Valdés Marta nació y creció en Jiménez. «Nacido y amamantado aquí», dice con firmeza. Sin embargo, como muchos de su generación, probó suerte en el norte. En 1975 se fue «de mojado» a Estados Unidos. La experiencia fue breve, apenas tres meses en una engorda de ganado.
Jiménez, Chihuahua. – Con botas vaqueras picudas de avestruz —o quizá de algún otro animal extraño—, un pantalón Wrangler negro entallado, camisa blanca de manga larga amarrada en el ombligo y un sombrero de ala ancha coronado por la insignia de un gallo, se presenta Jesús José Valdés Marta, mejor conocido por todos como el Padre Gallo. Su sola figura es un retrato vivo de un hombre que decidió caminar distinto, desafiar estereotipos y hacer de su estilo una leyenda local.

Estamos en su casa, donde hojea con calma un viejo cuaderno de fotografías amarillentas. En ellas aparece más joven, rodeado de camioneros y macheteros, con esa vestimenta única que desde entonces lo distinguía. Entre las páginas también guarda lo que hoy considera su mayor tesoro: dos corridos que él mismo escribió, uno ya musicalizado y otro esperando quien le dé voz y guitarra. «Busco quien me ayude a ponerle música al segundo», dice con una sonrisa tímida, como quien sabe que su vida merece ser cantada.
El origen del apodo.
Cuando se le pregunta por el nombre de Padre Gallo, no duda en regresar a los años setenta. La respuesta viene acompañada de una carcajada que revela tanto orgullo como nostalgia.

«Había una novela, de José Gómez Cruz, que se llamaba El Padre Gallo. Desde entonces me decían así. Además, de chiquillo me gustaban los gallos, me iba a pastorear gallitos. En una de esas andanzas macheteras, un amigo —Eberardo Mora, le decían el Pelón— me bautizó definitivamente. ‘De aquí en adelante tú vas a ser el Padre Gallo’, me dijo. Y se me quedó… hace ya como 40 años».
Desde entonces, el apodo dejó de ser un simple mote para convertirse en identidad, en marca y en memoria colectiva de Jiménez.
Raíces y caminos.
Valdés Marta nació y creció en Jiménez. «Nacido y amamantado aquí», dice con firmeza. Sin embargo, como muchos de su generación, probó suerte en el norte. En 1975 se fue «de mojado» a Estados Unidos. La experiencia fue breve, apenas tres meses en una engorda de ganado.

«No me entonó durar tanto allá. Nos aventamos ocho días caminando por el desierto, atravesando la sierra. Cuando llegué, el dólar estaba a 12.50, luego subió a 20, pero ni eso me convenció. Yo quería México, y me regresé», recuerda. Esa migración efímera lo reafirmó en sus raíces: «No me gustó el ambiente de allá, me vine para quedarme».
La vestimenta: un personaje hecho de cine.
El estilo que lo define no surgió por azar. Sus ropas, sus botas y su sombrero nacen de una mezcla de infancia, cine de antaño y fantasía juvenil.

«De morrillo veía películas de Julio Aldama, de Fernando Casanova. Tenía unos diez años y hasta me ponía máscara, me creía el Santo. Ya en la adolescencia, viendo tantas películas de marineros y charros, empecé a agarrar estilos distintos. Y me quedé con la idea de que uno puede vestirse como quiera, aunque no encaje con la moda de aquí».

Hoy, esa forma de vestir es parte inseparable de su figura pública. «Rompí con los moldes, y hasta la fecha así sigo», dice, mientras acomoda el sombrero y se ajusta la camisa.
Los corridos de un hombre distinto.
Entre las páginas del cuaderno aparecen dos composiciones propias. El primero es El Corrido del Padre Gallo, escrito apenas hace dos años. El segundo, aún sin música, es un homenaje a camioneros y traileros, los hombres del volante que recorren carreteras interminables.

«Me dio por componer y dije: si ya empecé, me voy a aventar otro. Ese lo tengo guardado esperando que alguien lo musicalice», explica con esperanza.
Habla de sus corridos como quien habla de capítulos de vida. Uno refleja su historia personal; el otro, su admiración por los trabajadores que recorren el país en motores rugientes. Ambos, dice, son testimonio de que cualquiera puede dejar huella si se atreve a cantar su propia vida.
Un hombre que desafió estereotipos.
En Jiménez, todos lo conocen. Su caminar, sus botas, su sombrero y su apodo son parte del paisaje urbano. El Padre Gallo representa a un hombre que decidió no disolverse en la multitud. Su excentricidad no fue burla, sino símbolo de autenticidad.

Hoy, mientras pasa las páginas de su cuaderno, se dibuja el retrato de alguien que, entre corridos, memorias de migración y tardes de cine, construyó una leyenda local. Una figura viva que recuerda a la gente que, en un mundo de moldes, ser distinto también es un acto de valentía.
«Así me visto, así soy, y así seré hasta el final», sentencia con una mirada firme, orgulloso de ser el Padre Gallo de Jiménez.
Por: Gorki Rodríguez.