Los ojos de agua que el desierto aún no termina de contar

Una investigación documental sobre los manantiales normales y termales registrados en el Desierto Chihuahuense.

Investigación: HISTORIASMX / Gorki Rodríguez.

La respuesta breve.

HISTORIASMX. – No existe, hasta donde permiten comprobar las bases públicas y los estudios revisados, un censo único, binacional, actualizado y verificable de todos los manantiales del Desierto Chihuahuense. La cifra más sólida que puede construirse con registros oficiales comparables es de 1,189 manantiales con nombre geográfico dentro de un mismo límite ecológico: 1,058 en Estados Unidos y 131 en México. Esos registros no indican si el agua es fría, templada o termal.

Por separado, el inventario histórico de la NOAA permite localizar 42 manifestaciones termales en la porción estadounidense del mismo polígono: 18 en Arizona, 16 en Nuevo México y 8 en Texas. Para la porción mexicana no hay una base pública equivalente, con coordenadas descargables y cobertura suficiente, que permita obtener una cifra termal comparable. Por eso no es científicamente válido restar 42 a 1,189 y llamar “normales” a los 1,147 restantes.

Universo contadoResultado dentro del límite WWF NA1303Qué representa
Manantiales con nombre, USGS-GNIS1,058Registros toponímicos clasificados como Spring; temperatura no informada
Manantiales con nombre, INEGI131Registros toponímicos cuyo término genérico es Manantial; temperatura no informada
Total armonizado de manantiales con nombre1,189Suma de dos registros nacionales comparables; no es un censo físico
Manifestaciones termales históricas, NOAA, sólo EE. UU.42Sitios de 20 °C o más; archivo publicado en 1980 y sin actualización
Manantiales “normales” o no termales, binacionalNo determinado“Normal” no es una categoría común en las bases y México carece de un inventario térmico público comparable

Una pequeña corriente contra la inmensidad.

En el Desierto Chihuahuense el agua permanente casi nunca es un accidente superficial. Es la parte visible de un sistema subterráneo: lluvia infiltrada en montañas, calizas o abanicos aluviales; agua que viaja por fracturas y acuíferos; presión suficiente para devolverla a la luz. El Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos resume esa dependencia con una frase técnica de enorme consecuencia humana: el agua subterránea es la fuente de toda el agua superficial perenne del desierto, incluidos manantiales, corrientes y tinajas. De ella dependen la vegetación, la fauna, la productividad del suelo y, en numerosos asentamientos, el abasto humano.

En Julimes, Chihuahua, esa conexión profunda emerge caliente. Los Manantiales Geotermales de Julimes, sitio Ramsar 2201, ocupan 367.6 hectáreas y sostienen organismos que completan todo su ciclo de vida dentro del humedal. Entre ellos están el pez Cyprinodon julimes, el isópodo Thermosphaeroma macrura y el caracol Tryonia julimensis. Ramsar advierte que el hábitat conocido del pez se ha reducido a un canal pequeño y que la extracción, la canalización y las descargas urbanas y agrícolas amenazan el sitio.

Esa escala —un pez confinado a un canal, una población humana que conduce agua para agricultura, recreación o uso terapéutico— explica por qué contar manantiales no es un ejercicio de curiosidad geográfica. Cada punto puede ser, al mismo tiempo, una descarga de acuífero, un refugio evolutivo, un derecho de agua, una memoria local y un indicador temprano de sobreexplotación.

El primer hallazgo fue una ausencia.

La investigación comenzó con una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuántos manantiales termales y “normales” están registrados en el Desierto Chihuahuense? La búsqueda recorrió registros geográficos de México y Estados Unidos, bases geotérmicas, servicios cartográficos, inventarios gubernamentales, artículos científicos y fichas de humedales. El hallazgo central fue que la región no ha sido contada con una sola definición ni con una sola metodología.

Un registro de nombres geográficos cuenta lugares con nombre. Un inventario hidrogeológico puede contar orificios de descarga. Un estudio ecológico puede agrupar varios brotes como un solo complejo. Un catálogo geotérmico puede incluir manantiales, pozos, fumarolas, hervideros, suelos calientes y volcanes de lodo. Incluso la palabra “manantial” encierra escalas distintas: un ojo de agua, varios respiraderos conectados o todo un humedal alimentado por el mismo acuífero.

También cambia el borde del desierto. El Servicio de Parques Nacionales describe una ecorregión de casi 647,500 km², más de 90% de ella en México (NPS, Chihuahuan Desert Ecoregion). Para que el recuento fuera reproducible se adoptó el polígono NA1303, Chihuahuan desert, de las Ecorregiones Terrestres del Mundo de WWF, una regionalización usada en investigación biogeográfica y conservación (capa WWF; Olson y colaboradores, 2001). No es el único límite legítimo, pero sí uno explícito y replicable.

La cifra que sí puede defenderse: 1,189 nombres.

En Estados Unidos se consultó el Geographic Names Information System del USGS. GNIS conserva el nombre reconocido federalmente, la clase de rasgo y sus coordenadas; define Spring como el lugar donde el agua subterránea fluye naturalmente hacia la superficie (USGS-GNIS; definición de clases). Se extrajeron los rasgos clasificados como Spring en Arizona, Nuevo México y Texas y se intersectaron sus coordenadas con el polígono NA1303.

El resultado fue 1,058 registros: 414 en Arizona, 345 en Nuevo México y 299 en Texas.

En México se consultó el Registro de Nombres Geográficos Continentales, Insulares y de las Formas del Relieve Submarino del INEGI, filtrando la clase Rasgos hidrográficos y el término genérico Manantial. El sistema del INEGI vincula cada nombre con una ubicación y atributos geográficos y se mantiene en actualización periódica (consulta del Registro; nota metodológica del INEGI). La consulta devolvió 535 manantiales con nombre en todo el país; 131 quedaron dentro del mismo polígono desértico.

La distribución mexicana fue: Coahuila, 54; Chihuahua, 45; Sonora, 21; Durango, 8; Nuevo León, 3. Bajo esta combinación exacta de fuente y límite no aparecieron registros en las pequeñas porciones de San Luis Potosí y Zacatecas incluidas por otras delimitaciones del desierto.

La suma armonizada es, por tanto, 1,189 manantiales con nombre registrado.

La cifra es reproducible, pero hay que leerla con cuidado. GNIS y el registro del INEGI son, ante todo, inventarios toponímicos, no censos de campo. Un manantial sin nombre puede existir y no aparecer. Un nombre histórico puede permanecer aunque el flujo haya disminuido o desaparecido. Dos brotes pueden compartir un nombre; un complejo puede contener más surgencias de las que su topónimo deja ver. GNIS, además, informa que una vez aceptado un nombre el rasgo no vuelve a ser “sin nombre”, lo que confirma que su propósito es la estabilidad toponímica y no la certificación hidrológica instantánea (USGS, política de nombres).

El dato incómodo: el mapa cuenta mejor un lado que el otro.

Más de 90% de la ecorregión está en México, pero el recuento arroja casi nueve veces más nombres de manantiales en Estados Unidos. Sería un error interpretar esa diferencia como una ley natural. Lo que refleja, sobre todo, es la densidad desigual de levantamientos topográficos, la historia de los catastros, los criterios de normalización y la cobertura de las bases.

Como control independiente se descargó el archivo de México del Geographic Names Server de la National Geospatial-Intelligence Agency, repositorio oficial estadounidense de nombres geográficos extranjeros, y se filtró la clase SPNG —spring— dentro del mismo polígono. El resultado fue 156 rasgos únicos, no 131 (NGA-GNS; archivos descargables). La diferencia de 25 registros entre dos nomenclátores oficiales demuestra el margen documental. Esos 156 no se sumaron a los 131 porque ambas fuentes describen, en buena medida, el mismo universo de lugares y podrían duplicarlos.

Un estudio de campo muestra aún mejor la subestimación. En el humedal Baño de San Ignacio, Linares, Nuevo León, una investigación de 2024 combinó modelos de elevación, imágenes históricas, vuelos con dron, cámara térmica, entrevistas locales y mediciones hidrogeoquímicas. Identificó seis manantiales termales y dos fríos, además de 21 cuerpos lagunares. La temperatura media de los termales fue 34.4 °C (Pantoja-Irys y colaboradores, 2024). En cambio, todo Nuevo León aporta sólo tres nombres al recuento del INEGI dentro del polígono usado. No es una contradicción: una base cuenta nombres; la otra investigación contó surgencias en el terreno.

El calor: 42 registros históricos en Estados Unidos y un vacío mexicano.

Para separar los manantiales termales se examinó la Thermal Springs List for the United States de la NOAA. El archivo reúne 1,661 registros digitales —la publicación original los redondea a 1,700 localidades en 23 estados— y considera manifestaciones hidrotermales naturales de 20 °C o más. Incluye manantiales, pozas, géiseres, fumarolas y otros respiraderos superficiales; excluye pozos y minas salvo excepciones específicas. Fue publicado en 1980, no volvió a actualizarse y la NOAA retiró su visor en 2025, aunque preservó los datos históricos.

La intersección con el polígono NA1303 produjo 42 registros termales: 18 en Arizona, 16 en Nuevo México y 8 en Texas. Entre los sitios del archivo aparecen Gillard, Arizona, con 82 °C; Hookers, con 53 °C; Radium Springs y Faywood, Nuevo México, con 53 y 54 °C; Indian Hot Springs, Texas, con 47 °C; Ruidosa Hot Springs, con 45 °C; y Hot Springs, en Big Bend, con 41 °C. Son temperaturas máximas superficiales consignadas por el catálogo histórico, no mediciones actuales.

El número depende también del borde cartográfico: al repetir el cruce con la delimitación RESOLVE 2017 aparecieron 45 puntos termales, tres más. Esa sensibilidad espacial, de aproximadamente 7%, es una medida concreta de la incertidumbre fronteriza. El resultado principal se mantiene en 42 porque todo el análisis armonizado utiliza WWF NA1303.

En México existe abundante información geotérmica, pero no en una forma pública que permita repetir el mismo corte. El Instituto de Investigaciones Eléctricas —hoy INEEL— informó que su base contenía 2,361 manifestaciones geotérmicas en 27 estados, con ubicación, tipo, geología, temperatura y química del agua (INEEL, situación de la geotermia en México). Esa cifra es nacional y reúne diversas clases de manifestación, no sólo manantiales.

Otro inventario de la Comisión Federal de Electricidad identificó más de 1,380 manifestaciones termales en México, entre manantiales, hervideros, fumarolas, volcanes de lodo, suelos calientes, pozos y norias (CFE, Geotermia, vol. 24, núm. 1). Una síntesis técnica de ese universo clasificó 808 como manantiales termales, 526 como pozos de agua caliente y el resto en otras categorías; agrupó los puntos en 545 zonas geotérmicas (Torres Rodríguez y colaboradores, Geotermia en México). Pero esos archivos no ofrecen, en la versión pública localizada, una tabla completa de coordenadas que permita aislar el Desierto Chihuahuense sin mezclar pozos, surgencias o regiones externas.

La conclusión responsable es incómoda pero clara: hay 42 registros termales históricos verificables en la parte estadounidense bajo el método adoptado; el total termal mexicano y, por tanto, el binacional, permanece indeterminado.

Por qué no existe un número fiable de manantiales “normales”.

“Agua normal” es una expresión comprensible en el habla cotidiana, pero no una categoría uniforme en los inventarios consultados. GNIS e INEGI no incluyen la temperatura en los registros usados. NOAA adopta un umbral operativo de 20 °C que no necesariamente coincide con otras definiciones hidrogeológicas, las cuales pueden considerar la temperatura media local, la profundidad de circulación o el gradiente geotérmico.

Por eso sería incorrecto afirmar que los 1,189 registros toponímicos se dividen en 42 termales y 1,147 normales. Las bases no son equivalentes ni están enlazadas registro por registro; NOAA puede incluir manifestaciones sin nombre, un sitio puede agrupar varias surgencias y su archivo sólo cubre Estados Unidos. Además, no clasificar un manantial como termal no demuestra que sea frío.

La formulación científicamente defendible es ésta:

  • 1,189 manantiales con nombre y temperatura no clasificada en el recuento binacional armonizado.
  • 42 manifestaciones termales históricas en la porción estadounidense del mismo polígono.
  • Número binacional de manantiales no termales o “normales”: desconocido.

Islas de evolución en un mar seco.

Los números importan porque los manantiales concentran vida en superficies diminutas. El Desierto Chihuahuense alberga alrededor de 110 especies de peces; casi la mitad son endémicas o de distribución limitada y muchas sobreviven como relictos en manantiales aislados de cuencas cerradas (NPS, ecorregión del Desierto Chihuahuense). El aislamiento que vuelve frágil a cada población es también el mecanismo que, durante miles de años, produjo especies distintas de un valle a otro.

Julimes es un ejemplo extremo. La totalidad del hábitat conocido de algunas especies depende de un pequeño sistema termal. Baño de San Ignacio ofrece otro: ocho surgencias detectadas en un único humedal mediante observación de campo y sensores. Cuatro Ciénegas, Coahuila, es un mosaico de pozas y manantiales cuyo origen y conectividad han requerido análisis isotópicos, hidroquímicos y geofísicos; los estudios muestran que hablar de “una poza” puede ocultar un sistema regional de flujo subterráneo.

En estos lugares, perder un manantial no equivale a perder un punto azul del mapa. Puede significar la extinción de una especie, la reducción de un agostadero, el abandono de una huerta, la desaparición de un sitio recreativo o medicinal y la ruptura de una práctica comunitaria vinculada al agua.

Cuando el acuífero deja de empujar.

Un manantial fluye cuando la carga hidráulica del acuífero permite que el agua alcance la superficie. Si el bombeo baja el nivel piezométrico, el caudal puede disminuir o cesar antes de que los pozos humanos queden secos. Esa asimetría vuelve a los manantiales indicadores tempranos del agotamiento.

El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos identifica, para invertebrados endémicos del sistema Diamond Y en el norte del Desierto Chihuahuense, tres amenazas directas: reducción del agua por bombeo, sequía y contaminación; el aumento de aridez y temperatura puede intensificarlas (USFWS, plan de recuperación Diamond Y). Para el caracol de Chupadera, en Nuevo México, la misma agencia añade el pastoreo sin manejo y la modificación física del manantial (USFWS, Chupadera springsnail).

En Julimes, Ramsar registra extracción mediante canales y usos agrícolas, recreativos y terapéuticos, además de contaminación por descargas. En ambos países se repite el mismo patrón: la presión no proviene de una sola causa, sino de la suma de bombeo, sequía, canalización, ganado, especies invasoras, urbanización y contaminación. Un inventario incompleto dificulta detectar la pérdida: no se puede saber con precisión qué desapareció si nunca se registró su existencia, su caudal, su temperatura y su estado ecológico.

Qué debe hacerse para obtener el número real

El recuento de 1,189 nombres es un punto de partida, no el cierre del expediente. Un censo binacional científicamente comparable debería:

  1. Adoptar un polígono explícito de la ecorregión y publicar el efecto de usar límites alternativos.
  2. Definir la unidad de conteo: orificio, grupo de surgencias, complejo de manantiales o humedal alimentado por un mismo sistema.
  3. Asignar un identificador persistente a cada sitio, aunque no tenga nombre propio.
  4. Medir al menos coordenadas, temperatura, caudal, conductividad, pH, oxígeno disuelto, régimen de permanencia y condición física.
  5. Distinguir surgencias naturales, pozos, norias, fumarolas, filtraciones, tinajas y cuerpos represados.
  6. Registrar si el manantial está activo, intermitente, seco, canalizado o destruido, y conservar el historial de cambios.
  7. Integrar los archivos de INEGI, CONAGUA, CFE/INEEL, USGS, NOAA, servicios de parques, universidades, propietarios y organizaciones comunitarias.
  8. Repetir el monitoreo, porque un inventario de una sola fecha no captura sequías, recuperación ni abatimiento gradual.

La publicación debería ser abierta, descargable y bilingüe. También tendría que proteger la ubicación precisa de especies extremadamente vulnerables cuando divulgarla aumente el riesgo de colecta o perturbación.

Contar también es cuidar

La pregunta “¿cuántos manantiales hay?” no admite hoy una cifra absoluta. Sí admite una respuesta documentada y honesta: hay 1,189 manantiales con nombre registrado dentro del límite WWF NA1303; 42 manifestaciones termales históricas están documentadas en la porción estadounidense; no existe una cifra binacional verificable para los termales ni para los no termales.

El vacío no resta valor al resultado; es uno de los resultados. Revela que el mayor desierto de Norteamérica —una región compartida por dos países y sostenida por agua subterránea— carece de un inventario común para sus puntos más sensibles. Mientras las bases cuentan nombres, la ciencia de campo encuentra surgencias adicionales; mientras un catálogo conserva una temperatura de 1980, el caudal puede haber cambiado; mientras una frontera administrativa separa expedientes, el acuífero continúa por debajo.

En el Desierto Chihuahuense, un manantial puede parecer pequeño frente a cientos de miles de kilómetros cuadrados de planicies y sierras. Para la vida que depende de él, sin embargo, no es un punto: es todo el mundo disponible.

Fuentes principales consultadas

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