Investigación especial | HISTORIASMX
HISTORIASMX. – A primera vista, hablar de peces en el desierto parece una contradicción. El paisaje del Desierto Chihuahuense está dominado por montañas desnudas, matorrales espinosos, llanuras resecas y temperaturas extremas. Sin embargo, debajo de ese territorio aparentemente desprovisto de agua existe una compleja red de acuíferos, fallas geológicas, ríos intermitentes, ciénegas y manantiales que durante miles de años ha sostenido una de las comunidades de peces dulceacuícolas más singulares del planeta.
Desde los ojos termales de Julimes y la región de Jiménez, en Chihuahua, hasta las pozas de Cuatro Ciénegas, en Coahuila; desde los antiguos manantiales de Parras, Sandia y Potosí hasta los sistemas acuáticos del Pecos, Balmorhea, Devils River y Big Bend, en Estados Unidos, pequeños peces evolucionaron en aislamiento. Algunas especies quedaron confinadas a una sola poza de unos cuantos cientos de metros cuadrados. Otras sobreviven únicamente en un manantial, un canal o una ciénega alimentada por agua subterránea.
Esa extraordinaria especialización explica su valor científico, pero también su fragilidad. Para estos peces, la reducción del nivel de un acuífero no constituye una amenaza abstracta: puede significar la desaparición completa de todo el espacio que ocupan en el mundo.
La evaluación ecológica trinacional del Desierto Chihuahuense calcula que la ecorregión alberga aproximadamente 110 especies de peces. Cerca de la mitad son endémicas o poseen una distribución muy restringida. La mayoría pertenece a grupos como los cachorritos del género Cyprinodon, las carpitas y sardinitas, los guayacones vivíparos, los peces espada y algunas percas y mojarras. Muchas habitan manantiales aislados dentro de cuencas cerradas, sin conexión permanente con otros ríos.
En la porción texana, las cifras tampoco dejan lugar al optimismo. Texas Parks and Wildlife ha señalado que 55% de los peces nativos de la región chihuahuense de ese estado son motivo de preocupación para la conservación o ya se han perdido por extirpación o extinción. Otras evaluaciones históricas han elevado la proporción de especies amenazadas o desaparecidas hasta 63%.
Islas de agua en medio de un océano seco.
Durante periodos más húmedos del Pleistoceno, numerosos ríos, lagunas y humedales del norte de México mantenían conexiones que permitían el desplazamiento de los peces. A medida que aumentó la aridez, hace miles de años, aquellos grandes sistemas se fragmentaron. Los cuerpos de agua quedaron separados por extensiones de desierto y las poblaciones de peces comenzaron a evolucionar de manera independiente.
Cada manantial se convirtió, en términos biológicos, en una isla. Los peces que permanecieron en ellos desarrollaron adaptaciones a temperaturas elevadas, concentraciones variables de sales, bajos niveles de oxígeno, escasez de nutrientes y fluctuaciones extremas del caudal. De ese aislamiento surgió buena parte del endemismo que caracteriza al Desierto Chihuahuense.
Pero una isla biológica de agua dulce tiene una vulnerabilidad particular. Un mamífero puede desplazarse cuando se deteriora una zona; un ave puede volar hacia otro humedal. Un cachorrito atrapado en un manantial rodeado por kilómetros de desierto no tiene esa posibilidad. Si el ojo de agua se seca, su mundo desaparece.
Chihuahua: peces que viven en un solo manantial.
Uno de los casos más extraordinarios se encuentra en El Pandeño, municipio de Julimes. Allí vive el cachorrito de Julimes, Cyprinodon julimes, especie descrita científicamente en 2009 y confinada a un pequeño manantial termal. El cuerpo de agua donde subsiste tiene una superficie menor a 300 metros cuadrados y menos de un metro de profundidad en varias de sus áreas.
Este pez es capaz de permanecer en agua cercana a los 46 grados Celsius, una de las tolerancias térmicas crónicas más elevadas documentadas entre los peces. Esa capacidad lo ha hecho conocido como uno de los peces más calientes del mundo. Pero la resistencia al calor no lo protege contra la extracción de agua, las modificaciones físicas del manantial, la contaminación ni la introducción de organismos ajenos al ecosistema.
La NOM-059-SEMARNAT-2010 lo reconoce como especie endémica y en peligro de extinción. Su área de distribución es tan pequeña que una avería hidráulica, una descarga contaminante o una reducción brusca del flujo subterráneo podría afectar a una parte considerable de la población.
Al norte del estado se encuentra otro sistema extremadamente frágil. En el manantial de Ojo de Carbonera, dentro de la cuenca de Guzmán, sobreviven —o han sobrevivido en condiciones sumamente precarias— la sardinita bocagrande, Cyprinella bocagrande, y el cachorrito de Carbonera, Cyprinodon fontinalis. Ambas especies están clasificadas en peligro de extinción por la norma mexicana.
Para 2012 se consideraba que la sardinita bocagrande estaba restringida a un solo manantial. Ese mismo lugar constituye el último refugio conocido del cachorrito de Carbonera y de un acocil endémico. La reducción de las surgencias causada por la extracción de agua subterránea ha colocado a toda esta comunidad biológica al borde de desaparecer.
En la región centro-sur de Chihuahua, el sistema de Ojo de Dolores posee una relevancia particular para Jiménez. En sus aguas vive el guayacón de Hacienda Dolores, Gambusia hurtadoi, pez descrito a partir de ejemplares de ese manantial y cuya distribución natural está restringida a este entorno. Comparte el sistema con el cachorrito escamudo, Cyprinodon macrolepis, otra especie endémica incluida por México en la categoría de peligro de extinción.
La NOM-059 clasifica a Gambusia hurtadoi como sujeta a protección especial. Sin embargo, esa categoría administrativa no debe confundirse con ausencia de riesgo. Una especie restringida a un solo sistema depende por completo de que se conserven el flujo, la calidad del agua, la vegetación acuática y la estructura física de su manantial.
En el sistema del río Conchos y sus tributarios también se distribuyen peces de rango reducido como la perca del Conchos, Etheostoma australe; la sardinita del Conchos, Cyprinella panarcys; el cachorrito del Conchos, Cyprinodon eximius; y la carpita negra, actualmente reconocida generalmente como Codoma ornata. No todas son endémicas exclusivamente de un solo manantial, pero forman parte de una fauna regional amenazada por la alteración del caudal, las presas, la pérdida de hábitat, la contaminación y los peces introducidos.
Cuatro Ciénegas: un laboratorio de evolución que pierde agua.
Ningún sitio representa mejor la biodiversidad acuática del Desierto Chihuahuense que Cuatro Ciénegas. Rodeado por montañas y desierto, este valle de Coahuila conserva pozas, lagunas, ríos cortos, ciénegas y canales alimentados por agua subterránea. Su aislamiento y la variedad de ambientes produjeron una radiación evolutiva excepcional.
Las evaluaciones históricas difieren ligeramente debido a cambios taxonómicos y a la delimitación del sistema: algunas registran ocho peces estrictamente endémicos y otras contabilizan hasta doce de 18 especies nativas. La revisión clásica de su fauna documentó al menos 16 especies nativas, ocho exclusivas del valle.
Entre sus especies representativas se encuentran:
| Especie | Nombre común | Distribución principal | Categoría en la NOM-059 |
|---|---|---|---|
| Cyprinodon atrorus | Cachorrito del Bolsón | Pozas y humedales de Cuatro Ciénegas | Amenazada |
| Cyprinodon bifasciatus | Cachorrito de Cuatro Ciénegas | Manantiales y corrientes del valle | Amenazada |
| Cyprinella xanthicara | Sardinita de Cuatro Ciénegas | Sistema acuático del valle | En peligro |
| Etheostoma lugoi | Perca de Cuatro Ciénegas o perca de toba | Río Mezquites y tributarios | En peligro |
| Gambusia longispinis | Guayacón de Cuatro Ciénegas | Pozas y humedales locales | Amenazada |
| Herichthys minckleyi | Mojarra de Cuatro Ciénegas | Diversos ambientes del valle | En peligro |
| Lucania interioris | Sardinita de Cuatro Ciénegas | Pozas y canales | En peligro |
| Xiphophorus gordoni | Espada o platy del norte | Humedales termales de Santa Tecla | En peligro |
La mojarra de Cuatro Ciénegas, Herichthys minckleyi, es particularmente notable. Dentro de una misma especie existen formas con mandíbulas adaptadas a diferentes alimentos: algunas trituran caracoles, otras consumen detritos y otras aprovechan diversos recursos. Es un ejemplo vivo de diversificación ecológica.
La pequeña Etheostoma lugoi habita fondos de grava, toba y fragmentos de estromatolitos. La degradación de esos sustratos, la sedimentación o la alteración del caudal afectan directamente las superficies donde se alimenta y reproduce. La NOM-059 reconoce como endémicas y en peligro tanto a esta perca como a la mojarra, la sardinita Cyprinella xanthicara y la sardinita Lucania interioris.
Las amenazas de Cuatro Ciénegas se acumulan. La apertura de canales cambió la dirección y velocidad natural del agua; la agricultura incrementó la demanda sobre los acuíferos; el pastoreo deterioró orillas y humedales; algunas pozas fueron transformadas con fines recreativos y especies foráneas comenzaron a competir o depredar sobre la fauna nativa.
Una investigación sobre la comunidad de peces del sistema Churince señala que los ambientes acuáticos del valle han sido alterados principalmente por el pastoreo, la expansión agrícola y la cesión o canalización de agua. Churince, durante décadas uno de los sitios científicos más importantes, sufrió un proceso severo de desecación.
Parras, Sandia y Potosí: las extinciones que ya ocurrieron.
El peligro no pertenece al futuro. En varios manantiales del Desierto Chihuahuense las extinciones ya sucedieron.
En el valle de Parras, Coahuila, vivió Stypodon signifer, una pequeña especie de la familia de las carpitas que no existía en ningún otro lugar. La transformación y desecación de sus manantiales provocaron su desaparición durante la primera mitad del siglo XX.
Uno de los casos más dolorosos ocurrió en Nuevo León. El cachorrito enano de Potosí, Megupsilon aporus, era tan singular que representaba por sí mismo un género completo. Habitaba un solo manantial, El Potosí. La extracción de agua redujo el hábitat, mientras la introducción de peces no nativos aumentó la presión sobre la población. La especie desapareció del medio silvestre y, finalmente, murió el último ejemplar mantenido bajo cuidado humano. Su extinción significó la pérdida de una especie y de toda una rama evolutiva.
En los valles de Sandia y Potosí existieron varios cachorritos confinados a manantiales individuales:
- Cyprinodon alvarezi, cachorrito de Potosí: extinto.
- Cyprinodon ceciliae, cachorrito Cecilia: extinto.
- Cyprinodon inmemoriam, cachorrito de la Trinidad: extinto.
- Cyprinodon longidorsalis, cachorrito de Charco Palma: extinto en estado silvestre.
- Cyprinodon veronicae, cachorrito Verónica: extinto en estado silvestre y conservado únicamente mediante poblaciones bajo cuidado humano.
La historia de Cyprinodon inmemoriam resume la tragedia. Fue descubierto científicamente cuando su manantial ya estaba siendo destruido; poco después, la extracción de agua secó el sitio. Su nombre, “inmemoriam”, terminó convertido en epitafio.
En 2010, la norma mexicana todavía registraba a Megupsilon aporus, Cyprinodon alvarezi y otras especies como “probablemente extintas en el medio silvestre”. La evidencia científica posterior confirmó que algunas se extinguieron por completo. Esto también revela un problema administrativo: las listas legales pueden actualizarse con mayor lentitud que la desaparición de los ecosistemas.
El Pecos, Balmorhea y Big Bend.
La frontera política no divide los acuíferos ni la historia evolutiva del desierto. En Texas y Nuevo México sobreviven peces igualmente restringidos.
La gambusia del Pecos, Gambusia nobilis, fue históricamente más amplia, desde Nuevo México hasta las cercanías de Fort Stockton. Actualmente está confinada a cuatro sistemas principales: Bitter Lake y Blue Spring, en Nuevo México; Diamond Y, cerca de Fort Stockton; y el complejo de manantiales de San Solomon, en Balmorhea. Desapareció de otros sitios, incluidos Leon Springs y Comanche Springs, después de que estos se secaron.
En Balmorhea también subsiste el cachorrito de Comanche Springs, Cyprinodon elegans. La desaparición del flujo natural de Comanche Springs, provocada en buena medida por el bombeo agrícola, eliminó parte de su distribución histórica. Hoy depende principalmente de los manantiales de San Solomon, canales asociados y otros refugios del sistema Toyah.
El cachorrito de Leon Springs, Cyprinodon bovinus, permanece en una zona extremadamente reducida próxima a Fort Stockton. Su plan de recuperación identifica la alteración del manantial, el abatimiento del agua subterránea y los peces exóticos como riesgos centrales.
Más al sur, la gambusia de Big Bend, Gambusia gaigei, sobrevive dentro del Parque Nacional Big Bend. Su hábitat natural fue profundamente transformado antes de la creación del parque mediante drenaje de humedales, agricultura y redirección de los manantiales. En la actualidad depende de estanques-refugio y de un reducido conjunto de ambientes artificiales o modificados.
Una evaluación federal reciente señala que la especie es totalmente dependiente del flujo de dos manantiales. La extracción de agua subterránea fuera del parque podría disminuir ese caudal. También enfrenta competencia y, ocasionalmente, depredación por peces introducidos.
La carpita diabla, Dionda diaboli, habita corrientes transparentes alimentadas por el acuífero Edwards-Trinity, principalmente en Devils River, San Felipe Creek y Pinto Creek. Necesita agua corriente sobre sustratos de grava. La reducción de las descargas de manantiales, la alteración de cauces, el deterioro de la calidad del agua y las especies no nativas son sus principales amenazas.
¿Por qué están desapareciendo?
1. Sobreexplotación de los acuíferos.
Es la amenaza más importante y extendida. La perforación de pozos para agricultura, ganadería, ciudades e industria reduce la presión del acuífero. Como consecuencia, disminuye el caudal del manantial o la surgencia se seca completamente.
No hace falta bombear directamente junto a una poza. Los acuíferos pueden extenderse bajo varios valles y mantener conexiones a través de fracturas y formaciones geológicas. Una extracción realizada a kilómetros de distancia puede modificar el flujo que sostiene un humedal protegido.
2. Desvío y canalización del agua.
Los canales construidos para llevar agua a parcelas cambian la velocidad, profundidad, temperatura y conectividad natural de los humedales. En ocasiones vacían una poza; en otras conectan ambientes antes separados y permiten que especies invasoras lleguen a refugios donde nunca habían existido.
3. Peces exóticos.
Tilapias, carpas, cíclidos ornamentales y gambusias introducidas compiten por alimento, depredan huevos y juveniles, remueven el fondo o transmiten parásitos. El guayacón occidental, Gambusia affinis, fue introducido en numerosos países como supuesto controlador de mosquitos, aunque puede atacar huevos, crías de peces y pequeños invertebrados nativos.
Para una especie endémica de una sola poza, la liberación de unos cuantos peces de acuario puede ocasionar un cambio ecológico desproporcionado.
4. Contaminación y degradación de las orillas.
Los nutrientes procedentes de fertilizantes y residuos ganaderos favorecen la proliferación de algas y reducen el oxígeno disponible. Los plaguicidas, hidrocarburos, basura, aguas residuales y otros contaminantes pueden afectar la reproducción y supervivencia.
El pisoteo del ganado destruye vegetación, erosiona las márgenes y aumenta la sedimentación. En especies que depositan sus huevos sobre grava limpia, vegetación o formaciones de toba, cubrir el fondo con sedimentos puede impedir la reproducción.
5. Presas y modificación de los ríos.
Las presas alteran los pulsos naturales de inundación, retienen sedimentos y fragmentan poblaciones. En el río Bravo y el Conchos, la regulación del caudal ha transformado ambientes donde evolucionaron especies adaptadas a crecidas, sequías y corrientes estacionales.
6. Cambio climático.
El calentamiento incrementa la evaporación y puede prolongar las sequías. Sin embargo, atribuir toda la crisis al clima ocultaría la responsabilidad humana. Un acuífero conservado puede amortiguar varios años secos; uno intensamente explotado pierde esa capacidad.
El cambio climático actúa como multiplicador: eleva la demanda agrícola de agua precisamente cuando disminuye la recarga, aumenta la temperatura del hábitat y reduce la concentración de oxígeno.
7. Distribuciones diminutas y pérdida genética.
Una población pequeña está expuesta a enfermedades, accidentes, tormentas, contaminación repentina y pérdida de diversidad genética. Cuando todos los individuos viven en una sola poza, no existe una segunda población que pueda recolonizar el sitio.
La protección legal no garantiza que el agua permanezca.
La NOM-059 mexicana incluye numerosas especies endémicas del desierto en las categorías de amenazada, en peligro de extinción, sujeta a protección especial o probablemente extinta en el medio silvestre. En Estados Unidos, varias están protegidas por la Endangered Species Act. Pero proteger jurídicamente al pez sin asegurar el agua que mantiene su hábitat deja incompleta la conservación.
Un manantial puede estar dentro de un área protegida y, aun así, perder caudal por bombeos efectuados fuera de sus límites. El agua subterránea no reconoce los polígonos trazados sobre un mapa.
La crisis también está marcada por información incompleta. Numerosos sistemas remotos carecen de monitoreo permanente. Una especie puede disminuir durante años sin que existan censos capaces de detectar el proceso. Cuando finalmente se realiza una inspección, quizá solo queden unos cuantos individuos o el manantial ya se encuentre seco.
La evaluación de los peces de agua dulce de México publicada con apoyo de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza examinó 536 especies y concluyó que 39% estaba amenazado de extinción. También registró doce especies extinguidas y ocho extintas en estado silvestre.
Lo que todavía puede hacerse.
La conservación requiere proteger sistemas acuáticos completos, no solamente ejemplares individuales. Entre las medidas indispensables se encuentran mantener caudales ecológicos mínimos; regular la extracción dentro de las zonas de influencia de los manantiales; medir continuamente niveles piezométricos, temperatura, calidad y descarga; cerrar o controlar pozos ilegales; restaurar humedales y vegetación ribereña; evitar nuevas canalizaciones; y retirar especies invasoras cuando sea técnicamente posible.
También deben mantenerse poblaciones de respaldo en instalaciones especializadas, pero con protocolos genéticos rigurosos. La cría bajo cuidado humano puede impedir la desaparición absoluta, como sucedió con algunos cachorritos de Nuevo León, aunque nunca reemplaza la protección del hábitat. Un pez conservado en un acuario continúa biológicamente vivo, pero su ecosistema, relaciones ecológicas e historia natural pueden haberse perdido.
Las comunidades locales desempeñan un papel decisivo. En Julimes, la conservación del cachorrito ha involucrado vigilancia y manejo comunitario del manantial. En Texas se han creado refugios y acuerdos con propietarios. Estos modelos demuestran que la protección no necesariamente exige excluir a la población, sino reconocer que la supervivencia humana y la de los peces depende de la misma agua.
El pez pequeño que anuncia una crisis mayor.
Los cachorritos, gambusias y sardinitas del Desierto Chihuahuense rara vez alcanzan tamaños espectaculares. No sostienen grandes pesquerías ni aparecen con frecuencia en campañas internacionales. Su desaparición puede ocurrir silenciosamente, debajo de la superficie de un manantial que cada año descarga menos agua.
Pero precisamente por su dependencia de condiciones muy específicas funcionan como indicadores. Cuando desaparece un pez endémico, el problema no termina en la pérdida de una especie. Significa que el acuífero, la ciénega o el río que sostiene a una comunidad humana también está cambiando.
En Ojo de Dolores, El Pandeño, Ojo de Carbonera, Cuatro Ciénegas, Balmorhea o Big Bend, la pregunta de fondo es la misma: ¿cuánta agua puede extraerse antes de que deje de brotar?
Las extinciones de Parras, Sandia y Potosí ya ofrecieron una respuesta. Primero disminuye el manantial; después se reduce la población; más tarde se intenta rescatar algunos ejemplares y finalmente queda un nombre científico en una colección, una fotografía o un frasco de museo.
Los peces del desierto han sobrevivido al aislamiento, a cambios climáticos naturales y a temperaturas que matarían a muchas otras especies. Lo que no pueden soportar es que el ser humano elimine por completo el pequeño universo acuático donde evolucionaron.
Conservarlos implica mucho más que salvar animales diminutos. Significa defender los últimos manantiales de un territorio donde el agua subterránea sostiene, al mismo tiempo, la biodiversidad, las comunidades rurales y el futuro de las ciudades.