El nombre de la zona metropolitana más importante del suroeste de Coahuila y el noreste de Durango no es una ocurrencia moderna ni una contradicción geográfica. Es la memoria de un territorio donde los ríos Nazas y Aguanaval terminaban su recorrido formando lagunas, ciénagas, isletas y extensos humedales en medio del desierto.
Investigación y redacción: Gorki Rodríguez | HISTORIASMX
Un nombre que parece imposible
HISTORIASMX. – Quien llega por primera vez a Torreón o Gómez Palacio puede hacerse una pregunta inevitable: ¿por qué esta región árida, de polvo, matorral y temperaturas extremas, se llama La Laguna si no hay a la vista un gran cuerpo de agua? La respuesta está enterrada bajo los campos agrícolas, las ciudades y los sedimentos de una antigua cuenca interior. Mucho antes de que Torreón y Gómez Palacio se convirtieran en centros urbanos e industriales, el territorio era conocido por sus derramaderos: depresiones donde concluían los ríos y el agua se extendía de acuerdo con las crecientes y las temporadas de sequía.
La región se llama Lagunera porque forma parte de una cuenca endorreica alimentada principalmente por los ríos Nazas y Aguanaval. “Endorreica” significa que sus corrientes no tienen salida natural hacia el mar. El agua baja desde montañas lejanas, atraviesa valles y llanuras y termina dentro del continente, en las partes más bajas del terreno. Allí se acumula temporalmente, se infiltra o se evapora. En este caso, el Nazas desembocaba principalmente en la Laguna de Mayrán, mientras el Aguanaval concluía en la Laguna de Viesca. La historia geológica también registra depósitos lacustres en Tlahualilo.
La Comisión Nacional del Agua define a la Comarca Lagunera precisamente como una cuenca endorreica alimentada por ambos ríos. Sus estudios identifican sedimentos de antiguos ambientes lacustres en Tlahualilo, Mayrán y Viesca, con capas de arcillas que en algunos sectores alcanzan espesores estimados de entre 100 y 400 metros. No se trata, por tanto, de una leyenda ni de un nombre poético inventado después: el subsuelo conserva la evidencia física de aquel paisaje de agua.
Mayrán, la gran laguna que dio identidad al territorio.
El principal referente histórico fue la Laguna de Mayrán, localizada hacia el actual municipio de San Pedro, Coahuila. El río Nazas nace en las partes altas de la Sierra Madre Occidental, recorre más de 400 kilómetros y, después de pasar por Lerdo y Torreón, continuaba hacia aquella depresión. El Aguanaval, originado en la región de Zacatecas, avanzaba hacia el norte hasta el vaso de Viesca. La Síntesis geográfica de Coahuila del INEGI clasifica formalmente a Mayrán y Viesca como partes de una región de cuencas cerradas.
Aquellas lagunas no deben imaginarse como lagos de nivel estable y orillas permanentes. El clima siempre fue seco y las lluvias, variables. Durante las crecientes, el agua podía ocupar superficies enormes, crear islas y alimentar ciénagas; en los periodos secos retrocedía, se fragmentaba en charcos o desaparecía de grandes extensiones. Era un sistema cambiante, marcado por los pulsos del río.
Una investigación histórica publicada por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, basada en fuentes de finales del siglo XVI y principios del XVII, recupera una descripción según la cual el Nazas formaba una laguna cuya circunferencia podía alcanzar decenas de leguas. El mismo testimonio explica que, en tiempo de secas, el río se perdía por tramos en los arenales y el cuerpo de agua quedaba reducido a grandes charcos rodeados por espadañas. En las temporadas húmedas, algunas comunidades quedaban aisladas y era necesario llegar a ellas mediante balsas fabricadas con vegetación del humedal.
Esa variación ayuda a entender por qué los mapas y relatos antiguos no siempre muestran exactamente los mismos límites o nombres. Los cauces cambiaban, los derramaderos se conectaban o separaban y el espejo de agua avanzaba y retrocedía. La investigación de la UNAM señala que el Nazas también llegó a extender sus aguas hacia Tlahualilo y que ese comportamiento habría terminado durante el siglo XIX. El paisaje lagunero nunca fue una figura inmóvil.
¿Fueron realmente trece lagunas?
Una explicación muy difundida sostiene que la región recibió su nombre por trece lagunas. La cifra aparece incluso en documentos oficiales de planeación, como el Plan Municipal de Desarrollo de Lerdo 2013-2016, que cita información económica del INEGI y presenta a Mayrán como la más destacada. Sin embargo, los estudios hidrológicos y geográficos de mayor detalle suelen concentrarse en tres grandes zonas lacustres: Mayrán, Viesca y Tlahualilo.
Esto no significa que la referencia a trece cuerpos de agua sea necesariamente falsa. En una planicie endorreica podían existir lagunas menores, ciénagas, charcas y derramaderos con nombres locales, duración irregular y límites variables. Lo que no resulta riguroso es imaginarlas como trece lagos permanentes, idénticos y claramente separados durante todo el año. La cifra funciona mejor como una síntesis regional del antiguo mosaico de humedales que como un inventario invariable.
La explicación documental más sólida es, por ello, más amplia: el territorio fue llamado La Laguna por la presencia dominante de la gran laguna formada por el Nazas —posteriormente identificada con Mayrán— y por el conjunto de cuerpos de agua interiores que caracterizaban la cuenca.
El nombre existía antes que Torreón y Gómez Palacio.
La denominación es varios siglos anterior al crecimiento de las dos ciudades. En documentos coloniales del siglo XVI ya aparecen expresiones como “la Laguna”, “laguna grande”, “río de las Nasas y Laguna” y “Parras y lagunas”. La investigación histórica de la UNAM registra que en 1588 un escribano anotó una merced de tierras en términos de “Cuencamé y la Laguna”. Para 1590, la palabra figuraba dentro de una jurisdicción que comprendía Cuencamé, el río de las Nasas y la Laguna. En 1594 comenzaron las entradas jesuitas a la zona.
Esos documentos permiten establecer una conclusión importante: Torreón y Gómez Palacio no dieron nombre a La Laguna. Ocurrió lo contrario. Ambas ciudades se desarrollaron dentro de un territorio que ya era reconocido de esa manera desde hacía más de tres siglos. El nombre sobrevivió a los cambios políticos que dividieron la región entre Coahuila y Durango, y terminó funcionando como una identidad compartida por poblaciones situadas a ambos lados del Nazas.
También explica por qué “La Laguna” no es sinónimo estricto de Torreón. Torreón es su mayor ciudad; Gómez Palacio y Lerdo constituyen el núcleo urbano duranguense, y Matamoros forma parte de la zona metropolitana contemporánea. La Comarca Lagunera, en cambio, es un espacio histórico, ambiental, económico y cultural más extenso, cuyos límites pueden variar según el criterio administrativo o de estudio utilizado.
Antes de las ciudades, una sociedad construida alrededor del agua.
El nombre no sólo conserva una antigua geografía. También guarda la memoria de los pueblos que vivieron en torno al río y los humedales antes de la consolidación colonial. Las fuentes españolas llamaron “laguneros” a diversos grupos de la zona; entre los nombres registrados aparecen irritilas, paogas, caviseras, vasapalles, ahomamas, yanabopos y otros. No constituían necesariamente un solo pueblo homogéneo, sino comunidades con identidades propias que compartían o recorrían el espacio acuático y semidesértico.
Las crónicas, aunque deben leerse críticamente por haber sido escritas desde la mirada colonial, describen un modo de vida estrechamente relacionado con el Nazas y la laguna. Sus habitantes pescaban bagres, matalotes y peces pequeños mediante grandes nasas de mimbre; aprovechaban el mezquite, las raíces de tule, semillas silvestres, tunas y animales del desierto; sembraban en terrenos húmedos de las riberas y cazaban patos, garzas y gansos. Las isletas y tulares no eran accidentes vacíos del paisaje: eran refugio, vía de movilidad, fuente de alimento y espacio de residencia.
La propia palabra Nazas se relaciona en las fuentes con aquellas trampas tejidas para capturar peces. De ese modo, los dos nombres más reconocibles de la región —Nazas y Laguna— remiten al agua y a la relación humana con ella. El río no era solamente un cauce; organizaba la alimentación, los desplazamientos, los asentamientos y la vida cotidiana.
Del humedal al reino del algodón.
Durante el siglo XIX, el mismo sistema fluvial que había sostenido humedales y comunidades ribereñas fue transformado en la base de una economía agrícola de gran escala. Las aguas del Nazas comenzaron a distribuirse mediante presas derivadoras, canales y concesiones. Los limos depositados durante siglos habían formado suelos fértiles y, con riego, el desierto podía producir algodón en grandes volúmenes.
La historiadora Lourdes Romero Navarrete explica en su estudio “Conflicto y negociación por el agua del Nazas, 1888-1936” que los ríos Nazas y Aguanaval configuraron a La Laguna como región económica durante la expansión algodonera de la segunda mitad del siglo XIX. La disputa por el agua fue tan intensa que contribuyó a impulsar la intervención federal y la construcción de un marco jurídico nacional. A principios del siglo XX, cerca de 90 por ciento de la materia prima utilizada por la industria textil mexicana procedía de La Laguna, según la investigación.
El agua hizo posible haciendas, campos, ferrocarriles, industrias y ciudades. Torreón creció en un punto estratégico del tránsito ferroviario y del sistema de riego; Gómez Palacio se consolidó del lado de Durango; Lerdo conservó una relación directa con las derivaciones del Nazas. Con el tiempo, las tres ciudades quedaron unidas por trabajo, comercio, familias, transporte y una cultura regional que rebasó la frontera estatal.
Pero la riqueza agrícola tuvo un costo ambiental. Cada volumen desviado hacia los cultivos era agua que dejaba de seguir el recorrido completo hacia los vasos terminales. La desaparición de las lagunas no ocurrió en un solo día ni puede atribuirse únicamente a una obra. Fue el resultado acumulado de la apropiación del caudal, la expansión del riego, la canalización y, finalmente, la regulación mediante grandes presas.
Cuando el río dejó de llegar a Mayrán.
Las presas Lázaro Cárdenas y Francisco Zarco permitieron almacenar y controlar las crecientes del Nazas, reducir inundaciones y organizar los ciclos agrícolas. También interrumpieron el pulso natural que alimentaba a Mayrán. El estudio técnico de la Comisión Nacional del Agua señala que la regulación del río y la canalización iniciada en Lerdo provocaron la desaparición de la Laguna de Mayrán y de su ecosistema, además de disminuir la recarga de los mantos acuíferos.
Donde antes llegaban peces, aves acuáticas y balsas de tule, quedaron extensiones de suelo seco, áreas agrícolas y depresiones que sólo reciben agua bajo condiciones extraordinarias. El nombre permaneció, pero el paisaje que lo originó se volvió difícil de reconocer para las nuevas generaciones.
La contradicción actual es profunda: una región llamada La Laguna depende cada vez más del agua almacenada, conducida o extraída del subsuelo. En el estudio publicado en 2016 por la CONAGUA —con cifras administrativas y técnicas correspondientes a años anteriores— se calculó para el acuífero Principal-Región Lagunera una extracción total de 930.9 millones de metros cúbicos anuales frente a una recarga media de 518.9 millones. Más allá de las actualizaciones que puedan hacerse a esos valores, el diagnóstico documentó un desequilibrio severo y una presión persistente sobre la reserva subterránea.
Esta situación convierte al nombre regional en algo más que una curiosidad histórica. “La Laguna” recuerda que el desarrollo urbano y agrícola nació del agua, pero también que ningún sistema hídrico es inagotable.
Una comarca dividida por estados, unida por el agua.
Torreón pertenece a Coahuila; Gómez Palacio y Lerdo, a Durango. Sin embargo, la vida diaria desdibuja esa división. Miles de personas cruzan de un estado a otro para trabajar, estudiar, comprar, atenderse o visitar a sus familias. El río funciona como límite político en algunos tramos, pero históricamente fue el eje que articuló todo el territorio.
La palabra “comarca” expresa esa unidad: una región formada por localidades diferentes que comparten geografía, economía, historia y cultura. “Lagunera” identifica el rasgo natural que las unió desde mucho antes de las carreteras, los parques industriales y la mancha urbana. Por eso sus habitantes se reconocen como laguneros aun cuando vivan en municipios y estados distintos.
Ser lagunero no significa vivir a la orilla de una laguna visible. Significa pertenecer a un territorio modelado por antiguos cuerpos de agua; a una sociedad levantada mediante el uso del Nazas y el Aguanaval; a una cultura que convirtió el desierto en zona agrícola e industrial, y que ahora enfrenta el desafío de conservar el recurso que hizo posible su existencia.
El agua ausente que permanece en el nombre.
La región de Torreón y Gómez Palacio se conoce como La Laguna porque allí terminaban los grandes ríos interiores del Nazas y el Aguanaval, formando Mayrán, Viesca, Tlahualilo y otros humedales de comportamiento estacional. Mayrán fue el referente principal y aparece vinculada al nombre regional desde los primeros documentos coloniales. Las ciudades llegaron después.
El nombre cruzó siglos, sobrevivió a la reducción de los humedales, al auge del algodón, a la construcción de presas y a la expansión metropolitana. Hoy permanece en universidades, equipos deportivos, empresas, medios de comunicación y, sobre todo, en la identidad de su gente.
En medio de una planicie donde el agua superficial parece ausente, cada vez que alguien pronuncia “La Laguna” nombra un paisaje que ya no se observa como antes. Nombra a los pueblos que pescaron en el Nazas, a las aves que cubrían los humedales, a los agricultores que dependieron de sus crecientes y a las ciudades que crecieron gracias a su cauce. Es un nombre geográfico, pero también una advertencia histórica: debajo del desierto urbano sigue viva la memoria del agua.
Fuentes documentales consultadas.
- Comisión Nacional del Agua, Estudio técnico del acuífero Principal-Región Lagunera, clave 0523, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 21 de junio de 2016.
- INEGI, Síntesis geográfica de Coahuila, apartado hidrológico sobre las lagunas de Mayrán y Viesca.
- Pablo Martínez del Río, La Comarca Lagunera a fines del siglo XVI y principios del XVII según las fuentes escritas, Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, 1954; edición digital de 2021.
- Lourdes Romero Navarrete, Conflicto y negociación por el agua del Nazas, 1888-1936, Región y Sociedad, El Colegio de Sonora, 2006.
- Ayuntamiento de Lerdo, Plan Municipal de Desarrollo 2013-2016, sección de desarrollo regional.