En este resurgir, hay un sitio que brilla con fuerza: la Parroquia de San Francisco Javier, un templo tricentenario que no solo es el corazón espiritual de la comunidad, sino también un emblema de identidad, historia y resistencia cultural en el sur de Chihuahua.
HISTORIASMX. – Durante la década de 2010 a 2020, el municipio de Coronado, Chihuahua, se vio envuelto en un periodo de violencia e inseguridad que marcó profundamente a sus habitantes. Las calles quedaron vacías, el turismo prácticamente desapareció y muchos de los rincones históricos del pueblo quedaron relegados al olvido. Sin embargo, en los últimos años, el ambiente ha cambiado: Coronado empieza a recuperar su tranquilidad y abre de nuevo sus puertas a quienes buscan conocer su legado.

En este resurgir, hay un sitio que brilla con fuerza: la Parroquia de San Francisco Javier, un templo tricentenario que no solo es el corazón espiritual de la comunidad, sino también un emblema de identidad, historia y resistencia cultural en el sur de Chihuahua.
Un templo que desafía al tiempo
La parroquia fue fundada en 1723 junto a la Hacienda del Río Florido, cuando los colonos españoles llegaron a la región y comenzaron a edificar no solo haciendas agrícolas, sino también recintos religiosos que dieran cohesión espiritual a la comunidad. Desde entonces, la iglesia ha sido testigo del paso de tres siglos de historia: desde los primeros asentamientos novohispanos, pasando por las guerras de independencia y revolución, hasta llegar a los días en que la violencia contemporánea parecía haberla condenado al silencio.

Su arquitectura barroca resalta entre el caserío de Coronado. La fachada, sobria y elegante, está coronada por una gran escalinata y una entrada majestuosa que, como un umbral, invita a viajar al pasado. En 1864, con la llegada de nuevos colonos españoles, se realizó una ampliación significativa del templo, lo que le otorgó parte de la fisonomía que conserva hasta la actualidad. Ya en el siglo XX, un cuidadoso proceso de restauración permitió conservar sus muros originales, devolviéndole vida sin alterar la esencia de su diseño barroco.

Hoy, quienes cruzan sus puertas se encuentran con un espacio donde el aire huele a incienso y madera antigua, y donde los muros guardan, literalmente, siglos de historia.
El resguardo del arte sacro
La parroquia no solo es un templo de oración: también es un museo vivo, con un acervo invaluable que ha sido inventariado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Dentro del recinto y en una sala especial habilitada en la ex hacienda, se resguardan pinturas, esculturas, estandartes, vestimentas litúrgicas y documentos coloniales.
Algunas de las piezas más notables incluyen:
- Una pintura de Santa Úrsula (siglo XVIII), donde aparece de pie con una flecha clavada en el pecho, símbolo de su martirio, rodeada de vírgenes sacrificadas y coronada por angelitos.
- Varias representaciones de la Virgen de Guadalupe, entre ellas un óleo de 108 x 82 cm, fechado en el siglo XVIII, que muestra a la Virgen sobre la media luna sostenida por un ángel. Otra, de 1884, se distingue por su fondo en tonos bermellón y amarillo, y por portar una leyenda manuscrita que la hace única.
- Pinturas de San José con el Niño, algunas de ellas de factura novohispana, en las que se aprecia al santo cargando a Jesús, con fondos de paisajes naturales y simbolismos cromáticos típicos de la época.
- Un lienzo de San Rafael Arcángel, representado con coraza azul y capa roja, portando un pescado y un callado, símbolos que lo identifican como protector de los viajeros.
- Una imponente escultura de la Virgen de la Soledad, de 1.68 metros de altura, elaborada en madera tallada y vestida con un antiguo atuendo de terciopelo negro con bordados dorados.
- Un pequeño Niño Dios en madera policromada del siglo XVIII y un Cristo fragmentado, también de madera tallada, que aún conserva su cendal rojo a pesar del paso del tiempo.
Además de estas piezas artísticas, la parroquia alberga un archivo documental de gran relevancia. Entre ellos destacan:

- El Libro de Entierros de 1787, manuscrito en papel y encuadernado en cuero, donde se registran los nombres de los primeros colonos y habitantes de la región.
- El Libro de Bautismos de 1791, en el que aún se puede leer en la portada: “Libro en que se asientan las partidas de bautismo que se celebran en la capilla de San Francisco Javier de esta Hacienda de Río Florido…”.
- El Libro de Casamientos de 1789, que ofrece un registro de los matrimonios celebrados en el templo desde finales del siglo XVIII.
Estos documentos no solo son prueba de la vida religiosa, sino también un testimonio histórico invaluable para genealogistas, historiadores y antropólogos.
Huellas de la historia nacional
Más allá de su riqueza artística y espiritual, la parroquia fue escenario de un hecho trascendental para el país. El 29 de septiembre de 1864, en plena Guerra de Reforma, el presidente Benito Juárez pasó por Coronado durante su célebre “Ruta hacia Paso del Norte”. El templo fue lugar de descanso para el Benemérito, y hoy una placa conmemorativa recuerda aquella visita que vinculó a Coronado con la historia nacional.
Túneles, catacumbas y leyendas
Coronado no solo es conocido por su parroquia. Bajo el antiguo casco de la Hacienda de San Francisco Javier existen túneles y catacumbas que han alimentado la imaginación popular por generaciones. Según la tradición oral, estos pasajes fueron refugio de perseguidos durante la Revolución Mexicana y podrían estar conectados con otras edificaciones antiguas del pueblo.

Aunque no todos han sido explorados en su totalidad, forman parte de los atractivos que despiertan la curiosidad de investigadores y turistas, entremezclando leyenda e historia viva.
De la violencia al turismo cultural
Tras los años más difíciles de violencia en la década pasada, Coronado busca reencontrarse con su esencia. La estrategia no es competir con grandes centros urbanos, sino rescatar su vocación cultural, religiosa y turística. Hoy, visitantes pueden recorrer la parroquia tricentenaria, el panteón histórico, los túneles subterráneos y las reliquias del museo parroquial.
Para las familias locales, este nuevo impulso significa esperanza: la posibilidad de que el patrimonio que resistió guerras, revoluciones y violencia, sea ahora un motor de paz y desarrollo.
Identidad y esperanza
Para los coronadenses, la Parroquia de San Francisco Javier no es solo un edificio: es un símbolo de identidad, fe y resistencia. Allí se han celebrado bautizos, matrimonios y procesiones que han acompañado a cada generación desde hace tres siglos.

Visitarla es mucho más que recorrer un monumento: es adentrarse en la memoria viva de Chihuahua, descubrir los tesoros del arte sacro, y ser parte del renacer de Coronado, un pueblo que pasó de la oscuridad de la violencia al resplandor de su herencia cultural y espiritual.
Por: Gorki Rodríguez.











