Vivir bajo tierra en el Desierto Chihuahuense: la arquitectura que podría bajar el calor, ahorrar energía y cambiar la forma de construir vivienda

Frente a ese escenario, una pregunta comienza a tomar fuerza: ¿sería factible construir viviendas subterráneas o semienterradas en el Desierto Chihuahuense para mitigar el calor? La respuesta técnica no es simple, pero sí prometedora.

HISTORIASMX. – En el Desierto Chihuahuense, donde el verano castiga con temperaturas que pueden superar los 40 grados en distintas zonas del estado, la vivienda tradicional de block, losa expuesta y poca sombra se ha convertido en una trampa térmica. En municipios como Jiménez, Chihuahua, el propio INEGI clasifica el territorio con climas seco semicálido, seco templado, semiseco templado y muy seco semicálido, con rangos de temperatura media anual cercanos a los 16–20 °C y precipitaciones bajas, alrededor de 300–400 mm en amplias zonas del municipio. A escala estatal, el Gobierno de México reconoce que Chihuahua registra en junio una temperatura máxima promedio de 33.7 °C, mientras que en invierno las mínimas promedio pueden bajar cerca de 0 °C, una oscilación que confirma el carácter extremo del clima.

Frente a ese escenario, una pregunta comienza a tomar fuerza: ¿sería factible construir viviendas subterráneas o semienterradas en el Desierto Chihuahuense para mitigar el calor? La respuesta técnica no es simple, pero sí prometedora. La evidencia internacional indica que las casas protegidas por tierra —conocidas como earth-sheltered homes— pueden reducir la exposición directa al calor exterior, estabilizar la temperatura interior y disminuir la dependencia del aire acondicionado. El Departamento de Energía de Estados Unidos explica que una vivienda subterránea o semienterrada puede ser resistente al clima y eficiente energéticamente porque la tierra funciona como una barrera contra los extremos térmicos.

El principio físico es claro: mientras el aire exterior cambia bruscamente entre el día y la noche, el suelo mantiene temperaturas mucho más estables conforme aumenta la profundidad. Esa masa térmica absorbe y libera calor lentamente. En un desierto, donde el sol calienta techos, muros, banquetas y calles durante horas, enterrar parcial o totalmente una vivienda puede significar una diferencia enorme. No se trata de vivir en una cueva improvisada, sino de diseñar casas con estructura de concreto, muros reforzados, patios interiores, ventilación cruzada, impermeabilización profesional, drenaje perimetral, iluminación natural y orientación bioclimática.

La viabilidad es mayor en zonas áridas con grandes contrastes de temperatura y baja humedad, precisamente una condición común en regiones del norte de México. El Departamento de Energía señala que estas viviendas suelen ser más rentables en climas con temperaturas extremas y humedad baja, porque la tierra modera la transferencia de calor entre el exterior y el interior. En otras palabras: el Desierto Chihuahuense no es un obstáculo para este tipo de construcción; por el contrario, podría ser uno de los escenarios donde más sentido tendría estudiarla.

Sin embargo, la factibilidad no depende solo del clima. Depende del suelo, del agua subterránea, de la pendiente, del drenaje, del costo inicial, de la seguridad estructural y de la cultura habitacional. No cualquier terreno sirve. Los suelos granulares, como arenas y gravas, son mejores para este tipo de vivienda porque drenan con mayor facilidad y pueden compactarse adecuadamente. En cambio, los suelos arcillosos son más problemáticos porque retienen humedad, se expanden al mojarse y pueden generar presión sobre los muros. En Jiménez y otras zonas del sur de Chihuahua, donde existen llanuras, suelos aluviales, zonas de arroyos, áreas agrícolas y sectores con riesgo de escurrimientos, cada proyecto tendría que iniciar con un estudio geotécnico serio.

La vivienda subterránea tampoco puede confundirse con “hacer un cuarto bajo tierra”. La clave está en el diseño. Existen tres modelos principales. El primero es la vivienda totalmente subterránea, construida bajo nivel de terreno y organizada alrededor de un patio o atrio central que permite luz, ventilación y salida de emergencia. El segundo es la vivienda semienterrada en ladera, donde una fachada queda expuesta y las demás quedan cubiertas por tierra. El tercero es la vivienda con bermas, donde se construye sobre o parcialmente bajo el nivel natural del suelo y después se cubren muros laterales o techos con tierra compactada. Para el Desierto Chihuahuense, el modelo más viable no sería necesariamente una casa completamente enterrada, sino una vivienda semienterrada, con patios, sombreados, ventilación natural y techo verde seco o cubierta térmica.

El beneficio más importante sería térmico. En verano, la tierra puede reducir la ganancia de calor sobre muros y techos; en invierno, ayuda a disminuir la pérdida de calor. Estudios recientes sobre edificios protegidos por tierra concluyen que este tipo de construcción aprovecha la masa térmica del suelo para conservar energía de calefacción y enfriamiento, reduciendo la demanda energética de los edificios. En México, donde el uso de aire acondicionado crece en regiones cálidas, esto tiene implicaciones sociales: menos consumo eléctrico, menos gasto familiar, menos estrés térmico y viviendas más habitables durante olas de calor.

La CONUEE ha señalado que el confort térmico en viviendas de clima cálido está relacionado con salud, productividad y consumo eléctrico; también advierte que ventiladores, enfriadores evaporativos y aires acondicionados forman parte de la respuesta cotidiana ante el calor en México. El problema es que muchas familias no pueden pagar equipos eficientes ni recibos altos de luz. Por eso, una vivienda que reduzca desde su diseño la entrada de calor puede ser más justa que una vivienda barata que después obliga a gastar en enfriamiento.

Pero hay riesgos. El primero es la humedad. Aunque el desierto parece seco, una vivienda enterrada mal impermeabilizada puede convertirse en un problema de filtraciones, salitre, moho y deterioro estructural. El Departamento de Energía advierte que la impermeabilización es uno de los mayores retos y recomienda elegir bien el sitio, planear el drenaje superficial y subterráneo, e instalar membranas o sistemas de sellado adecuados. El segundo riesgo es la ventilación: una vivienda subterránea sin extracción adecuada puede acumular humedad, olores, contaminantes interiores e incluso gases del suelo, por lo que debe diseñarse con ventilación mecánica o híbrida, entradas de aire, patios, tragaluces y monitoreo de calidad del aire.

El tercer riesgo es el costo. La construcción puede ser más cara al inicio. El Departamento de Energía estima que una casa protegida por tierra puede costar hasta 20% más que una vivienda convencional, principalmente por excavación, estructura reforzada, impermeabilización, drenaje e ingeniería especializada. Ese sobrecosto, sin embargo, podría compensarse con menor consumo energético, menor mantenimiento exterior y mayor durabilidad, siempre que el proyecto esté bien diseñado.

En términos normativos, México ya cuenta con criterios de eficiencia energética para vivienda. La NOM-020-ENER-2011 busca limitar la ganancia de calor por la envolvente de edificios habitacionales, es decir, por techos, muros, ventanas y superficies expuestas. Esto no obliga a construir bajo tierra, pero sí abre la puerta a discutir diseños que reduzcan la carga térmica desde la arquitectura. Una vivienda semienterrada bien calculada podría cumplir con esa lógica: no combatir el calor únicamente con aparatos, sino desde la forma misma de la casa.

La factibilidad en el Desierto Chihuahuense, entonces, puede resumirse así: sí es técnicamente posible, sí tiene sentido climático, sí podría reducir calor y gasto energético, pero no debe hacerse de forma improvisada. Las zonas más aptas serían terrenos con buen drenaje natural, baja amenaza de inundación, nivel freático profundo, suelos granulares o estabilizables, acceso a ventilación natural, pendientes suaves o laderas aprovechables y posibilidad de orientar patios o fachadas hacia zonas menos expuestas al sol. Las zonas menos aptas serían áreas de cauces, bajadas de arroyo, suelos expansivos, terrenos con humedad acumulada, zonas agrícolas con riego intensivo o sitios sin estudios de mecánica de suelos.

Para municipios del desierto como Jiménez, Camargo, Ojinaga, Coyame, Villa López o partes de la franja árida de Chihuahua, la vivienda subterránea no debería verse como rareza futurista, sino como una línea seria de adaptación climática. No sustituye a la reforestación urbana, al aislamiento térmico, a los techos fríos, a las sombras, a la captación de agua ni al urbanismo bioclimático. Pero podría formar parte de un nuevo catálogo de vivienda para regiones donde el calor ya no es una molestia estacional, sino una amenaza permanente.

El futuro de la vivienda en el Desierto Chihuahuense quizá no esté en levantar más losas expuestas al sol, sino en aprender del propio suelo. La tierra, que durante décadas fue vista solo como soporte de construcción, puede convertirse en escudo térmico. Bajo una capa de suelo bien calculada, con ingeniería, ventilación, luz natural y drenaje, la casa del desierto podría dejar de ser un horno y convertirse en refugio. La pregunta ya no es si se puede vivir bajo tierra. La pregunta es si las instituciones, los constructores y los gobiernos se atreverán a investigar, pilotear y financiar modelos de vivienda que respondan al clima real del norte de México.

Por: Gorki Belisario Rodríguez Ávila / HISTORIASMX

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