Testimonio de “El Calacas” revela el infierno que viven muchos menores atrapados en la violencia, el abandono y el crimen organizado en Chihuahua
Ciudad Juárez, Chih. — Nunca fue a la escuela. Nunca recibió un abrazo. Nunca escuchó una palabra de aliento. A cambio, recibió golpes, insultos y una pipa de cristal encendida puesta en la boca por su propia madre. Tenía 13 años.
El testimonio de “El Calacas”, uno de los catorce adolescentes entrevistados por el profesor Mario Alberto Trillo Corral en su libro “Cuando el silencio estalla”, desgarra por su dureza, pero sobre todo por su terrible normalización del abandono, el consumo de drogas y la violencia en la niñez.
Su historia es una radiografía descarnada de cómo la violencia estructural, la pobreza, la drogadicción y el desamor pueden incubar delitos atroces, cometidos no por monstruos, sino por niños quebrados desde el hogar.
Una infancia sin futuro: del abandono al consumo forzado
“Yo lloraba mientras me pegaba y ella me gritaba: ‘No andes agarrando mis cosas, cabrón’. Cuatro días después me dijo: ‘¿Quieres probar bien? Yo te enseño’”, relata “El Calacas”, en uno de los pasajes más crudos de su testimonio.
Ese fue el inicio de una relación perversa y aparentemente funcional entre madre e hijo, ambos compartiendo la adicción al cristal, como si fuera un lenguaje común de afecto, el único que conocieron.
Vivieron juntos con la novia del joven —quien también terminó embarazada—, y un padrastro alcohólico. Todo parecía estar “chido”, dice él, por dos meses. Pero la noticia del embarazo desató la caída: la madre reaccionó con rechazo y violencia. Volvieron los golpes, los gritos, las amenazas.
“Vieja, usted me enseñó a hacerlo. Véase cómo está también drogada, no se haga pendeja”, le gritó “El Calacas” tras una discusión familiar. Fue entonces cuando un narcomenudista de la zona le ofreció dinero por matarla. Y aceptó.
Del silencio al estallido: un crimen que nació en casa
La escena es brutal. “El Calacas” golpeó a su madre con un hacha y la acuchilló. Luego atacó a su padrastro. Su madre agonizó una semana. Él no huyó: “La empujé y salí corriendo”, cuenta. El padrastro sobrevivió.
Este crimen, aunque impactante, es apenas uno de los múltiples relatos reales incluidos en el libro, que documenta entrevistas con adolescentes detenidos por homicidios, violaciones y robos, todos marcados por historias similares: abuso, omisión, pobreza, abandono emocional y consumo de drogas inducido por los propios adultos.
Un libro necesario: “Cuando el silencio estalla”
El trabajo de Mario Trillo no es periodismo de nota roja ni morbo disfrazado de análisis. Es una denuncia profundamente ética, construida desde la empatía con adolescentes que han cometido crímenes, pero que también han sido víctimas de un sistema social y familiar roto.
Con nombres ficticios y sin revelar ubicaciones ni fechas para proteger a los jóvenes, el libro evita revictimizar y, en cambio, busca entender.
El prólogo, escrito por el doctor Anastacio Santos Álvarez, es una llamada de atención:
“La violencia nació en casa… muchos padres cultivan su vida diaria con gritos, amenazas y golpes. Esa actitud negativa se hereda por generaciones. Los niños aprenden a ser violentos desde el hogar”.
Una violencia social incubada, no improvisada
El caso de “El Calacas” no es aislado. Es reflejo de una violencia estructural sistemática, donde la niñez y adolescencia son expuestas al abandono, a las adicciones, al crimen organizado, y luego criminalizadas sin mirar lo que hay detrás.
El autor subraya cifras alarmantes:
- En 2020, 84 adolescentes fueron procesados penalmente en Chihuahua.
- En 2021, la cifra subió a 130, entre ellos 13 mujeres.
¿Dónde fallamos como sociedad?
Este libro plantea una pregunta incómoda:
¿Cómo es que un joven puede llegar a matar a su madre con un hacha y después irse caminando?
La respuesta está escrita en los silencios que la sociedad no quiere oír: ausencia de políticas públicas, omisión del Estado, falta de atención a la salud mental y abandono familiar como norma.
“El Calacas” no nació criminal. Lo fue formando el entorno, el sistema, su familia. Y cuando el silencio finalmente estalló, ya era demasiado tarde.