La raíz de este problema se encuentra en la lógica del sistema productivo actual, un modelo que premia la rentabilidad sobre el bienestar, la productividad sobre la calidad de vida y la competencia sobre la colaboración.
HISTORIASMX. – En la última década, México ha experimentado un fenómeno poco visibilizado, pero alarmante: el aumento sostenido de los casos de ansiedad, depresión y otros trastornos emocionales relacionados con las condiciones laborales. El país, inmerso en una economía global cada vez más exigente y regida por los principios del capitalismo contemporáneo, enfrenta un dilema que trasciende las cifras: el desgaste emocional y mental de su fuerza laboral.
La raíz de este problema se encuentra en la lógica del sistema productivo actual, un modelo que premia la rentabilidad sobre el bienestar, la productividad sobre la calidad de vida y la competencia sobre la colaboración. En México, esta dinámica se manifiesta en largas jornadas laborales, sueldos bajos, escasa seguridad social y una cultura empresarial que glorifica la sobreexplotación como sinónimo de éxito y compromiso.
El trabajo como eje de desgaste.
De acuerdo con datos del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), los padecimientos mentales relacionados con el trabajo se han incrementado hasta en un 30% en los últimos cinco años. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que México se encuentra entre los países latinoamericanos con mayor prevalencia de ansiedad laboral, y uno de los más afectados por la depresión vinculada al estrés crónico.
El término “trabajos esclavizantes” no es una exageración periodística. Se trata de entornos laborales que exigen productividad extrema a cambio de salarios mínimos, jornadas prolongadas y escaso reconocimiento. Miles de trabajadores en maquiladoras, servicios de atención al cliente, plataformas digitales y cadenas de producción viven bajo la constante presión de cumplir metas imposibles, sin un marco de apoyo psicológico ni mecanismos reales de descanso o desconexión.
La pandemia de COVID-19 exacerbó esta situación. La adopción del teletrabajo, inicialmente vista como un avance, derivó en un fenómeno de autoexplotación: las fronteras entre la vida laboral y personal se desdibujaron, y el trabajador mexicano pasó a estar disponible “todo el tiempo”, sin horario ni compensación.
Capitalismo emocional: el control invisible.
El capitalismo moderno no solo explota el cuerpo del trabajador; también coloniza su mente. En nombre de la “motivación” y la “excelencia”, muchas empresas promueven la idea de que el valor personal se mide por la productividad. Este discurso, profundamente arraigado en la cultura laboral mexicana, ha generado una sociedad que normaliza el cansancio, romantiza el estrés y culpa al individuo por no “dar más de sí”.
Los nuevos modelos empresariales —emprendimientos, startups o plataformas digitales— replican una lógica emocional de autoexigencia y competencia constante. El trabajador se convierte en su propio supervisor, su propio juez y, muchas veces, su propio verdugo. El resultado es un círculo vicioso: ansiedad por rendir, depresión por no alcanzar las metas y miedo constante a perder el empleo.
Una economía que enferma.
El problema no es únicamente individual o psicológico: es estructural. México se inserta en una economía global que premia la sobreproducción y el consumo continuo, pero descuida el bienestar de quienes sostienen ese sistema. Las grandes corporaciones globales, con presencia en el país, trasladan modelos de gestión centrados en la maximización del beneficio, mientras los gobiernos locales carecen de políticas públicas efectivas para proteger la salud mental de los trabajadores.
En 2023, la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) implementó la Norma Oficial Mexicana NOM-035, que busca identificar y prevenir factores de riesgo psicosocial en los centros de trabajo. Sin embargo, su aplicación ha sido irregular. La mayoría de las empresas medianas y pequeñas carecen de herramientas o voluntad para implementar políticas reales de bienestar laboral.
Las consecuencias trascienden la salud individual: se reflejan en la baja productividad nacional, el ausentismo laboral, los conflictos familiares y el aumento de suicidios relacionados con el estrés.
Repensar el trabajo, recuperar la vida.
México, como buena parte del mundo, enfrenta un dilema civilizatorio. El modelo capitalista, en su versión más radical, ha reducido la existencia humana a una ecuación económica. Pero la evidencia demuestra que una economía basada en la competencia y la presión perpetua es insostenible no solo para el planeta, sino también para la mente humana.
Repensar el trabajo implica cuestionar la idea de que el valor de una persona se mide por su capacidad de producir. Supone construir modelos laborales que integren descanso, justicia salarial, reconocimiento humano y respeto por la salud mental.
Mientras no se modifique esta estructura, la ansiedad y la depresión seguirán siendo la factura invisible de una economía que, paradójicamente, presume crecimiento mientras erosiona el bienestar de su gente.