La presa Piedras Azules agoniza: la sequía provoca mortandad de peces y expone la fragilidad hídrica del sur de Chihuahua

Un embalse concebido para impulsar el campo enfrenta hoy una crisis ambiental sin precedentes

Por: Gorki Belisario Rodríguez Ávila

HISTORIASMX. – La imagen resulta tan impactante como simbólica. Donde hace algunos años el agua cubría decenas de hectáreas y representaba una promesa de desarrollo agrícola para las comunidades rurales del municipio de Allende, hoy apenas permanece un reducido espejo de agua rodeado por extensas superficies de tierra agrietada. En ese escenario comenzó a registrarse la mortandad de cientos de peces en la presa Piedras Azules, ubicada en la comunidad de Búfalo, un fenómeno que rápidamente generó preocupación entre habitantes, productores y autoridades.

Aunque en redes sociales surgieron versiones que atribuían la muerte de los peces a un posible derrame de sustancias contaminantes, las autoridades federales descartaron esa hipótesis. La explicación, señalaron, es mucho más preocupante porque revela la dimensión de la crisis hídrica que atraviesa el sur del estado de Chihuahua: la presa prácticamente se quedó sin agua.

El jefe del Distrito de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader) en Jiménez, Roberto Baca Perea, explicó que el fenómeno obedece exclusivamente a la prolongada sequía que afecta a la región y a la falta de escurrimientos capaces de alimentar el embalse.

«La realidad es que la presa está seca; donde estaban los peces ya no hay agua y, lógicamente, al quedarse sin ella, los peces mueren», expresó el funcionario al confirmar que no existe evidencia de contaminación química como causa de la mortandad.

La explicación coincide con lo que desde hace meses advertían especialistas en hidrología: el almacenamiento de agua en diversas presas del estado ha disminuido de manera acelerada debido a la combinación de varios factores, entre ellos la ausencia de lluvias significativas, el incremento de las temperaturas, las elevadas tasas de evaporación propias del clima semidesértico y los escasos escurrimientos provenientes de las cuencas que alimentan los vasos de almacenamiento.

Cuando el agua desaparece, también desaparece la vida

La muerte masiva de peces constituye una de las consecuencias más visibles del colapso ecológico que experimentan los cuerpos de agua sometidos a condiciones extremas de sequía.

En condiciones normales, especies como la carpa, la tilapia y el bagre —introducidas años atrás para fomentar la pesca deportiva y el aprovechamiento pesquero— sobreviven gracias a un equilibrio entre profundidad, temperatura y niveles adecuados de oxígeno disuelto.

Sin embargo, conforme disminuye el volumen del embalse, ese equilibrio desaparece.

El agua restante se calienta con mayor rapidez bajo temperaturas que durante el verano superan con facilidad los 40 grados centígrados. A ello se suma una disminución considerable del oxígeno disponible para la fauna acuática, mientras aumenta la concentración de sedimentos, materia orgánica y otros compuestos que deterioran la calidad del agua.

En muchos casos, los peces quedan literalmente atrapados en pequeños remanentes de agua sin posibilidad de desplazarse hacia zonas más profundas. Conforme el líquido continúa evaporándose, las condiciones fisiológicas dejan de ser compatibles con la vida.

Especialistas explican que la muerte no ocurre necesariamente por falta de alimento, sino porque el ecosistema deja de ofrecer las condiciones mínimas para que los organismos respiren y regulen sus funciones metabólicas.

Evitar una segunda contaminación

Aunque la muerte de los peces representa ya una afectación ambiental importante, las autoridades buscan impedir que el problema se agrave.

Roberto Baca Perea informó que actualmente se mantienen gestiones con diversas dependencias federales, entre ellas la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) y el Instituto Nacional de Ecología, con el propósito de definir el protocolo adecuado para atender la contingencia.

La medida inmediata consiste en retirar la mayor cantidad posible de peces muertos antes de que entren en un avanzado proceso de descomposición.

«Hay que sacar el pescado para que no contamine lo poquito que queda en la presa», puntualizó.

La recomendación tiene fundamento técnico. Cuando cientos o miles de peces comienzan a descomponerse dentro de un cuerpo de agua reducido, aumenta considerablemente la demanda biológica de oxígeno, favoreciendo la proliferación de bacterias y acelerando aún más el deterioro del ecosistema acuático.

En otras palabras, la descomposición puede desencadenar un efecto dominó que termine por eliminar prácticamente toda forma de vida acuática remanente.

Una presa que nació para transformar el campo

La situación actual contrasta profundamente con el propósito para el cual fue construida la presa Piedras Azules.

Ubicada sobre el río Parral, dentro de la cuenca del río Conchos, la obra fue concebida como uno de los proyectos hidroagrícolas más importantes del sur de Chihuahua.

Fue inaugurada oficialmente en enero de 2015 con una inversión pública cercana a los 163 millones de pesos, integrada por recursos federales y estatales.

El proyecto contemplaba almacenar aproximadamente 9.9 millones de metros cúbicos de agua e incorporar alrededor de 665 hectáreas al riego agrícola, beneficiando directamente a cerca de 590 familias de las comunidades de Búfalo, Ignacio Ramírez, Plan de Ayala y Felipe Ángeles.

Además del uso agrícola, el embalse comenzó a albergar especies como carpa, tilapia y bagre, impulsando también actividades recreativas y de pesca.

Durante algunos años, la presa llegó incluso a derramar excedentes tras temporadas de lluvias abundantes, generando expectativas sobre su potencial para fortalecer la economía regional.

Una infraestructura con pendientes desde su origen

Sin embargo, la historia técnica de Piedras Azules también muestra que el proyecto nunca se completó en su totalidad.

Documentos oficiales de la Comisión Nacional del Agua revelan que, aunque la cortina y el vaso de almacenamiento fueron concluidos, gran parte de la infraestructura destinada a conducir el agua hacia las parcelas agrícolas quedó inconclusa.

Únicamente se construyeron alrededor de 740 metros del canal principal y un tanque regulador, mientras que el resto del sistema de riego dejó de ejecutarse desde 2016 debido a la pérdida de vigencia financiera de la cartera de inversión ante la Secretaría de Hacienda.

Ello significa que una parte importante de los beneficios originalmente proyectados nunca pudo materializarse plenamente.

La sequía más allá de una sola presa

El caso de Piedras Azules refleja una problemática mucho mayor que afecta actualmente al estado de Chihuahua.

La entidad atraviesa uno de los periodos de sequía más severos registrados en las últimas décadas. Numerosas presas mantienen almacenamientos históricamente bajos, mientras que la disminución de escurrimientos afecta tanto al abastecimiento humano como a la agricultura, la ganadería y los ecosistemas.

En regiones de clima semidesértico, como el sur de Chihuahua, la evaporación anual supera ampliamente la precipitación promedio. Esto significa que, cuando las lluvias fallan durante varios ciclos consecutivos, los cuerpos de agua pueden perder gran parte de su volumen en pocos meses.

Los efectos no se limitan al paisaje.

La pérdida de agua impacta directamente en la biodiversidad, incrementa la mortalidad de fauna silvestre, reduce la disponibilidad para actividades productivas y aumenta la presión sobre acuíferos subterráneos que también presentan signos de sobreexplotación.

Un llamado de alerta para la gestión del agua

Más allá de la mortandad de peces, la situación de la presa Piedras Azules representa una advertencia sobre la vulnerabilidad de la infraestructura hidráulica frente al cambio climático y a los eventos hidrometeorológicos extremos.

Las presas fueron diseñadas para almacenar agua cuando las lluvias son abundantes y utilizarla durante los periodos secos. Sin embargo, cuando las temporadas de precipitación son insuficientes durante varios años consecutivos, incluso las obras hidráulicas de mayor capacidad pueden entrar en condiciones críticas.

La crisis actual también evidencia la necesidad de fortalecer la planeación hídrica regional mediante un manejo integral de cuencas, estrategias para reducir pérdidas por evaporación, programas de restauración ambiental y una administración más eficiente del recurso disponible.

La imagen que resume una crisis

Hoy, los peces muertos sobre el lecho casi seco de la presa Piedras Azules representan mucho más que un episodio aislado.

Son el reflejo visible de una crisis hídrica que avanza silenciosamente en el norte de México y que comienza a manifestarse no solo en cifras de almacenamiento, sino también en la pérdida de biodiversidad, en la incertidumbre de los productores rurales y en la fragilidad de ecosistemas que dependen completamente del agua.

Mientras las autoridades coordinan las labores para retirar los ejemplares muertos y evitar una contaminación mayor del escaso volumen restante, todas las miradas permanecen puestas en el cielo.

Porque, en este momento, la recuperación de Piedras Azules depende principalmente de un factor que ninguna institución puede controlar: que las lluvias regresen con suficiente intensidad para devolverle vida a un embalse que alguna vez simbolizó esperanza para el campo del sur de Chihuahua y que hoy enfrenta uno de los momentos más difíciles de su historia.

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