Las playas perdidas del Cretácico: cuando el desierto de Chihuahua fue costa de un antiguo mar.

Durante buena parte del Cretácico, la geografía de Norteamérica no se parecía a la actual. El nivel global del mar fue considerablemente superior al moderno y extensas áreas continentales quedaron inundadas. Una reconstrucción ampliamente utilizada para este periodo muestra que el llamado Western Interior Seaway, o Mar Interior Occidental

Por HISTORIASMX | Periodismo del Norte, Periodismo con Carácter

HISTORIASMX. – Donde hoy el horizonte del sur y el oriente de Chihuahua se extiende entre sierras secas, llanuras desérticas, caliche, arena y vegetación adaptada a la escasez de agua, hubo un tiempo en que el paisaje estuvo dominado por costas, lagunas, estuarios y mares poco profundos. No se trata solamente de una imagen construida por la imaginación. Las rocas sedimentarias, los fósiles marinos, las estructuras dejadas por el oleaje y las secuencias de areniscas, lutitas y calizas conservadas en diferentes regiones de Chihuahua forman parte de un enorme archivo geológico que documenta los avances y retrocesos del mar durante el Cretácico, periodo comprendido aproximadamente entre hace 145 y 66 millones de años. En algunos puntos del estado, la evidencia permite reconstruir auténticos ambientes costeros que, en términos sencillos, pueden describirse como las antiguas “playas del Cretácico”.

Sin embargo, el concepto requiere precisión. “Playas del Cretácico” no es el nombre oficial de una formación geológica ni implica que todos los depósitos arenosos encontrados actualmente en Chihuahua sean restos directos de una playa. Es una manera descriptiva de referirse a antiguos ambientes de litoral y transición entre tierra y mar: playas propiamente dichas, barras arenosas, planicies costeras, desembocaduras, deltas, lagunas salobres, estuarios y zonas marinas someras. En Chihuahua existen evidencias científicas de varios de esos ambientes, y algunas de las más claras están preservadas en rocas del Cretácico que afloran actualmente cientos de kilómetros lejos de cualquier océano.

Un Chihuahua muy distinto al que conocemos.

Durante buena parte del Cretácico, la geografía de Norteamérica no se parecía a la actual. El nivel global del mar fue considerablemente superior al moderno y extensas áreas continentales quedaron inundadas. Una reconstrucción ampliamente utilizada para este periodo muestra que el llamado Western Interior Seaway, o Mar Interior Occidental, llegó a dividir parcialmente Norteamérica, comunicando aguas septentrionales con regiones próximas al antiguo Golfo de México. Las estimaciones de nivel marino cretácico todavía son objeto de discusión científica, pero una síntesis estratigráfica calculó que durante largos intervalos estuvo entre aproximadamente 75 y 250 metros por encima del nivel medio actual, alcanzando uno de sus máximos alrededor del Turoniano temprano, hace cerca de 93 millones de años.

En el territorio que hoy corresponde a Chihuahua existió además una estructura geológica fundamental para entender aquella historia: la Cuenca o Fosa de Chihuahua —Chihuahua Trough—, un sistema sedimentario relacionado con la fragmentación y evolución tectónica del norte de México. El geólogo Walter Haenggi reconstruyó su historia y planteó que comenzó a desarrollarse desde el Jurásico tardío, varios millones de años antes del inicio formal del Cretácico. Durante su evolución fue invadida repetidamente por el mar. Hacia finales del Aptiano, aproximadamente hace 113 millones de años, las aguas comenzaron a extenderse sobre zonas de plataforma previamente emergidas; para el Albiano medio, el mar había avanzado todavía más y amplias regiones estaban cubiertas por ambientes carbonatados de aguas someras.

Aquella invasión marina no ocurrió una sola vez ni mantuvo una costa inmóvil. El litoral se desplazó durante millones de años. Cuando el mar avanzaba sobre el continente se producía una transgresión; cuando retrocedía, una regresión. La consecuencia fue que un mismo lugar podía pasar, a escala geológica, de ser tierra firme a desembocadura, después playa, posteriormente fondo marino somero y millones de años después regresar a condiciones continentales. Esa movilidad de la costa es precisamente una de las claves para comprender por qué hoy aparecen, unas junto a otras, rocas formadas en ambientes terrestres y sedimentos que contienen organismos inequívocamente marinos. Estudios de las montañas Indio, en el margen norte de la Cuenca de Chihuahua, por ejemplo, describen una transición desde depósitos continentales hacia areniscas relacionadas con ambientes de playa y, posteriormente, hacia calizas marinas someras conforme avanzó el mar.

Las huellas de las olas todavía permanecen en las rocas.

Una de las evidencias más reveladoras proviene de la Formación Las Vigas, ampliamente estudiada en Chihuahua. Una investigación publicada por el Boletín de la Sociedad Geológica Mexicana describe depósitos constituidos por areniscas, lutitas y calizas cuyo ambiente corresponde a facies cercanas a la costa y zonas marinas más distales. Lo extraordinario es que algunas de esas rocas conservan estructuras sedimentarias que permiten visualizar físicamente aquel litoral desaparecido: son comunes las marcas de oleaje, la estratificación cruzada y las grietas de desecación. También han sido encontrados troncos fosilizados.

Las marcas de oleaje se forman cuando las ondas del agua mueven repetidamente los granos de arena sobre un fondo poco profundo. La estratificación cruzada aparece cuando corrientes, oleaje o dunas desplazan sedimentos formando capas inclinadas. Las grietas de desecación, por su parte, indican que un sedimento húmedo estuvo expuesto al aire y se secó. Cuando estas estructuras aparecen juntas dentro de una secuencia sedimentaria, ofrecen una imagen extraordinariamente poderosa: una zona donde el agua avanzaba y retrocedía, donde por momentos existían fondos someros y en otros periodos superficies emergidas. Son, literalmente, movimientos de un litoral fosilizados en piedra.

La Formación Las Vigas muestra además cómo puede cambiar una costa con el tiempo. El estudio señala que una facies de arenisca cercana a la costa avanzó sobre sedimentos marinos más finos, fenómeno que los geólogos interpretan como progradación. Es decir, la línea litoral se desplazó hacia el mar conforme se acumulaban sedimentos provenientes del continente. Los mejores afloramientos estudiados se localizan alrededor de Coyame, en el oriente de Chihuahua, pero forman parte de una historia sedimentaria regional mucho mayor asociada a la Cuenca de Chihuahua.

Un océano escrito con conchas.

Los fósiles representan otra parte fundamental de la evidencia. Un estudio de Angélica Oviedo y Miguel Franco-Rubio sobre la fauna marina del Cretácico medio de Chihuahua analizó la Sierra Fernando, en el centro-oriente del estado. Allí afloran unidades relacionadas con la Formación Cuchillo y fueron identificados organismos marinos correspondientes al Aptiano tardío y Albiano temprano. Entre ellos aparecen ostras fósiles de los géneros Exogyra, Amphidonte, Gryphaea y Aetostreon, además de amonites. La secuencia estudiada alcanza más de 1,200 metros de espesor, testimonio de una prolongada acumulación de sedimentos bajo diferentes condiciones ambientales.

Los fósiles marinos tienen una importancia que va mucho más allá de demostrar simplemente que alguna vez hubo agua. Determinados moluscos y microorganismos vivieron únicamente bajo condiciones ambientales específicas, por lo que funcionan como indicadores de profundidad, salinidad y edad geológica. Cuando aparecen incrustados dentro de calizas y lutitas de una sierra que actualmente se eleva sobre el desierto, permiten reconocer que esas rocas se formaron originalmente bajo el mar y que millones de años de deformación tectónica y erosión terminaron levantándolas hasta su posición actual.

La Formación Ojinaga proporciona otro ejemplo espectacular. El registro geológico describe una secuencia con calizas, lutitas, limolitas y areniscas de grano fino que contienen abundantes amonites e inocerámidos. Los mejores afloramientos se encuentran al sur de Ojinaga. La unidad abarca parte importante del Cretácico Superior y registra la llegada de sedimentos provenientes del continente hacia la antigua cuenca marina.

La relación de Chihuahua con aquel mar fue tan profunda que incluso han aparecido restos de grandes reptiles marinos. En julio de 2026 fue publicado en Cretaceous Research un estudio que reporta restos de pliosáuridos del Aptiano de Chihuahua, considerados por los autores como la primera evidencia de este grupo para esa edad en Norteamérica. Se trata de depredadores marinos que vivieron cuando extensas porciones de la región formaban parte de ecosistemas acuáticos. Su presencia añade otra dimensión al paisaje: aquellas aguas no estaban vacías; formaban parte de ecosistemas complejos habitados por moluscos, peces y grandes reptiles.

Jiménez: la pieza que comienza a ocupar su lugar en el mapa cretácico.

En el municipio de Jiménez, al sur de Chihuahua, la interpretación del Cretácico comienza a adquirir una importancia especial. Durante años han existido reportes locales de fósiles marinos y de dinosaurios en diferentes sectores del municipio. Sin embargo, es necesario distinguir entre observaciones de campo y evidencia publicada científicamente. La existencia de ambientes cretácicos en Chihuahua está sobradamente documentada, pero demostrar que un sitio concreto fue literalmente una playa requiere estudiar su estratigrafía, sedimentología, estructuras y fósiles en contexto.

Una evidencia especialmente importante apareció en investigaciones paleontológicas sobre Los Arenales, en Jiménez. Un trabajo presentado en el Congreso Nacional de Paleontología reportó restos de hadrosáuridos asociados con depósitos atribuidos a la Formación Cerro del Pueblo, en el área de La Herradura. Los investigadores describieron areniscas calcáreas, areniscas conglomeráticas, réplicas naturales de madera y elementos postcraneales de un dinosaurio. Esta interpretación es relevante porque coloca a parte del municipio dentro de ambientes continentales y costeros del Cretácico Superior, en momentos en que el mar estaba retrocediendo y extensas planicies próximas a la costa eran ocupadas por dinosaurios.

Una revisión científica publicada en septiembre de 2026 sobre cien años de investigación de dinosaurios en México incluye explícitamente al municipio de Jiménez entre las localidades mexicanas con registro fósil de dinosaurios durante el Cretácico. La misma reconstrucción paleogeográfica muestra cómo, durante el Campaniano y Maastrichtiano, el norte de México se encontraba dentro de una compleja frontera entre áreas emergidas, cuencas sedimentarias y márgenes marinos.

Esto cambia una vieja interpretación que trataba de explicar Jiménez únicamente como un fondo marino. El registro disponible sugiere algo más interesante: la región atravesó múltiples ambientes a lo largo de millones de años. Algunas partes estuvieron bajo mares someros durante determinados intervalos; otras correspondieron posteriormente a llanuras costeras, sistemas fluviales, deltas y ambientes continentales donde habitaron dinosaurios. No debemos imaginar una sola playa extendida permanentemente por todo el actual municipio, sino un litoral móvil cuyo emplazamiento cambió muchas veces.

El mundo donde convivían dinosaurios, manglares primitivos y agua salobre.

Para comprender cómo pudo lucir esta transición resulta útil observar la Formación Cerro del Pueblo, ampliamente estudiada en Coahuila y recientemente reconocida en depósitos de Jiménez. Investigaciones sedimentológicas la describen como producto de una llanura costera de pendiente extremadamente baja, en la cual coexistían pequeños canales, lagunas, pantanos, lagos, bahías y ambientes de agua salobre y marina somera. Las oscilaciones del nivel del mar inundaban periódicamente zonas terrestres y después retrocedían, creando un mosaico ambiental extraordinariamente dinámico.

En esos ecosistemas podían encontrarse dinosaurios caminando a pocos kilómetros —o incluso menos— de lagunas comunicadas con el mar. Había canales cargados de sedimento, vegetación abundante, humedales y zonas donde se mezclaba agua dulce con agua salada. En algunas localidades de la Formación Cerro del Pueblo aparecen juntos huesos de dinosaurio, ostras, gasterópodos y restos de plantas. No significa que los dinosaurios vivieran dentro del mar, sino que sus restos podían ser transportados o enterrados en estuarios, lagunas y planicies inundables cercanas a la costa.

Este tipo de paisaje ofrece una posible analogía científica para interpretar sectores del sur de Chihuahua en los que aparecen depósitos continentales cretácicos próximos a unidades relacionadas con ambientes marinos. Pero existe una precaución indispensable: la correlación de la Formación Cerro del Pueblo en Jiménez continúa siendo un tema que requiere estudios de campo detallados. Encontrar dinosaurios, arena o conchas por sí solo no basta para reconstruir una costa exacta. Se necesita determinar la edad de los estratos, observar su relación vertical y lateral, identificar fósiles guía y analizar las estructuras sedimentarias.

Cuando el mar comenzó a retirarse.

Hacia finales del Cretácico la configuración de Norteamérica siguió cambiando. El levantamiento progresivo asociado a procesos tectónicos del oeste del continente, combinado con cambios del nivel relativo del mar y una creciente aportación de sedimentos, fue transformando el territorio. El enorme mar interior perdió extensión y las antiguas áreas marinas comenzaron a convertirse en llanuras costeras y después en tierra firme.

Esa transición no ocurrió como el vaciado rápido de un recipiente. Se desarrolló durante millones de años y dejó detrás una franja móvil de ecosistemas. Donde anteriormente había mar abierto podían aparecer primero fondos someros; después barras arenosas, lagunas y deltas; posteriormente pantanos y ríos. Esa sucesión explica por qué el registro del Cretácico tardío del norte de México mezcla con tanta frecuencia organismos marinos y continentales.

En algunos depósitos de la Formación Cerro del Pueblo, por ejemplo, las asociaciones de moluscos documentan cambios repetidos entre agua dulce, salobre y marina. Los estudios interpretan el conjunto como una llanura deltaica sometida a frecuentes variaciones del nivel relativo del mar y a tormentas costeras.

No toda arena del desierto fue playa.

Existe un riesgo importante al hablar de las playas cretácicas de Chihuahua: interpretar cualquier banco de arena, duna moderna, suelo salino o depósito de caliche como evidencia directa del antiguo mar. Geológicamente, esa conclusión no es válida. Las dunas actuales pueden haberse formado durante el Cuaternario, decenas de millones de años después de la desaparición del mar cretácico; los depósitos de sales pueden tener múltiples orígenes y edades; el caliche se genera con frecuencia bajo condiciones áridas mediante procesos pedogenéticos relativamente recientes.

La verdadera reconstrucción de una costa cretácica requiere asociaciones de evidencias: estratos cuya edad esté comprobada, areniscas con estructuras producidas por corrientes u oleaje, cambios laterales hacia depósitos marinos, fósiles característicos, superficies de erosión, paleosuelos, rastros de organismos y una posición coherente dentro de la columna estratigráfica. La geología no reconstruye aquel paisaje a partir de una sola roca, sino leyendo la sucesión completa.

Por ello, quizá uno de los mayores valores científicos de municipios como Jiménez se encuentre precisamente en todo lo que aún falta estudiar. El Servicio Geológico Mexicano cuenta con cartografía detallada para diferentes sectores del municipio, incluida la carta José Mariano Jiménez G13-B41, mientras que INEGI conserva cartografía geológica histórica de áreas como División del Norte. Estos mapas constituyen la base para localizar unidades rocosas, fallas, contactos y zonas que merecen investigación paleontológica y sedimentológica específica.

Un desierto construido sobre mares desaparecidos.

Contemplar hoy el desierto chihuahuense hace difícil imaginar agua extendiéndose hasta el horizonte. El contraste es precisamente lo que vuelve extraordinaria esta historia. Las montañas secas que parecen haber pertenecido siempre al desierto contienen conchas de organismos marinos; algunas areniscas conservan formas producidas por ondas de agua desaparecidas hace más de cien millones de años; regiones actualmente continentales guardan capas que se depositaron en mares someros; y en otros sitios aparecen dinosaurios que vivieron cuando la costa comenzaba a transformarse nuevamente en tierra.

Las antiguas playas del Cretácico no deben imaginarse necesariamente como los destinos turísticos modernos de arena blanca. Muchas habrían sido costas fangosas, planicies mareales, deltas, bancos arenosos, estuarios y lagunas salobres. Algunas pudieron tener vegetación abundante y ríos desembocando desde el continente; otras fueron bordes de plataformas carbonatadas donde proliferaban moluscos, amonites y organismos constructores de arrecifes. A escala humana el paisaje habría parecido permanente. A escala geológica estaba en movimiento constante.

En Chihuahua, esa historia puede seguirse desde las evidencias de sedimentación marginal marina del Cretácico inferior hasta las grandes expansiones de aguas someras del Albiano y los ambientes marinos y costeros del Cretácico Superior. Estudios del noroeste de Chihuahua muestran precisamente una transición desde sedimentación marginal marina con material terrígeno hacia plataformas carbonatadas someras con desarrollos arrecifales locales, antes de regresar posteriormente a condiciones marginales marino-continentales.

Jiménez puede conservar uno de los capítulos menos estudiados.

El hallazgo de dinosaurios, maderas fósiles y rocas del Cretácico Superior en Los Arenales abre una pregunta científica particularmente atractiva: ¿hasta qué punto el actual municipio de Jiménez conserva una secuencia completa de la transición entre antiguos ambientes marinos, costeros y continentales? La información disponible permite formular esa hipótesis con bases geológicas, pero todavía no permite dibujar una línea de costa exacta atravesando el municipio ni asignar todos sus fósiles a un único episodio.

Responderlo exigiría levantar columnas estratigráficas detalladas, muestrear fósiles con coordenadas y nivel geológico preciso, estudiar microfósiles, realizar análisis sedimentológicos y comparar las unidades de Jiménez con las formaciones mejor conocidas de Chihuahua y Coahuila. La investigación podría revelar no una sola playa, sino varias líneas de costa separadas por millones de años.

El potencial es enorme porque una región donde aparecen organismos marinos, madera fosilizada y dinosaurios dentro de diferentes contextos sedimentarios puede funcionar como una ventana hacia uno de los cambios ambientales más importantes de la historia geológica del norte de México: la retirada de los mares cretácicos y la expansión de ecosistemas terrestres en los últimos millones de años de la era de los dinosaurios.

Así, debajo del paisaje árido de Chihuahua existe una geografía invisible. Las rocas son los fragmentos de ese mapa. Una capa de arenisca puede ser el lecho de un antiguo río; una caliza, el fondo de un mar tropical; una lutita, el sedimento quieto de una laguna; un banco de conchas, una comunidad marina sepultada; una estructura ondulada sobre la piedra, la última huella de una ola que rompió contra una costa hace cien millones de años.

Las playas desaparecieron. El mar retrocedió. Las montañas se levantaron y el clima terminó transformando la región en desierto. Pero el litoral quedó escrito en la roca.

Y en lugares como Jiménez, esa historia apenas empieza a ser leída.

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