Turismo que enferma: las heridas ocultas del desarrollo en la Sierra Tarahumara

Aunque prometían prosperidad, los proyectos turísticos en Barrancas del Cobre han dejado contaminación, pobreza y enfermedad entre las comunidades rarámuri de Bacajípare, Huetosachi y Mogótavo

HISTORIASMX.— En el corazón de la Sierra Tarahumara, donde los bosques de pino y encino antes eran símbolo de vida y refugio, hoy el aire se siente más seco, el agua escasea y los arroyos corren contaminados. Allí, entre los municipios de Bocoyna y Urique, tres comunidades rarámuri —Bacajípare, Huetosachi y Mogótavo— sobreviven a la sombra de uno de los proyectos turísticos más ambiciosos del norte de México: el Parque Aventura Barrancas del Cobre.

Lejos de representar progreso, el turismo que prometía desarrollo sostenible ha generado un profundo desequilibrio ambiental y social que amenaza la salud, la economía y el bienestar de cientos de familias indígenas.

Contaminación bajo el bosque

En las inmediaciones de los hoteles y cabañas de Areponapuchi, los rarámuri denuncian que las aguas residuales de los establecimientos son vertidas sin tratamiento en los ríos y manantiales. “Antes no había tanta contaminación, pero desde que llegó el teleférico empezaron a construir más cabañas. Los hoteles están tirando agua sucia y eso nos está enfermando”, cuenta una habitante de Bacajípare, con el rostro curtido por el sol y la preocupación.

Los arroyos que antes eran fuente de vida hoy están llenos de espuma y malos olores. Niños y adultos presentan granos en la piel, diarreas y fiebre, sobre todo durante la temporada de lluvias, cuando los desechos se mezclan con el agua. “A veces cruzamos el río y no sabemos que está sucio. Los niños se enferman, y antes no era así”, explica una mujer de Huetosachi.

A esto se suma un problema creciente: la basura. Sin un sistema de recolección formal, los desechos de turistas y negocios terminan arrojados en un tiradero clandestino en medio del bosque, afectando a personas y fauna silvestre. “Ya no sabemos con qué vamos a respirar si no hay pino ni árbol. Todo eso también es para los animales, pero también para los hijos de nosotros”, lamenta Isabel, una madre rarámuri que observa los troncos talados junto al cauce de un arroyo casi seco.

Desarrollo sin justicia

Las comunidades aseguran que nunca fueron consultadas sobre los proyectos turísticos ni incluidas en sus beneficios. Aunque las cabañas y restaurantes prosperan en territorio ancestral rarámuri, la mayoría de los empleos generados son temporales y mal pagados.

Si hubiera trabajo, no estaríamos pidiendo apoyo. Somos tres comunidades afectadas y no nos toman en cuenta”, expresan los representantes comunitarios, quienes además rechazan que la “modernización” implique comprometer su acceso al agua.

Un ejemplo claro es la instalación de una planta tratadora de aguas residuales que se intentó ubicar dentro de las comunidades. Los pobladores se opusieron, pues temían que el sistema beneficiara solo a los hoteles. “Nos querían poner agua sucia, pero dijimos que no. Queremos que ellos pongan su planta y que no nos afecten”, dijeron los comuneros.

El agua: vida y lucha

El agua, fuente de supervivencia en estas montañas, se ha convertido en un símbolo de resistencia. Las familias de Bacajípare y Mogótavo dependen de un manantial y del sistema de captación de agua de lluvia. Este año, las lluvias fueron generosas y permitieron abastecer los depósitos para beber y cocinar, pero no es suficiente para el riego o el lavado diario. “Para lavar tenemos que ir al río, pero ya no alcanza; antes el agua rendía más”, señala Isabel.

El cambio climático, sumado a la deforestación, está reduciendo los flujos de agua. Los bosques talados para ampliar caminos turísticos o levantar cabañas alteran el equilibrio hidrológico y agravan la sequía.

Siembra que ya no alcanza

En estas comunidades, sembrar es un acto de fe. El maíz, el frijol y la papa que antes alimentaban a las familias ya no prosperan igual. “Sembramos en mayo y alcanzó la lluvia, pero otros que sembraron en julio perdieron todo. Ya nada se dio”, comenta un agricultor.

La seguridad alimentaria está en riesgo, y la dependencia de programas de asistencia aumenta. En un entorno que se promociona como “paraíso natural”, los habitantes viven con lo mínimo: “Antes vivíamos del monte y del agua limpia; ahora todo está contaminado”, resume una mujer rarámuri.

Desigualdad y desplazamiento

El turismo masivo ha traído también competencia desigual. Las artesanas locales, que elaboran canastas y figuras tejidas, aseguran que las ventas han disminuido. “Ya no se vende igual la artesanía porque somos más vendedoras y todo es más turístico. Ya no nos valoran”, explica una mujer de Mogótavo.

La pérdida de ingresos ha provocado que muchos jóvenes migren en busca de empleo, enfrentándose a problemas de adicciones, explotación y enfermedades. “Queremos que haya trabajo aquí, para que los muchachos no se vayan. Muchos regresan enfermos o drogados, ya no es lo mismo”, dice Isabel.

Un reclamo legal por la justicia ambiental

Ante la falta de respuesta institucional, las comunidades, con el acompañamiento de la Consultoría Técnica Comunitaria (CONTEC), interpusieron un recurso de inconformidad (64/22, expediente 635/2010) ante el Juzgado Octavo de Distrito, denunciando los daños derivados del megaproyecto Barrancas del Cobre.

La sentencia ordena:

  • Abastecer de agua potable a las comunidades afectadas.
  • Realizar un peritaje ambiental y de salud.
  • Detener las descargas de aguas negras en ríos y arroyos.
  • Desarrollar una planta de tratamiento biofiltro y un plan de manejo de basura y reciclaje.
  • Incluir a las comunidades rarámuri en el desarrollo turístico.

Sin embargo, nada de ello se ha cumplido. A más de una década de denuncias, las promesas de restauración y participación siguen pendientes.

El turismo comunitario como alternativa

En medio de la crisis, algunas familias han decidido reivindicar su cultura y su territorio mediante proyectos propios. Uno de ellos es “Experiencia Rarámuri”, un espacio donde los visitantes pueden aprender a preparar tortillas, tejer canastas y conocer la cosmovisión indígena.

Cobramos 350 pesos por persona y así nos valoran más, porque les enseñamos lo nuestro”, cuentan las mujeres que dirigen la iniciativa. Aunque reconocen que estos esfuerzos les dan orgullo y autonomía, admiten que no compensan los daños ecológicos que el turismo industrial ha dejado tras de sí.

“El bosque, el agua y la tierra son la vida de todos”

Las comunidades rarámuri continúan resistiendo desde la memoria y el arraigo. Sus demandas son claras: respeto al territorio, acceso al agua limpia y una participación justa en los beneficios del turismo.

Queremos que el turismo sea responsable, que sepa que aquí hay comunidades afectadas por lo que se construye en nombre del desarrollo. Que cuiden el lugar, porque nosotros vivimos aquí, y el agua que ellos ensucian es la que usamos nosotros”, reclama Isabel, mirando hacia el horizonte donde alguna vez el bosque cubría todo.

En la Sierra Tarahumara, el turismo sigue creciendo. Pero detrás de cada mirador, de cada foto panorámica y cada viaje en teleférico, hay comunidades enteras que luchan por respirar, sembrar y vivir dignamente.

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