Desplazamientos Tepehuanes: Historias de resistencia, migración y nuevos horizontes

Las narraciones orales aún recuerdan las diferencias entre la vida en la sierra, con su tierra poco fértil, y la abundancia de la costa, donde los mestizos —según los mitos— fueron mejor tratados por los dioses, lo que les otorgó tierras más productivas.

HISTORIASMX.- En las montañas del sur de Durango, donde los caminos son apenas senderos y la sierra se abre como un laberinto de bosques y cañadas, el tiempo parece detenerse. Sin embargo, para los tepehuanes del sur —audam y o’dam— el tiempo siempre ha sido movimiento: migraciones, huidas, retornos, asentamientos y, sobre todo, resistencia. Desde tiempos prehispánicos, estos pueblos han tejido su identidad en medio de constantes desplazamientos entre la sierra y la costa, buscando no solo alimento y abrigo, sino también preservar sus tradiciones, rituales y lengua frente a un mundo que cambia sin tregua.

Un pueblo en movimiento desde la antigüedad.

Las crónicas y estudios coinciden en que la movilidad ha sido una de las constantes de los tepehuanes. Mucho antes de la llegada de los conquistadores, ya recorrían las rutas entre la sierra del norte de Nayarit, el sur de Durango y las zonas costeras de Sinaloa. Las razones eran tan simples como vitales: intercambiar alimentos, herramientas y productos sagrados para celebrar “el costumbre”, su sistema ancestral de rituales y ofrendas.

Las narraciones orales aún recuerdan las diferencias entre la vida en la sierra, con su tierra poco fértil, y la abundancia de la costa, donde los mestizos —según los mitos— fueron mejor tratados por los dioses, lo que les otorgó tierras más productivas. Estas historias no solo explican la geografía de la región, sino también el contraste social y económico que los tepehuanes han enfrentado durante siglos.

La colonia y la primera gran oleada de desplazamientos

Con la llegada de los españoles, los tepehuanes fueron empujados a las tierras más altas y abruptas, en un intento por conservar su autonomía. Sin embargo, los misioneros católicos pronto iniciaron una intensa campaña de “reducción”, congregando a las comunidades en nuevos asentamientos bajo control colonial.

Las rutas que conectaban Acaponeta con Sombrerete y el Valle de Guadiana se convirtieron en corredores de comercio y de evangelización. A lo largo de estos caminos, se intercambiaban maíz, pescado, sal y pieles, pero también se imponía una nueva organización social. Las órdenes religiosas, como la de fray Andrés de Medina, fundaron pueblos como San Francisco del Caimán o Quiviquinta, donde indígenas de diferentes orígenes eran reunidos para facilitar su catequización y explotación laboral.

La guerra cristera: huida y abandono de la sierra.

Si la Colonia marcó la primera ola de desplazamientos, el siglo XX sería escenario de otra tragedia para los tepehuanes: la guerra cristera (1926-1929). En esta época, la sierra se convirtió en un campo de batalla entre las fuerzas federales y los insurgentes, encabezados por líderes como Porfirio Mayorquín y Federico Vázquez.

Las comunidades tepehuanas se vieron atrapadas entre ambos bandos. Las familias huían para evitar saqueos, violaciones o el reclutamiento forzoso. Quienes se quedaron enfrentaron hambrunas devastadoras. Un testimonio recogido en la investigación recuerda que “cocían los cueros de res para comerlos porque no había nada más”.

El despoblamiento fue dramático. Lugares como San Francisco de Lajas y San Bernardino de Milpillas, que habían tenido cientos de habitantes, quedaron casi vacíos hacia 1930 y 1940. Muchos de sus pobladores nunca regresaron.

La costa dorada: agricultura, minería y nuevos asentamientos.

El desarraigo coincidió con un auge agrícola sin precedentes en la costa norte de Nayarit y el sur de Sinaloa. La política agraria impulsada en la década de 1930 promovió la creación de ejidos y la repartición de tierras. El tabaco, el frijol, el chile y otras hortalizas se convirtieron en los motores de esta “Costa de Oro”, atrayendo a jornaleros y familias desplazadas de la sierra.

Paralelamente, la minería resurgió como una alternativa de trabajo. Lugares como Huajicori y el distrito minero de Cucharas concentraron a miles de trabajadores, entre ellos numerosos tepehuanes que habían abandonado sus comunidades de origen.

La identidad en tránsito.

Hoy, la geografía cultural de los tepehuanes ya no se limita a las montañas de Durango y Nayarit. Colonias como Los Llanitos en Huajicori, Loma Atravesada en Acaponeta, o El Trébol en Escuinapa se han convertido en nuevos núcleos de vida comunitaria. Estos asentamientos, nacidos del desarraigo, han permitido que la cultura tepehuana sobreviva, aunque no sin cambios.

La pérdida del idioma, de la vestimenta tradicional y de ciertos rituales es una realidad. Sin embargo, surgen nuevas formas de expresión cultural, como los cuadros de estambre elaborados por familias tepehuanas en Tepic, una práctica inspirada en la tradición huichola pero con símbolos propios.

Entre la memoria y el futuro.

El reportaje de Rangel Guzmán y Marín García señala que la imagen tradicional del tepehuán como un indígena “anclado” en la sierra es un mito que invisibiliza a miles de familias que hoy habitan la costa y las ciudades. Estos nuevos tepehuanes son herederos de una historia de resistencia y adaptación, capaces de reconfigurar su identidad sin perder la esencia de su cosmovisión.

Las autoridades y la sociedad enfrentan ahora un desafío: reconocer a estas comunidades en su diversidad, garantizar sus derechos territoriales y valorar sus aportaciones culturales más allá de los estereotipos.

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