Hoy la Ley Trasciende —30 de septiembre del 2025 cuando lo da a conocer— llega al Senado de la República, así lo da a conocer Samara Martínez en su cuenta de TikTok. “Ya tenemos fecha en donde yo iré personalmente a presentar la iniciativa de ley para despenalizar o legalizar la eutanacia en nuestro país. Estas fechas serán el 28 y 29 de octubre…”
El rostro sereno de la muerte.
HISTORIASMX. – En medio de un país donde la palabra “muerte” aún provoca silencio, tabúes y miradas incómodas, Samara Martínez habla de ella con una serenidad que sorprende. Periodista de formación, activista por convicción y paciente de enfermedades renales desde su juventud, Samara ha aprendido a mirar a la muerte no como una enemiga, sino como parte inevitable de la vida.
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“La muerte no es mi enemiga, ni la de nadie. Es parte de la vida, y lo único seguro que todos tenemos”, explica con la calma de quien ha recorrido un camino de aceptación largo y doloroso. Su voz no tiembla, aunque detrás de esa fra
La serenidad aprendida.
La relación de Samara con la muerte no nació de un día para otro. Desde los 16 años comenzó a enfrentar problemas de salud, pero fue hacia 2017 y 2018, al término de su licenciatura y en medio de una maestría, cuando los diagnósticos más duros llegaron. El golpe no fue únicamente físico: también significó despedirse de los sueños de juventud que había forjado como estudiante de periodismo en el estado de Chihuahua y como mujer joven con planes de futuro.
En la actualidad, Samara Martínez, padece de insuficiencia renal crónica en etapa terminal, así como de lupus, entre otros padecimientos. Respecto a la primera afección, obliga a Samara a cada día estar conectada a una máquina para seguir con vida.
“Lo más difícil no ha sido vivir con una máquina o con dolor, sino aceptar que los sueños que antes tenía ya no cabían en mis circunstancias”, confiesa, mientras la videollamada transcurre entre pantallas de celulares ubicados geográficamente a distancia, —el de Samara en la ciudad capital, Chihuahua y el mio (Gorki) en ciudad Jiménez—-. Ese duelo no se parece al de perder un objeto o una relación, es más bien un desprenderse de la propia identidad, una reinvención forzada.
Hoy, cuando asegura que no teme a morir, no lo dice desde la resignación, sino desde la convicción de que la calidad de vida es más importante que la cantidad. “Prefiero un día pleno sin dolor que diez años de agonía. Mi miedo no es la muerte, es una vida sin dignidad”.
El sufrimiento como límite.
La frase se ha vuelto central en su discurso: temer más al sufrimiento que a la muerte. No es un recurso poético, es una vivencia diaria. Samara convive con el dolor físico casi todo el tiempo. Cada aguja, cada catéter, cada sesión de diálisis le recuerda los límites de su cuerpo, pero también la necesidad de darle un propósito al dolor.
“El dolor no se va, pero yo le encontré una causa. No voy a dejar que el sacrificio de mi familia, como el de mi hermano que me donó un riñón en 2022, quede en vano. Mi activismo es mi manera de darle sentido a lo que vivo”, dice.
Ese dolor, lejos de paralizarla, se convirtió en motor. A través de la iniciativa conocida como Ley Trasciende, Samara ha levantado la voz por miles de personas que, como ella, enfrentan enfermedades irreversibles y claman por el derecho a una muerte digna. Cada firma reunida —más de 80 mil hasta ahora— no solo es un avance político, también es un reto personal de que no lucha en soledad.
Una despedida en el mar.
Samara ha hablado públicamente de cómo imagina su despedida: en la Riviera Nayarit, frente al mar que marcó su infancia. Ella recuerda los viajes a la playa como momentos de plenitud, de calma, de belleza sin interrupciones médicas.
“El mar es mi paz. Es tormenta, pero también calma. Después de la oscuridad siempre vuelve el sol. No quiero que me recuerden con lágrimas en un hospital, sino como un rayo de sol que ilumina en medio de la tempestad”, asegura con una tibieza en su voz casi melódica.
En esa imagen, Samara concentra su filosofía: no se trata de aferrarse a la vida a cualquier costo, sino de elegir cómo y dónde despedirse, con dignidad, amor y serenidad.
La familia, el amor y las grietas del alma.
Si en algo insiste Samara Martínez es en reconocer que no habría llegado hasta aquí sin el sostén de su familia. Habla de sus padres y hermanos con un amor inquebrantable, consciente de que ellos también han cargado con las consecuencias de su enfermedad.
“Yo soy quien se lleva las agujas y las cicatrices, pero ellos han cargado conmigo todo el tiempo. Mi papá, mi mamá, mis hermanos… este camino también los ha desgastado”, explica con gratitud.
El hermano que le regaló la vida.
Su hermano se convirtió en su donador de riñón. Para Samara, no fue solo un procedimiento médico: fue un acto de amor radical que le permitió seguir adelante. “¿Cómo no honrar ese sacrificio? Si alguien me entrega parte de sí para que yo viva, entonces tengo que vivir con propósito”.
El trasplante, aunque terminó fallando, se convirtió en una experiencia que marcó a toda la familia. El cuerpo de Samara rechazó el órgano, pero el gesto permaneció como símbolo de unión. “Perdimos el trasplante, pero ganamos una fortaleza distinta. Aprendimos a sostenernos en medio de las pérdidas”.
El abandono en el amor.
En medio de la enfermedad, Samara también enfrentó la otra cara de las relaciones: la fragilidad de una pareja que no soportó el peso de su realidad. “Tuve que despedirme del amor de mi vida, que no aguantó la carga de mi enfermedad. Esas heridas duelen más que las agujas”, confiesa.
Ese abandono fue un quiebre. No se trataba solo de perder a un compañero, sino de confrontar la soledad en uno de los momentos más vulnerables de su vida. Pero en lugar de quebrarse, Samara encontró en esa experiencia una metáfora que la sostiene hasta hoy: el arte japonés del kintsugi.
“En el kintsugi, las piezas rotas se unen con oro, y la cicatriz se vuelve parte de la belleza. Así me siento yo: rota, sí, pero reconstruida con un brillo distinto”.
El amor que permanece.
Aunque perdió a su pareja, Samara aprendió a valorar otras formas de amor. El de sus padres, inquebrantable, que la han acompañado en cada consulta, en cada sala de espera, en cada urgencia. El de sus hermanos, que han sido soporte, refugio y compañía en las horas más duras. Y el amor hacia sí misma, que fue cultivando con paciencia en medio del dolor.
“No es fácil amarse cuando tu cuerpo te duele todo el tiempo. Pero aprendí que mi valor no depende de estar sana, sino de lo que soy capaz de dar incluso en la enfermedad”.
Ese amor resiliente, forjado en la adversidad, se convirtió en la base de su activismo. Porque si algo aprendió Samara en la pérdida de su pareja, es que hay dolores que se transforman en motores.
“Si él se fue, es porque yo necesitaba descubrir que mi misión era más grande que una relación. La vida me estaba pidiendo voltear hacia afuera y levantar la voz”
El dolor convertido en causa colectiva.
Para Samara Martínez, el sufrimiento no es un fin en sí mismo, sino un motor. Ese dolor físico y emocional que la ha acompañado durante años lo transformó en una causa que hoy ya no solo le pertenece a ella, sino a miles de personas que enfrentan enfermedades irreversibles.
“Yo no elegí enfermarme, pero sí elegí qué hacer con ese dolor. Y decidí que fuera útil, que sirviera para abrir un camino a los demás”, afirma con convicción.
La Ley Trasciende.
De esa decisión nació la iniciativa que más la ha marcado: la Ley Trasciende, una propuesta que busca garantizar en México el derecho a la muerte digna. En un país donde el tema todavía es tabú, Samara ha logrado reunir más de 80 mil firmas en favor de la iniciativa, convirtiéndola en un movimiento social.
“Cada firma es un grito, una historia de dolor y de esperanza. No estoy sola: detrás de mí hay miles de pacientes, familias, cuidadores. Todos pedimos lo mismo: dignidad hasta el último momento”.
La Ley Trasciende no es un capricho, subraya, sino una necesidad. En la práctica, busca que quienes enfrentan enfermedades terminales o sufrimiento irreversible tengan la posibilidad de decidir sobre sus tratamientos, sus cuidados paliativos y, llegado el momento, sobre el cómo y el dónde morir.
El eco del activismo.
El impacto de su activismo ha trascendido en las redes sociales. Samara ha participado en foros, conferencias y espacios académicos, llevando su voz más allá de la experiencia personal. Su historia ha servido para abrir conversaciones incómodas, pero urgentes, en torno a la eutanasia, los cuidados paliativos y el derecho a decidir.
“Hablar de muerte no es desearla, es humanizarla. Es reconocer que todos llegaremos ahí, y que merecemos llegar con dignidad, no con sufrimiento inútil”.
Samara reconoce que levantar la voz no ha sido fácil. Ha enfrentado críticas de sectores conservadores, silencios incómodos de funcionarios y la apatía de un sistema de salud que arrastra carencias históricas. Aun así, su determinación no se ha debilitado.
“Si no es por mí, será por quienes vienen detrás. Yo no quiero que otra persona pase por lo que yo he vivido. Esa es la razón de mi lucha”.
La dignidad como bandera.
En su discurso, Samara coloca la palabra “dignidad” como eje central. Para ella, morir con dignidad significa tener la posibilidad de elegir, de despedirse sin agonías interminables, de honrar la vida hasta el último segundo.
“No pedimos morir antes de tiempo, pedimos no morir sufriendo. La muerte digna es un acto de amor hacia uno mismo y hacia quienes nos rodean”.
Filosofía de vida, resiliencia y legado.
En cada palabra de Samara Martínez hay una enseñanza que trasciende el dolor. Su manera de hablar de la muerte, del sufrimiento y de la vida misma no es solo algo personal, es también una filosofía que interpela a quienes la escuchan.
La resiliencia como camino.
Samara suele describirse como una pieza rota que fue reparada con oro, aludiendo al arte japonés del kintsugi. Esa metáfora refleja la forma en que ha aprendido a vivir con sus cicatrices físicas y emocionales.
“Sí, me rompí muchas veces. Pero en lugar de esconder esas fracturas, aprendí a verlas como parte de mi belleza. Soy más fuerte, no a pesar de mis heridas, sino gracias a ellas”.
La resiliencia, en su caso, no significa ausencia de dolor, sino la capacidad de transformar ese dolor en algo valioso. Cada recaída, cada tratamiento fallido, cada despedida, se convirtió en una oportunidad para reconstruirse.
El mar como espejo.
Cuando Samara imagina su despedida, lo hace frente al mar. La Riviera Nayarit ocupa un lugar especial en su memoria, no solo por ser un espacio de infancia y juventud, sino porque en sus olas encontró un espejo de su propia vida.
“El mar es tempestad y calma al mismo tiempo. Así ha sido mi vida: tormentas que parecen infinitas, pero siempre regresa la calma. Yo quiero irme así, como un rayo de sol después de la oscuridad”.
Para ella, el mar simboliza la continuidad, la certeza de que después de cada oleaje habrá un nuevo amanecer. Esa visión la acompaña incluso en los momentos más duros, como un recordatorio de que la vida, con todo y sus dolores, sigue teniendo belleza.
Un legado más allá de la enfermedad.
Samara no quiere ser recordada únicamente como la paciente que luchó contra una enfermedad renal, sino como la mujer que convirtió su experiencia en causa colectiva. “Mi mayor miedo no es morir, sino que mi vida no haya tenido sentido. Si con mi historia logro abrir caminos para otros, entonces valió la pena”.
Su legado, asegura, no se mide en años de vida, sino en el impacto que deja. La Ley Trasciende, las conferencias, los foros, los testimonios que la han acompañado, son parte de ese legado que quiere que trascienda más allá de su cuerpo.
“Si yo muero hoy, me iré tranquila sabiendo que lo que viví dejó huella. No necesito más tiempo, necesito propósito”.
Una enseñanza para los demás.
En la voz de Samara hay una invitación a todos: dejar de temerle a la muerte y empezar a hablar de ella con naturalidad. Para ella, solo reconociendo la muerte como parte de la vida se puede aprender a vivir con mayor plenitud.
“Todos vamos a morir. La pregunta no es cuándo, sino cómo queremos vivir hasta ese momento. Yo elijo vivir con amor, dignidad y serenidad”.
Un símbolo de esperanza y dignidad.
Hablar con Samara Martínez es enfrentar un espejo incómodo pero necesario: nos recuerda que la muerte no es una tragedia inevitable, sino una certeza con la que todos debemos reconciliarnos. Su historia no solo es la de una mujer enfrentando una enfermedad incurable, sino la de alguien que decidió darle un propósito mayor a su sufrimiento.
Una voz que abrió camino.
Samara ha logró lo que pocos: convertir su experiencia individual en un movimiento social. A través de la Ley Trasciende, abre el debate sobre la muerte digna en México, un tema que había permanecido relegado a murmullos y discusiones académicas.
“Yo no quiero que me lloren en un hospital, quiero que me recuerden como un rayo de sol. La muerte no es el fin, es solo una transición”, afirma.
Ese mensaje ha resonado en pacientes, familias, médicos y legisladores, demostrando que el derecho a decidir sobre la propia vida y el propio final es una causa que toca fibras universales.
El tabú mexicano.
En México, hablar de la muerte suele reducirse a la celebración del Día de Muertos, con su carga cultural de colores, flores y altares. Pero cuando se trata de discutir sobre el sufrimiento, la eutanasia o los cuidados paliativos, el silencio se impone.
Samara rompió ese silencio. Desde su testimonio personal, obliga a médicos, políticos y ciudadanos a enfrentar preguntas incómodas:
● ¿Qué significa morir con dignidad?
● ¿Debe el Estado garantizar la posibilidad de decidir sobre el final de la vida?
● ¿Cómo acompañar a quienes ya no tienen esperanza médica, pero sí derecho a la serenidad?
La esperanza como legado.
Más allá de las leyes, Samara deja una enseñanza de esperanza. Su serenidad ante la muerte no es frialdad, sino un exhorto a vivir con mayor intensidad. A no postergar los afectos, a agradecer cada instante y a reconocer que incluso en el dolor puede haber propósito.
“Si mañana no estoy, quiero que sepan que fui feliz a mi manera. Que agradecí cada sonrisa, cada abrazo y cada ola del mar que pude mirar”.
Un mensaje final.
La historia de Samara es al final, un llamado a replantear nuestra relación con la vida y la muerte. En sus palabras se concentra una verdad que todos compartimos, aunque a menudo evadimos: el tiempo es limitado, pero la manera en que lo vivimos depende de nosotros.
Ella eligió vivir con dignidad, amor y activismo. Eligió convertir el sufrimiento en causa. Eligió despedirse con serenidad. Y con esas decisiones, Samara Martínez dejó de ser solo una paciente para convertirse en un símbolo de esperanza.
“Mi cuerpo puede fallar, pero mi voz no. Y si esa voz logra abrir el camino para otros, entonces trasciendo”.
¿Qué le dirías a la Samara de hace 10 años atrás?
Después de 40 minutos de entrevista a través de la pantalla de los móviles telefónicos la pregunta —¿Qué le dirías a la Samara de hace 10 años atrás? — ceño la conversación por alrededor de 10 segundos —Samara agacho la mirada al suelo— tomó una fuerte bocanada de aire y después de exhalar, reflejo una titilante sonrisa “ ¡Ay, qué difícil pregunta!… Pues le diría que se le viene una vida que no se espera, pero que nunca deje de soñar y que siempre se mantenga con esa esencia de honestidad, de tenacidad, de disciplina y de perseverancia. Le daré las gracias por amarse a sí misma, por alzar la voz y por no tener miedo de las cosas. Le diría que se preparara, pero que crea en ella misma, porque es una mujer mucho más fuerte de lo que pensó y que está haciendo posible lo imposible” compartió eufóricamente, como liberando un sentimiento encontrado.
Marco legal comparado: entre la prohibición federal y los modelos internacionales.
En México, la lucha por la ley Trasciende no solo debe navegar el dolor y la resistencia social, sino también una estructura legal que hasta ahora prohíbe explícitamente la eutanasia activa. Para comprender el desafío que enfrentan Samara y otros activistas, conviene analizar con detenimiento el estado vigente del derecho mexicano y contrastarlo con modelos internacionales de regulación de la muerte asistida.
Lo que dice la ley mexicana hoy.
La Ley General de Salud, en su artículo 166 Bis 21, establece una prohibición directa:
“Queda prohibida la práctica de la eutanasia, entendida como homicidio por piedad, así como el suicidio asistido conforme lo señala el Código Penal Federal…”
Ese artículo fue agregado el 5 de enero de 2009 y es la base normativa que impide que médicos puedan legalmente aplicar actos encaminados a provocar la muerte del paciente, incluso mediante petición explícita.
Como consecuencia, médicos que participaran en eutanasia activa o en suicidio médicamente asistido podrían enfrentar sanciones criminales. En el contexto legal federal, estas figuras siguen siendo consideradas delitos.
Pero la ley mexicana no es monolítica: contiene atisbos para modular decisiones al final de la vida. En particular:
- El sistema jurídico reconoce las voluntades anticipadas (o “instrucciones previas”) como mecanismo legal para que las personas expresen de antemano qué tratamientos desean o no recibir en caso de que no puedan manifestar su voluntad en una situación terminal.
- En esas circunstancias, un paciente puede rechazar tratamientos extraordinarios o intervenciones que prolonguen artificialmente la vida (lo que algunos llaman “abstención terapéutica” u ortotanasia).
- En varios estados del país ya se han aprobado leyes locales de voluntad anticipada. México ha visto cómo sus entidades federativas adoptan regulaciones estatales que permiten que el formato sea reconocido —por ejemplo, registrarlo ante notario público, definir representantes, testigos, etc.— y que se respete en hospitales.
- Por ejemplo, en Ciudad de México desde 2008 existe una ley que legaliza formalmente las voluntades anticipadas, permitiendo que los pacientes expresen con antelación su deseo de no recibir tratamientos cuando ya no pueden expresar su voluntad.
- En el Estado de México, la voluntad anticipada está regulada como derecho: los ciudadanos pueden decidir qué tratamientos desean recibir en etapa terminal y formalizarlo ante un notario.
- Así, en la práctica legal mexicana, aunque la eutanasia activa está prohibida, existe un espacio legal parcial para que la persona decida no prolongar la vida mediante tratamientos extraordinarios cuando está en una situación terminal, a través del mecanismo de voluntad anticipada.
Comparación internacional: reglamentos posibles a considerar.
Cuando los defensores de la eutanasia legal argumentan, recurren frecuentemente a modelos internacionales como referencia. Algunos países han ido más lejos que México en permitir la muerte asistida bajo condiciones estrictas:
- Países Bajos y Bélgica: pioneros en la regulación de la eutanasia activa. Permiten que un médico administre directamente los fármacos letales, siempre que el paciente cumpla criterios como tener una enfermedad incurable, sufrimiento intolerable, haber solicitado de forma libre e informada y que exista doble verificación médica.
- Canadá: permite la eutanasia médica y el suicidio asistido bajo la denominación de “muerte asistida médicamente” (MAID), con protocolos muy estrictos de elegibilidad.
- Colombia: tras una decisión de la Corte Constitucional, permite la eutanasia activa en casos de sufrimiento severo e irreversible, con requisitos específicos.
- España: legalizó tanto la eutanasia como el suicidio asistido en su ley de “muerte digna”, con cláusulas de protección, períodos de reflexión, comités médicos y opciones de objeción de conciencia para profesionales de salud.
- Nueva Zelanda, Portugal, Ecuador, entre otros, también cuentan con regulaciones normativas que contemplan la muerte asistida bajo estrictas condiciones.
Estos modelos coinciden en que no permiten eutanasia sin control: requieren que el procedimiento sea práctico, transparente, con salvaguardas legales, revisiones múltiples, aptitud mental del solicitante y plazos de reflexión. (Estos detalles están bien documentados en literatura comparada de derecho biomédico).
Lo que esto implica para la Ley Trasciende.
Para que la Ley Trasciende tenga éxito, no bastaría con un cambio simbólico: su propuesta tendría que:
- Modificar el artículo 166 Bis 21 de la Ley General de Salud para eliminar la prohibición expresa de eutanasia activa y crear excepciones permisibles bajo protocolo legal.
- Establecer un sistema regulado y seguro: definir criterios de elegibilidad (edad mínima, capacidad mental, diagnóstico irreversible), requerir doble verificación médica, establecer plazos de reflexión y comités interdisciplinarios de revisión.
- Mantener y fortalecer las figuras de voluntad anticipada ya existentes, adaptándolas a operar en un contexto donde el paciente también podría optar por muerte asistida, otorgándoles reconocimiento legal nacional uniforme.
- Garantizar protección legal para profesionales de salud (con objeción de conciencia regulada) que decidan acatar o abstenerse, siempre que se actúe conforme al protocolo legal.
- Asegurar que el cambio no sea solo declarado, sino implementado con recursos de salud pública, capacitación médica, acompañamiento psicológico y difusión entre la población para que la gente sepa sus derechos.
Al incluir este contraste legal y comparado en tu reportaje, el lector entenderá que la causa de Samara —y de la Ley Trasciende— no es meramente poética, sino que se inserta en un debate técnico, legal y global sobre lo que significa decidir con dignidad en el final de la vida.
Por: Gorki Rodríguez.