de Valeria Palma pone en evidencia que: los psicólogos no son invencibles. También lloran, también se cansan y también necesitan espacios para sanar. Reconocer su labor no solo significa agradecer lo que hacen por la comunidad, sino también garantizar que cuenten con condiciones dignas, tiempos de descanso y la posibilidad de recibir terapia propia.

En un tiempo en que la ansiedad y la depresión se multiplican, la salud mental de quienes sostienen a los demás debería ser prioridad.

No podemos estar al cien por ciento siempre, pero debemos aprender a controlarnos para dar lo mejor a quienes confían en nosotros”, concluye Valeria. Su historia humaniza una profesión que pocas veces aparece en primera plana, pero que sostiene silenciosamente a quienes ya no encuentran salida.

Los que sanan también necesitan sanar, y cuidar a quienes cuidan es un acto de justicia y de humanidad.

Por: Gorki Rodríguez.

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