La sobreexplotación del acuífero Jiménez-Camargo y el futuro hídrico del sur de Chihuahu
Gorki Rodríguez / HISTORIASMX. – En el sur de Chihuahua se libra una batalla silenciosa que casi nadie ve. No ocurre en la superficie, sino debajo de la tierra.
Ahí, en los depósitos aluviales que forman el acuífero Jiménez-Camargo, se encuentra una de las reservas de agua más importantes para municipios como Jiménez, Camargo, López, Allende y Coronado. Durante décadas este acuífero ha sostenido la agricultura, el crecimiento urbano y buena parte de la economía regional.
Pero hoy los datos oficiales revelan una realidad preocupante: el acuífero está siendo extraído mucho más rápido de lo que puede recargarse.
El estudio técnico elaborado por la Comisión Nacional del Agua -del año del 2015- es contundente. Cada año el acuífero recibe una recarga media de 173.3 millones de metros cúbicos de agua, principalmente por infiltración de lluvia y escurrimientos de los ríos Florido y Parral. Sin embargo, la extracción anual alcanza 303.1 millones de metros cúbicos.
La diferencia entre lo que entra y lo que sale es alarmante.
El acuífero presenta un déficit anual de 142.1 millones de metros cúbicos, lo que significa que el agua que se está bombeando proviene, en buena medida, de reservas acumuladas durante siglos.
En otras palabras: se está consumiendo agua que no se va a reponer en el corto plazo.
Un acuífero explotado principalmente por la agricultura.
El problema tiene una causa clara.
Del total de agua extraída del acuífero, el 96.4 por ciento se destina a la actividad agrícola, mientras que el uso público urbano representa apenas el 3.1 por ciento.
Esto refleja el peso que tiene la agricultura de riego en la economía regional. Cultivos como alfalfa, nogal, maíz forrajero o chile dependen de pozos profundos para mantenerse productivos en una región donde la precipitación media anual apenas alcanza 340 milímetros.
El problema es que la naturaleza no alcanza a reponer el agua que se está extrayendo.
Los niveles del agua siguen bajando.
Las consecuencias de esta explotación intensiva ya son visibles.
Los registros históricos muestran cómo los niveles del agua subterránea han descendido con el tiempo. En algunos periodos se han documentado abatimientos de hasta tres metros por año, y en otras zonas el descenso se mantiene entre 1.5 y 2 metros anuales.
Eso significa que cada vez hay que perforar más profundo para encontrar agua.
Y perforar más profundo significa mayores costos de bombeo, mayor consumo de energía y menor viabilidad para muchos productores.
Pero el problema no termina ahí.
La sobreexplotación también provoca la desaparición de manantiales, la reducción del flujo base hacia los ríos y el deterioro de la calidad del agua subterránea.
De hecho, algunos parámetros de calidad del agua ya superan los límites recomendados para consumo humano debido a altos contenidos de sales y sulfatos.
El río que dejó de fluir.
Uno de los efectos más dramáticos de esta sobreexplotación se observa en el Río Florido.
Antes de la extracción masiva de agua subterránea, este río mantenía un flujo constante gracias al aporte del acuífero. Hoy ese flujo base prácticamente ha desaparecido.
El río sólo lleva agua durante las temporadas de lluvia.
Este fenómeno revela una verdad incómoda: cuando se sobreexplota un acuífero, no sólo se afecta el subsuelo. También se transforman los ecosistemas y los ríos de la superficie.
Un problema estructural.
El acuífero Jiménez-Camargo no es un caso aislado.
Gran parte del norte de México enfrenta problemas similares. La combinación de clima árido, agricultura intensiva y expansión de la demanda hídrica está llevando a muchos acuíferos al límite.
En este caso, la Comisión Nacional del Agua advierte que no existe disponibilidad de agua para nuevas concesiones.
El volumen máximo sostenible que podría extraerse para mantener el equilibrio del acuífero sería de 167.8 millones de metros cúbicos anuales, muy por debajo de lo que actualmente se bombea.
Esto plantea una pregunta inevitable:
¿cómo sostener el desarrollo agrícola y urbano de la región si el agua que lo alimenta se está agotando?
La urgencia de repensar el modelo hídrico.
La sobreexplotación del acuífero Jiménez-Camargo no es sólo un problema técnico. Es también un problema de modelo productivo.
Durante décadas el crecimiento agrícola se basó en la disponibilidad de agua subterránea aparentemente infinita. Hoy sabemos que no lo era.
La solución no será sencilla.
Implica mejorar la eficiencia del riego, regular las extracciones, diversificar cultivos y planificar el uso del agua con visión de largo plazo.
Pero también requiere algo más difícil: reconocer que el agua del desierto tiene límites.
Porque si algo nos enseñan los datos del acuífero Jiménez-Camargo es que el agua puede tardar siglos en acumularse bajo la tierra…
pero puede agotarse en apenas unas décadas.