La expansión del cultivo de nuez ha transformado el paisaje del sur de Chihuahua en las últimas dos décadas. Municipios como Camargo, Jiménez, López y Coronado concentran miles de hectáreas de huertas nogaleras.
La ilusión de la lluvia.
HISTORIASMX. – En la región centro-sur de Chihuahua, los productores miran al cielo con esperanza. Octubre suele marcar el final del ciclo de lluvias, pero este año la expectativa es que se prolongue unos días más. El anhelo es comprensible: ríos secos, presas en niveles críticos y un campo que se sostiene en incertidumbre. Sin embargo, el verdadero problema no se resuelve con una tormenta pasajera. Aunque llueva durante este mes, la recuperación de los mantos freáticos requeriría al menos quince años consecutivos de precipitaciones constantes y el cierre inmediato de pozos agrícolas ilegales que perforan sin tregua los acuíferos.
El peso del nogal en la crisis hídrica
La expansión del cultivo de nuez ha transformado el paisaje del sur de Chihuahua en las últimas dos décadas. Municipios como Camargo, Jiménez, López y Coronado concentran miles de hectáreas de huertas nogaleras, un cultivo altamente demandante de agua. Según datos de la propia Secretaría de Agricultura, una hectárea de nogal consume en promedio 19 mil metros cúbicos de agua por año, una cifra descomunal frente a otros cultivos tradicionales como el maíz o el frijol.
Hoy, con más de cien mil hectáreas de nogales en el estado —y más de once mil solo en Jiménez—, el consumo hídrico supera por mucho la capacidad de recarga natural de los acuíferos. Cada año se extrae más agua de la que entra, generando un déficit que ya se refleja en la caída de niveles freáticos, la sequía de los ríos y la pérdida de manantiales.
Pozos ilegales: el secreto a voces
El problema se agrava con la perforación ilegal de pozos. Aunque la ley mexicana establece regulaciones estrictas para la extracción de agua subterránea, en la práctica existe una red amplia de pozos clandestinos al servicio de los grandes productores nogaleros. Se trata de una práctica que ha crecido a la sombra de la falta de vigilancia y de la complicidad institucional.
Estos pozos no solo drenan de manera acelerada los acuíferos, sino que además generan una competencia desleal con pequeños agricultores y comunidades rurales que enfrentan la escasez en lo cotidiano. Mientras una nogalería de cientos de hectáreas mantiene un suministro constante para sus árboles, los habitantes de comunidades cercanas muchas veces dependen de pipas o tandeos de agua potable.
El río que ya no corre
El río Florido, que durante décadas dio vida a la región, hoy es apenas un cauce seco. Lo mismo sucede con el río Parral, ambos tributarios del Conchos. La retención de agua en presas como Pico de Águila y Piedras Azules impide que los escurrimientos lleguen río abajo, lo que no solo afecta a los cultivos, sino también a la recarga natural de los mantos acuíferos.
Los propios campesinos lo dicen con claridad: antes siempre había aunque fuera una corriente mínima en los ríos, hoy ya no hay nada. La sequía no es solo un fenómeno climático, es también el resultado directo de un modelo agrícola extractivo que ha priorizado la expansión de un cultivo de alto valor comercial sobre la sostenibilidad del territorio.
¿Un futuro hipotecado?
Las presas se vacían, los mantos se agotan y, aun así, la superficie de nogales sigue creciendo. Este modelo no es sostenible. La promesa de riqueza que trajo el boom nogaleros está dejando tras de sí un campo endeudado, un ecosistema exhausto y comunidades rurales que ya pagan las consecuencias de un recurso hídrico agotado.
Los especialistas coinciden en que mientras no se tomen decisiones de fondo —clausura de pozos ilegales, regulación estricta de nuevas plantaciones, recuperación de escurrimientos naturales e, incluso, medidas radicales como la eliminación de la presa Pico de Águila—, el panorama no cambiará.
Entre la esperanza y la negación
Los productores insisten en que una tormenta tardía podría aliviar el campo. Pero la esperanza en las lluvias funciona solo como un paliativo, nunca como solución. La verdadera discusión es incómoda: ¿está la región dispuesta a frenar la expansión de los nogales y ordenar el uso del agua para garantizar un futuro posible?
Hoy, más que nunca, el sur de Chihuahua se encuentra frente a un dilema histórico. O se protege el agua para asegurar la vida de las comunidades y la viabilidad del campo, o se prolonga un modelo que, tarde o temprano, terminará por secar la tierra y condenar al abandono a quienes dependen de ella