Una historia de traiciones, cartas secretas y silencios convenientes en la Parral de 192
HISTORIASMX. – El 20 de julio de 1923, en las polvorientas calles de Parral, Chihuahua, la Revolución Mexicana perdió a uno de sus rostros más icónicos. Francisco Villa, el Centauro del Norte, fue acribillado a plena luz del día. Las balas no solo silenciaron su voz: abrieron un túnel oscuro de sospechas que, un siglo después, aún no se ha cerrado del todo.

¿Quién mató a Villa? ¿Por qué los asesinos huyeron con tal impunidad? ¿Qué papel jugaron los altos mandos del gobierno en su muerte?
Este reportaje se sumerge en documentos clasificados, cartas olvidadas y confesiones estratégicas para revelar que el asesinato de Pancho Villa no fue una simple venganza… fue un crimen de Estado.
El asesinato en cámara lenta.
Eran las 8:00 de la mañana cuando el automóvil de Villa giró por la esquina de Benito Juárez y Gabino Barreda. Cinco hombres esperaban. Dispararon más de 40 veces. Villa murió instantáneamente, junto con su secretario. Nadie persiguió a los atacantes. Fumaron, bromearon, montaron sus caballos y salieron del pueblo.

Las autoridades locales no sólo no actuaron: ese día la guarnición militar de Parral fue enviada a otro pueblo, con el pretexto de ensayar un desfile patriótico.
El chivo expiatorio.
Semanas después, un diputado duranguense llamado Jesús Salas Barraza se proclamó autor del crimen. Argumentó una «venganza patriótica» por los crímenes de Villa durante la Revolución.
Pero había inconsistencias. Su encarcelamiento duró apenas tres meses. Fue liberado por el gobernador Ignacio Enríquez, un viejo enemigo del villismo. Todo olía a montaje.
Las cartas que el polvo no logró esconder.
Décadas después, en los archivos Plutarco Elías Calles y Amaro-Torreblanca, se descubrieron cartas que desnudan la verdad:
- El 2 de julio de 1923, 18 días antes del crimen, Salas Barraza escribió al general Joaquín Amaro para anunciarle que planeaba asesinar a Villa. Pedía apoyo e influencia ante el gobierno.
- Amaro no respondió oficialmente, pero compartió la carta con Calles, entonces Secretario de Gobernación.
- Ni Calles ni Amaro intentaron detener el crimen. De hecho, lo facilitaron.
Matar con permiso.
En sus cartas, Salas Barraza nunca habla de odio personal, sino de pragmatismo político: Villa recibía una pensión del gobierno, había sido compensado con 200 mil pesos, y —según él— planeaba rebelarse.
Sus palabras retratan un crimen calculado:
“No quiero que se me juzgue como un asesino, he cumplido con un deber de ciudadano honrado…”
Tras la ejecución, su preocupación era otra: que los participantes hablaran, que los periodistas escarbaran demasiado, que algún juez hábil lo delatara todo.
La jaula de oro.
Salas fue encarcelado en Parral, pero bajo condiciones privilegiadas. Pidió cartas de recomendación, dinero, y finalmente, su libertad. En octubre, Joaquín Amaro le escribió al gobernador de Chihuahua:

“Villa era una amenaza. Salas sólo cumplió con lo que las autoridades no hicieron.”
Días después, fue liberado y amnistiado.
Obregón, Calles y el silencio estratégico.
Álvaro Obregón, presidente en funciones, sabía del plan. Se negó a arrestar a Salas por su fuero como diputado. Pero sí ordenó vigilarlo día y noche para evitar que escapara a Estados Unidos y revelara la verdad.
Cuando Salas finalmente intentó huir, lo arrestaron. Pero todo fue un teatro. El gobierno mexicano nunca quiso justicia, solo controlar el daño político.
Epílogo: ¿Quién mató a Pancho Villa?
La historia oficial dice que Jesús Salas Barraza fue el asesino de Villa. Pero los documentos muestran otra cosa: Villa fue eliminado con el conocimiento, la pasividad —y posiblemente la bendición— del alto gobierno revolucionario.
Plutarco Elías Calles, Álvaro Obregón, Ignacio Enríquez y Joaquín Amaro… todos jugaron un papel. Todos callaron. Y todos se beneficiaron de la muerte del revolucionario más temido del siglo XX.
Conclusión: Cuando el Estado dispara.
El asesinato de Villa no fue un crimen pasional ni un ajuste de cuentas. Fue un asesinato político encubierto con símbolos de justicia, perpetrado por quienes juraron defender la Revolución.

Hoy, más de 100 años después, entendemos que la Revolución no solo fue traicionada en los campos de batalla, sino también en los pasillos del poder, donde se decide quién muere… y quién escribe la historia.