Los estudios del Centro INAH Chihuahua describen al Bolsón como una región ocupada por sociedades cazadoras-recolectoras que habían conseguido adaptarse a condiciones ambientales particularmente áridas.
HISTORIASMX | Reportaje especial
HISTORIASMX. – Durante mucho tiempo, la historia de los tobosos fue contada casi exclusivamente por sus enemigos. En los documentos de la Nueva Vizcaya aparecen como “alzados”, “indios de guerra”, “enemigos”, “bárbaros”, ladrones de ganado o responsables de ataques contra haciendas y caminos. Esas palabras, repetidas durante siglos, terminaron formando la imagen de un pueblo esencialmente violento. Sin embargo, cuando se confrontan los expedientes coloniales con investigaciones recientes de historiadores, arqueólogos y especialistas en las sociedades cazadoras-recolectoras del norte de México, surge una historia mucho más compleja: la de grupos humanos profundamente adaptados al desierto, capaces de desplazarse cientos de kilómetros, establecer alianzas, negociar con autoridades españolas, aprovechar plantas y animales de uno de los ambientes más extremos de Norteamérica y defender durante generaciones un territorio que la expansión minera, ganadera y misionera comenzó a ocupar a partir del siglo XVI.
Hablar de “la tribu tobosa”, incluso, requiere precaución. La documentación española utilizó con frecuencia nombres como tobosos, cocoyomes, acoclames, ocomes, nonojes y otros para identificar poblaciones que podían formar alianzas, separarse, cambiar de lugar o ser clasificadas de manera diferente según el funcionario, misionero o militar que escribiera el documento. Chantal Cramaussel, una de las investigadoras que más ha estudiado el Bolsón de Mapimí, advierte que aquellas “naciones” coloniales no deben entenderse automáticamente como etnias rígidas en el sentido moderno. En distintos momentos, “toboso” funcionó también como una denominación amplia para grupos relacionados o aliados del desierto.
Un pueblo construido por el desierto.
El escenario de esta historia es el Bolsón de Mapimí, una enorme región de cuencas cerradas y clima extremadamente seco que actualmente se distribuye entre Chihuahua, Durango y Coahuila. Mucho antes de que existieran las fronteras de esos estados, los habitantes originarios recorrían serranías, llanuras, aguajes, salinas y corredores fluviales siguiendo la disponibilidad estacional de agua, frutos, semillas, fibras y animales. La movilidad no era ausencia de territorio ni una forma primitiva de supervivencia: era precisamente la estrategia que permitía vivir allí. Estudios arqueológicos y etnohistóricos actuales hablan de una verdadera cultura del desierto, desarrollada durante miles de años mediante conocimientos especializados sobre plantas, agua, fauna y ciclos climáticos.
Los estudios del Centro INAH Chihuahua describen al Bolsón como una región ocupada por sociedades cazadoras-recolectoras que habían conseguido adaptarse a condiciones ambientales particularmente áridas. Investigaciones recientes enfatizan, además, que la recolección vegetal pudo desempeñar un papel incluso más importante que la caza. El mezquite, los nopales, los frutos de cactáceas, los agaves y otras plantas silvestres proporcionaban alimento, fibras y materias primas. Los animales aprovechados podían ir desde pequeños roedores y conejos hasta venados y otras presas mayores. Fuentes oficiales sobre la Reserva de la Biosfera Mapimí documentan también el aprovechamiento de vainas de mezquite, pencas de nopal, frutos de cactáceas y fibras de agave entre los antiguos habitantes de la región.
La movilidad tobosa alcanzaba dimensiones que hoy pueden resultar sorprendentes. Cramaussel señala que grupos del Bolsón se desplazaban entre el piedemonte de la Sierra Madre Occidental y territorios situados hacia el actual Texas, donde podían participar en expediciones de caza de bisontes. Esos recorridos atravesaban cientos de kilómetros de una geografía que para los recién llegados europeos podía parecer vacía, pero que para sus habitantes estaba compuesta por rutas, aguajes, refugios, lugares de caza, plantas estacionales y relaciones con otros grupos.
Eso obliga a cuestionar otra idea heredada de los documentos coloniales: el supuesto “despoblamiento” del desierto. El Bolsón no estaba vacío. Su población simplemente no estaba organizada de la misma manera que las sociedades agrícolas sedentarias del centro de México. Las rancherías podían desplazarse durante el año y no necesitaban ciudades, grandes construcciones ni campos agrícolas permanentes para ejercer control y conocimiento sobre su espacio. Para el sistema colonial, sin embargo, esa movilidad representaba un problema porque dificultaba la evangelización, el cobro de tributos, la utilización de trabajadores y, sobre todo, el dominio efectivo del territorio.
¿Quiénes eran realmente los tobosos?
Los registros más antiguos conocidos sitúan a los tobosos en el norte de la Nueva España desde finales del siglo XVI. Estudios publicados por University of Arizona Press señalan que fueron mencionados durante las exploraciones vinculadas con la expedición de Antonio de Espejo de 1582-1583 y posteriormente aparecen de manera constante en expedientes relacionados con Atotonilco, el río Florido, San Francisco de Conchos, Parral y el Bolsón de Mapimí.
Su identidad lingüística continúa siendo problemática. Documentación histórica recogida por William B. Griffen indica que existió una lengua identificada como tobosa y que no era mutuamente comprensible con el concho, aunque ambas pudieron haber tenido algún tipo de relación. Clasificaciones antiguas llegaron a colocar el toboso entre las lenguas apaches, mientras otras reconstrucciones posteriores han señalado relaciones distintas. El problema fundamental es que la lengua desapareció antes de que pudiera ser registrada sistemáticamente, por lo que afirmaciones modernas que presentan una clasificación lingüística tajante deben tomarse con cautela.
Los propios nombres coloniales complican todavía más la reconstrucción. En determinados expedientes, nonojes, acoclames, ocomes, cocoyomes y otras agrupaciones aparecen relacionadas con los tobosos e incluso podían ser englobadas bajo esa denominación. Investigaciones de Cramaussel muestran también que en diferentes momentos un mismo grupo podía aparecer bajo un nombre distinto según el lugar, su alianza o la autoridad que redactaba el informe. La historia de los tobosos, por tanto, no puede reducirse al mapa de una sola “tribu” encerrada dentro de fronteras precisas.
El sur de Chihuahua dentro del territorio de movilidad tobosa.
Para la historia regional de Chihuahua existe un punto particularmente importante: el corredor formado por el río Florido, Atotonilco —actual Villa López—, San Francisco de Conchos, el Valle de San Bartolomé —actual Valle de Allende— y el entorno de Parral quedó directamente involucrado en la relación entre los tobosos y la expansión novohispana. En Atotonilco existen referencias a tobosos congregados desde las primeras décadas del siglo XVII. University of Arizona Press señala que ya hacia 1611 o 1612 se buscaba establecer allí a grupos procedentes del desierto oriental; posteriormente el lugar se consolidaría como misión de San Buenaventura de Atotonilco.
Esta frontera adquirió mayor importancia después del descubrimiento y auge minero de Parral a partir de 1631. Las minas requerían alimentos, animales de carga, leña, trabajadores y rutas relativamente seguras. En consecuencia, crecieron las haciendas agrícolas y ganaderas en los valles próximos. Una historia documental de la frontera septentrional publicada por University of Arizona Press señala que la expansión de asentamientos agrícolas al este de Parral incrementó la presión sobre las áreas utilizadas por los tobosos y sus aliados nómadas, generando fuertes enfrentamientos durante la década de 1640.
El conflicto no fue, entonces, una guerra inexplicable entre “salvajes” y pobladores pacíficos. Detrás estaba el avance de una economía minera y agroganadera sobre territorios indígenas, la apropiación de recursos, la concentración de población en misiones, las encomiendas, el trabajo obligatorio y las campañas armadas. La colonización pretendía además transformar profundamente el modo de vida de los habitantes del Bolsón: asentarlos permanentemente, convertirlos al cristianismo y hacer que abandonaran los desplazamientos asociados a la caza y la recolección. Cramaussel documenta que algunos indígenas sometidos a encomienda debían proporcionar trabajo forzado, mientras las misiones trataban de convertir poblaciones móviles en habitantes permanentes de pueblos creados por el propio régimen colonial.
1644: la frontera estalla.
Hacia 1644 la tensión había alcanzado una dimensión mucho mayor. Fuentes históricas chihuahuenses registran ataques tobosos contra ranchos y haciendas establecidas en las riberas del río Florido. Al mismo tiempo, la historiografía ha señalado un periodo de sequías que agravó la competencia por alimentos, agua y ganado. Para entonces los tobosos habían incorporado también el caballo, circunstancia que aumentó enormemente su capacidad de desplazamiento y modificó la guerra en las llanuras.
La violencia pronto se extendió. En 1645 se produjo una rebelión en San Francisco de Conchos en la que participaron distintos pueblos indígenas, mientras grupos del Bolsón mantuvieron la ofensiva sobre la frontera. Los archivos del Parral conservan expedientes completos sobre campañas, ataques y negociaciones con tobosos durante esos años. El catálogo documental del INAH registra incluso un expediente de 1647-1650 denominado “Paz firmada con los indios tobosos y salineros”, prueba de que la relación no consistía únicamente en una sucesión de batallas: también hubo tratados, negociaciones, treguas y esfuerzos para establecer acuerdos.
La existencia de esos acuerdos permite observar algo que las narraciones tradicionales casi siempre pierden: los tobosos no actuaban como una masa uniforme. Algunas rancherías podían aceptar la paz mientras otras continuaban la guerra; algunos líderes colaboraban temporalmente con los españoles y después regresaban al Bolsón; familias enteras podían permanecer en una misión mientras parientes suyos combatían contra las autoridades. Incluso hubo indígenas identificados como tobosos que sirvieron como auxiliares de las tropas españolas contra otros grupos indígenas.
Felipa, una mujer tobosa atrapada entre dos mundos.
Entre miles de documentos militares aparece una figura excepcional que permite mirar la historia desde una dimensión humana: Felipa, hija de don Cristóbal, un jefe toboso reconocido por las autoridades españolas. En julio de 1652, los archivos registraron su participación como intermediaria en negociaciones de paz. Un índice documental de la Universidad de Arizona conserva la referencia al expediente original de Parral donde se señala que Felipa llegó a Atotonilco buscando negociar y que posteriormente fueron interrogados españoles e indígenas sobre las circunstancias del conflicto.
Felipa tenía alrededor de treinta años en 1654. Las investigaciones de Cramaussel y Carrillo Valdez revelan que hablaba la lengua de sus antepasados y también náhuatl, idioma que utilizaba para comunicarse en el mundo colonial, pero aparentemente no hablaba castellano. Vivía entre espacios culturales distintos: conocía las misiones, trataba con funcionarios españoles y, al mismo tiempo, mantenía vínculos familiares con los habitantes del Bolsón. En 1652 fue enviada a buscar a grupos indígenas que permanecían alzados. Los nonojes le mataron el caballo pero respetaron su vida debido a que era hija de don Cristóbal.
Su historia desmonta la imagen simple de dos bandos perfectamente separados. Había parentescos, intermediarios, idiomas compartidos, negociaciones, desconfianzas y lealtades cambiantes. Felipa podía ser útil para los españoles porque tenía acceso a los indígenas que estos intentaban localizar, pero esa misma cercanía provocaba sospechas sobre ella en ambos lados. A través de su experiencia puede observarse cómo la conquista del norte no ocurrió solamente mediante ejércitos y presidios: también atravesó familias y colocó a numerosos indígenas en posiciones donde sobrevivir significaba negociar continuamente con fuerzas enfrentadas.
Nonolat: una matanza que marcó la guerra del desierto.
El año de 1652 constituye uno de los episodios más violentos de esta historia. Los expedientes coloniales describen una extensa campaña militar contra las poblaciones del Bolsón. Un testimonio fechado el 1 de julio de aquel año desde el Real de San José del Parral relata operaciones ordenadas por el gobernador Diego Guajardo Fajardo y persecuciones contra grupos identificados como tobosos. El documento deja ver además la dificultad que representaba combatirlos: podían internarse en regiones donde la falta de agua impedía que las columnas españolas continuaran una persecución prolongada.
Meses después ocurrió la batalla o asalto del Peñol de Nonolat. La investigación histórica basada en documentación colonial identifica entre las poblaciones atacadas a nonojes, acoclames, masames, ocomes y tobosos. Las fuentes españolas proporcionan cantidades distintas, pero coinciden en que hubo una matanza considerable y numerosos prisioneros, entre ellos mujeres y niños. Una reconstrucción publicada en Historia, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, señala que la expedición española de 1652 llegó a movilizar unos 750 integrantes y que en Nonolat participaron más de mil combatientes al considerar ambos bandos.
En documentación recogida por University of Arizona Press aparecen estimaciones españolas que oscilan entre aproximadamente 200 y más de 300 indígenas muertos, además de decenas o centenares de cautivos. Las cifras no deben tomarse como un conteo moderno preciso, pero permiten dimensionar la violencia del episodio. Después del combate, las tropas recibieron instrucciones de continuar persiguiendo a quienes habían logrado escapar.
Nonolat fue, por ello, mucho más que otra escaramuza de frontera. Representó una operación de gran escala destinada a quebrar las redes de resistencia del Bolsón. Y aun así no terminó la guerra. Algunos dirigentes habían conseguido escapar y reconstruyeron grupos con los sobrevivientes. Entre ellos se encontraba don Cristóbal, padre de Felipa. La resistencia continuó después de la matanza.
La paz también era una estrategia de supervivencia.
Después de campañas devastadoras, solicitar la paz no significaba necesariamente rendición definitiva. Los acuerdos podían permitir recibir alimentos, recuperar familiares, asentarse temporalmente cerca de una misión o ganar tiempo. De igual manera, para el gobierno colonial negociar era muchas veces más barato que enviar una nueva expedición militar a cientos de kilómetros dentro del desierto.
En marzo de 1654 existen documentos sobre tobosos que acudieron ante el gobernador Enrique Dávila y Pacheco para solicitar paz y tierras donde establecerse. Felipa volvió a participar como intermediaria llamando a líderes indígenas del Bolsón.
La paz tampoco eliminaba la movilidad. Cramaussel señala que los españoles nunca lograron convertir rápidamente a aquellas sociedades en poblaciones sedentarias. Muchos indígenas permanecían durante un tiempo en pueblos de misión y luego regresaban a sus territorios tradicionales para cazar, recolectar o reunirse con familiares. Desde la perspectiva colonial aquello podía interpretarse como fuga o rebeldía; desde la lógica de sociedades móviles era la continuación de una forma de vida desarrollada durante generaciones.
Del arco al caballo: una sociedad que también cambiaba.
Presentar a los tobosos como habitantes de un mundo prehispánico inmóvil también sería incorrecto. El contacto con los españoles produjo transformaciones rápidas. Incorporaron caballos, aprovecharon ganado introducido por los europeos y accedieron ocasionalmente a armas y objetos procedentes de los asentamientos coloniales. Un expediente de 1652 mencionado por Griffen describe rancherías aliadas que disponían de caballos y objetos militares españoles e incluso de arcabuces obtenidos en enfrentamientos.
La utilización del caballo convirtió las distancias del desierto en algo diferente. Permitió realizar desplazamientos mayores, transportar bienes, atacar establecimientos alejados y retirarse rápidamente. También intensificó la competencia por animales. Para las autoridades españolas, el robo de ganado era un delito; para poblaciones indígenas cuyas antiguas áreas de caza estaban siendo ocupadas por haciendas, los caballos y reses pasaron a convertirse en nuevos recursos disponibles dentro de un territorio que consideraban propio.
Este choque entre dos maneras de comprender el espacio está en el corazón del conflicto. Los españoles medían tierras, otorgaban mercedes y levantaban haciendas; los pueblos del Bolsón utilizaban territorios extensos mediante rutas estacionales. Sobre un mismo paisaje coexistieron así dos ideas incompatibles de posesión y aprovechamiento.
Guerreros, pero también cazadores, recolectores, familias y negociadores.
La documentación militar produjo una distorsión inevitable. Las autoridades escribían sobre los tobosos principalmente cuando existía una campaña, una muerte, un robo de ganado, un tratado de paz o una fuga. Casi nunca había razón burocrática para registrar una tarde recolectando mezquite, la crianza de los niños, la preparación de alimentos o la transmisión del conocimiento sobre un aguaje. Por eso sabemos mucho más de las guerras que de la vida cotidiana.
La arqueología permite corregir parcialmente ese desequilibrio. La investigación de Yuri Leopoldo De la Rosa Gutiérrez en la Universidad Autónoma de Coahuila sobre tobosos e irritilas analiza instrumentos relacionados con la caza, recolección, pesca, procesamiento de plantas, producción de fibras y preparación de alimentos. Su trabajo coloca esas actividades dentro de una adaptación de larga duración denominada cultura del desierto.
Esta perspectiva cambia radicalmente la imagen. Un grupo que podía atravesar una de las zonas más secas de México necesitaba conocer la localización de agua, los periodos de fructificación, los ciclos de los animales, las propiedades de distintas fibras, los lugares de refugio y las rutas entre serranías. Lejos de representar una cultura “simple” por no construir ciudades, se trataba de una sociedad especializada en sobrevivir mediante movilidad y conocimiento ecológico.
El problema de llamarles “bárbaros”
Una gran parte del lenguaje con que todavía se habla de los tobosos procede directamente de los conquistadores. Palabras como “feroces”, “crueles”, “ladrones” o “bárbaros” aparecen repetidamente en crónicas y documentos posteriores. Son fuentes históricas indispensables, pero no pueden leerse literalmente sin preguntarse quién las escribió y para qué.
Los expedientes militares tenían razones concretas para presentar a los indígenas como enemigos peligrosos: justificaban gastos militares, nuevas tropas, presidios, campañas punitivas y solicitudes de recursos. Al mismo tiempo, las acciones de los españoles podían incluir ejecución de prisioneros, esclavización, deportación, distribución de cautivos, destrucción de rancherías y muerte de mujeres y niños. Estudios recientes sobre las campañas del Bolsón documentan con claridad esas prácticas.
Esto no significa negar que grupos tobosos atacaran haciendas, mataran personas, capturaran animales o realizaran acciones violentas. Los documentos demuestran que las hicieron. Significa colocarlas dentro de una guerra de frontera en la que también existía violencia organizada por parte del sistema colonial y, sobre todo, reconocer que el conflicto estaba ligado a la ocupación progresiva de territorios indígenas.
¿Fueron exterminados los tobosos?
Esta es probablemente la pregunta más difícil. Algunas fuentes señalan que los tobosos desaparecieron del Bolsón hacia finales del siglo XVII. Incluso documentos oficiales modernos repiten esa interpretación. Sin embargo, investigaciones más recientes han obligado a matizarla.
Cramaussel advierte que la desaparición de un nombre en los archivos no equivale necesariamente a la desaparición física inmediata de todas las personas que habían sido llamadas de esa manera. En ocasiones los colonizadores comenzaron a utilizar otras denominaciones para los mismos grupos o para sus descendientes. La propia categoría “toboso” había sido flexible. En documentos posteriores aparecen acoclames, cocoyomes y otros nombres asociados anteriormente con el conjunto toboso.
Lo que sí está documentado es una enorme presión demográfica y cultural. Las campañas militares causaron muertes y cautiverio; las enfermedades introducidas por los europeos afectaron a las poblaciones indígenas; hombres, mujeres y niños fueron incorporados a misiones y haciendas; distintos grupos se mezclaron; algunos huyeron hacia regiones remotas y otros fueron absorbidos por poblaciones indígenas o coloniales. Cramaussel ha estudiado específicamente el proceso de exterminio y desaparición de chizos, sisimbles, acoclames y cocoyomes del Bolsón, señalando tanto la violencia como las enfermedades entre los factores de reducción demográfica.
Por eso, quizá sea más exacto hablar de desintegración histórica de las comunidades tobosas que imaginar una fecha precisa en la que el último toboso desapareció. Se extinguieron su lengua y sus estructuras sociales reconocibles, se perdieron sus nombres propios y sus tradiciones dejaron de transmitirse como una identidad colectiva diferenciada. Pero algunos de sus integrantes y descendientes pudieron integrarse a otras poblaciones.
Un pueblo que sobrevivió más tiempo en los archivos que en la memoria.
Existe una paradoja. Los tobosos fueron durante décadas una de las mayores preocupaciones militares de la Nueva Vizcaya, pero hoy son casi desconocidos incluso en los territorios donde vivieron. Los expedientes conservados en archivos de Parral, México, España y Estados Unidos registran campañas, tratados, interrogatorios, caciques y desplazamientos, pero la memoria pública del sur de Chihuahua rara vez los coloca en el centro de su propia historia.
Y, sin embargo, estuvieron allí. Recorrieron el río Florido. Llegaron a Atotonilco. Aparecen alrededor de San Francisco de Conchos y en los caminos cercanos a Parral. Cruzaron las extensiones del Bolsón de Mapimí. Conocieron las serranías, las lagunas temporales y los aguajes mucho antes de que existieran carreteras o límites estatales. Su historia forma parte directa de Chihuahua, Durango y Coahuila.
El mapa indígena del norte de México en el siglo XVI muestra precisamente esa presencia antes de que el avance colonial modificara profundamente el territorio.
La otra historia del desierto.
La investigación actual obliga finalmente a cambiar la pregunta. Durante siglos se preguntó por qué los tobosos eran tan difíciles de “pacificar”. Tal vez la pregunta histórica más reveladora sea por qué un pueblo que dominaba uno de los ambientes más duros de Norteamérica habría aceptado sin resistencia perder movilidad, territorio, recursos y autonomía.
Vista desde allí, su larga guerra deja de parecer inexplicable. No fueron solamente guerreros que aparecían desde el desierto para atacar asentamientos españoles. Fueron cazadores, recolectores, padres, madres, niños, dirigentes, intermediarios y viajeros de enormes distancias. Fueron una sociedad construida alrededor de un conocimiento extraordinariamente preciso del desierto chihuahuense. Y fueron también habitantes de un territorio que comenzó a transformarse rápidamente cuando la minería, las haciendas, el ganado, las misiones y los presidios avanzaron sobre él.
Felipa, caminando entre Atotonilco, Parral y las rancherías del Bolsón para intentar negociar una paz que nunca era definitiva, quizá represente mejor que cualquier descripción militar la verdadera complejidad de aquella frontera. Su vida quedó reducida a unas cuantas páginas porque los archivos coloniales casi nunca fueron escritos para preservar la voz de personas como ella. Pero esas páginas bastan para recordar que detrás del nombre colectivo “tobosos” existieron seres humanos concretos.
La conquista del norte de México no ocurrió únicamente mediante fundaciones españolas y descubrimientos mineros. También consistió en el desplazamiento, incorporación y desaparición de sociedades enteras. Bajo los caminos, ranchos, ciudades y campos agrícolas que hoy cruzan el sur de Chihuahua y el Bolsón de Mapimí permanece otra geografía: la que durante generaciones recorrieron los pueblos del desierto.