La evidencia científica y técnica consultada para este reportaje muestra que la transformación del Desierto Chihuahuense no puede atribuirse a una sola actividad ni señalar de manera indiscriminada a todos los ejidos, agricultores o ganaderos.
HISTORIASMX | Investigación ambiental
HISTORIASMX. – El Desierto Chihuahuense suele imaginarse como una enorme extensión de tierra vacía donde aparentemente hay poco que destruir. Desde una carretera, entre Chihuahua, Coahuila y Durango, el paisaje puede parecer interminable: gobernadora, mezquite, yucas, nopales, biznagas, pastizales secos y montañas que desaparecen en el horizonte. Pero esa percepción es engañosa. Bajo esa aparente austeridad existe uno de los sistemas desérticos biológicamente más importantes de Norteamérica, una red delicada de plantas, mamíferos, reptiles, aves, insectos, microorganismos, pastizales, manantiales y acuíferos que durante miles de años aprendieron a sobrevivir con muy poca agua. Hoy, una parte considerable de esa estructura ecológica enfrenta una presión que no proviene solamente de la sequía o del cambio climático: procede directamente de la manera en que los seres humanos ocupamos y explotamos el territorio.
La evidencia científica y técnica consultada para este reportaje muestra que la transformación del Desierto Chihuahuense no puede atribuirse a una sola actividad ni señalar de manera indiscriminada a todos los ejidos, agricultores o ganaderos. Existen ranchos y comunidades ejidales involucrados actualmente en programas de conservación, exclusión de ganado, restauración de suelos y manejo sustentable. El problema aparece cuando la ganadería sobrepasa la capacidad natural del agostadero, cuando grandes superficies de pastizal y matorral son desmontadas para establecer agricultura, cuando el agua subterránea se extrae a un ritmo superior a su recuperación, cuando las especies consideradas incómodas son eliminadas, cuando el territorio se fragmenta con caminos, cercos y nuevos desarrollos o cuando plantas y animales silvestres son extraídos ilegalmente. La suma de todas esas presiones está modificando silenciosamente el funcionamiento de uno de los grandes desiertos del planeta.
un ecosistema que parece vacío, pero está lleno de vida
El Desierto Chihuahuense se extiende aproximadamente por 630 mil kilómetros cuadrados entre México y Estados Unidos y es considerado uno de los desiertos con mayor diversidad biológica del mundo. Dentro de él sobreviven especies emblemáticas como el berrendo, el bisonte americano, diferentes especies de perritos de las praderas, águilas reales, halcones, reptiles, pequeños mamíferos y una extraordinaria diversidad de plantas adaptadas a condiciones extremas. Sus pastizales cumplen además funciones que raramente se observan desde fuera: retienen suelo, almacenan carbono, permiten la infiltración del agua, alimentan herbívoros silvestres y domésticos y sostienen poblaciones de aves que llegan cada invierno desde Canadá y Estados Unidos.
En Chihuahua, los pastizales representan aproximadamente 18.5 por ciento de la superficie estatal, pero la propia Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad advierte que el pastizal natural ha sido seriamente amenazado por el cambio de uso de suelo. El Estudio de Estado sobre biodiversidad de Chihuahua identifica precisamente a la expansión agrícola y ganadera entre las principales presiones sobre estos ecosistemas. El desmonte de matorrales, la apertura de superficies para producción agropecuaria y el uso intensivo de los recursos hídricos han transformado regiones que durante siglos mantuvieron comunidades vegetales capaces de sobrevivir bajo condiciones de extrema aridez.
cuando el pastizal desaparece debajo del tractor
Uno de los procesos mejor documentados científicamente es la conversión directa del pastizal y matorral desértico en tierras agrícolas. Un estudio publicado en Biological Conservation analizó mediante imágenes satelitales la región de Valles Centrales de Chihuahua y encontró que entre 2006 y 2011 las tierras agrícolas aumentaron a una tasa aproximada de 6.04 por ciento anual. Durante solamente esos cinco años fueron transformadas unas 69 mil 240 hectáreas de pastizales y matorrales de fondo de valle, principalmente por la expansión de agricultura irrigada mediante sistemas de pivote central.
La cifra permite dimensionar un fenómeno difícil de comprender desde el nivel del suelo. Cada círculo verde observado desde el aire en medio de las planicies desérticas representa producción agrícola, empleo y alimentos, pero antes de convertirse en parcela esa superficie podía ser un ecosistema de pastizal que tardó siglos en organizarse. En el área evaluada por los investigadores se perdieron aproximadamente 19 mil 505 hectáreas de pastizal desértico y casi 50 mil hectáreas de vegetación mixta de pastizal y matorral. El estudio estimó además que esa transformación había reducido la capacidad del territorio para sostener durante el invierno alrededor de 355 mil aves de pastizal. Los investigadores incluso señalaron que el área transformada detectada mediante imágenes satelitales superaba ampliamente la superficie autorizada oficialmente para cambio de uso de suelo durante el periodo analizado.
Ese estudio fue realizado con información de 2006 a 2011 y su proyección sobre lo que podría ocurrir posteriormente no debe confundirse con una medición actual. Sin embargo, su importancia continúa vigente porque demuestra con datos cómo una transformación agrícola relativamente rápida puede eliminar en pocos años hábitats utilizados por especies migratorias que recorren miles de kilómetros cada temporada.
el ganado también transforma el desierto cuando supera sus límites
La ganadería forma parte de la historia económica y cultural del norte de México. Generaciones completas de familias han vivido de los ranchos y de los animales que pueden mantenerse en estos territorios. El problema ambiental surge cuando la cantidad de ganado supera durante periodos prolongados la capacidad de recuperación de los pastizales. En regiones áridas, una planta que desaparece por consumo excesivo puede necesitar mucho más tiempo para recuperarse que en zonas húmedas. Cuando además coinciden sequía, pisoteo constante y pérdida de cobertura vegetal, el suelo queda expuesto directamente al viento y a las lluvias torrenciales.
La Secretaría de Medio Ambiente ha identificado históricamente al sobrepastoreo como una de las principales causas de degradación de suelos en los desiertos mexicanos y señala impactos particularmente importantes en estados como Chihuahua, Sonora y Durango. El deterioro no ocurre solamente porque el ganado consuma las plantas. El tránsito repetido de animales compacta el suelo, reduce espacios por donde debería infiltrarse el agua y favorece la escorrentía. La tierra termina perdiendo partículas finas y materia orgánica, exactamente los componentes que permiten que la vegetación vuelva a establecerse después de una sequía.
Con el tiempo, un pastizal sometido a determinadas combinaciones de presión ganadera, alteración del régimen natural del fuego, sequía y otros factores puede comenzar a cambiar de composición. Estudios realizados en el Desierto Chihuahuense han documentado procesos en los que antiguas superficies dominadas por pastos son ocupadas progresivamente por arbustos. Una investigación que reconstruyó más de un siglo de cambios encontró invasión de arbustos en 87 por ciento de las unidades analizadas y una reducción cercana al 90 por ciento en el tamaño medio de los parches de pastizal; la invasión fue mayor en áreas sometidas continuamente al pastoreo que en zonas donde el ganado había sido excluido.
El INIFAP reconoce que la expansión de especies arbustivas y los cambios en la composición de la vegetación del Desierto Chihuahuense están relacionados con diversos factores que interactúan entre sí, entre ellos el sobrepastoreo, la modificación del régimen de incendios, el cambio de uso de suelo y el cambio climático. Por ello sería científicamente incorrecto responsabilizar exclusivamente al ganado de toda transformación observada en el paisaje; sin embargo, tampoco puede ignorarse su capacidad para acelerar el deterioro cuando el manejo del agostadero rebasa los límites ecológicos del sitio.
los ejidos no son el enemigo, pero el manejo del territorio importa
La investigación científica también ha encontrado diferencias importantes entre predios dependiendo de la manera en que son utilizados. En el complejo de perritos de las praderas Janos–Nuevo Casas Grandes, investigadores compararon terrenos comunales sometidos a fuerte pastoreo con un rancho privado adyacente. En las áreas ejidales estudiadas donde existía sobrepastoreo encontraron menor densidad de madrigueras activas de perritos de las praderas, menos montículos de rata canguro y menor diversidad y abundancia de aves. Las zonas severamente utilizadas por el ganado eran aprovechadas por pocas especies de aves.
Ese resultado no significa que todos los ejidos del Desierto Chihuahuense estén degradados ni que la propiedad privada sea automáticamente un modelo de conservación. La investigación se refiere a sitios específicos y los propios autores concluyen que la recuperación de la biodiversidad depende de trabajar directamente con los ejidos para mejorar el manejo ganadero. Esa distinción es fundamental porque el problema ecológico no es el régimen de propiedad de la tierra: es la presión que recibe el ecosistema y la forma en que se administran sus recursos.
De hecho, existen actualmente proyectos de conservación en los que ejidatarios, propietarios privados, organizaciones ambientales y autoridades trabajan conjuntamente. En la Reserva de la Biosfera Mapimí, por ejemplo, comunidades locales han participado en cercos de exclusión de ganado, construcción de microcuencas y recuperación de pastizales nativos. En 2017 se instalaron aproximadamente 16.5 kilómetros de cercado para excluir ganado de sitios con presencia de tortuga del bolsón y se desarrollaron trabajos de restauración en comunidades como La Flor, Vicente Guerrero, Colonia Ganadera Constitución y El Cedral.
la agricultura no solamente ocupa tierra: también consume el agua debajo del desierto
En un ecosistema árido, transformar la vegetación es solamente una parte del impacto agrícola. La otra ocurre bajo la superficie. La agricultura irrigada depende en amplias regiones de Chihuahua del bombeo de agua subterránea, recurso acumulado en acuíferos cuya recarga puede ser mucho más lenta que el ritmo de extracción.
El Estudio de Estado de CONABIO para Chihuahua señala que la agricultura de riego comprendía alrededor de 1 millón 413 mil hectáreas y utilizaba aproximadamente 89 por ciento del agua extraída del subsuelo en la entidad en el periodo documentado por ese estudio. El mismo análisis advertía sobre acuíferos sobreexplotados y señalaba al cambio de uso de suelo hacia actividades agrícolas y ganaderas como una de las mayores amenazas ambientales del estado. Estas cifras corresponden al periodo de elaboración del estudio y no deben interpretarse como el balance oficial de acuíferos en 2026, pero ilustran la magnitud estructural de la presión agrícola sobre el agua.
Investigaciones hidrogeológicas realizadas en zonas del Desierto Chihuahuense han documentado desde hace décadas los efectos del bombeo intensivo. En la Comarca Lagunera, un trabajo publicado en Applied Geochemistry describió descensos del nivel freático cercanos a un metro anual en sectores donde el agua subterránea se explotaba intensamente principalmente para irrigación y abastecimiento pecuario. Estudios posteriores desarrollados en Chihuahua han continuado señalando que el uso agrícola intensivo del agua subterránea puede comprometer la sostenibilidad futura de los acuíferos, particularmente bajo escenarios de aumento de temperatura y cambios en la recarga asociados al clima.
Cuando un acuífero se agota, el impacto no termina en el pozo agrícola. Manantiales, humedales, vegetación asociada a zonas húmedas y fauna que depende indirectamente de esos sistemas pueden perder acceso al agua. El resultado es una paradoja profundamente humana: para producir alimentos en el desierto se extrae precisamente uno de los recursos que permiten que el propio desierto continúe funcionando.
las aves que llegan desde el norte encuentran cada vez menos territorio
Los pastizales del Desierto Chihuahuense tienen importancia continental. De 33 especies de aves obligadas de pastizal reproductoras de las Grandes Llanuras occidentales de Norteamérica consideradas en un estudio científico, 29 son migratorias y más del 90 por ciento de esas especies utilizan el Desierto Chihuahuense como área de invernada. Esto significa que la desaparición de un pastizal en Chihuahua no es únicamente un problema mexicano: puede formar parte de la cadena que determina la supervivencia de una población que se reproduce miles de kilómetros más al norte.
Muchas de estas aves dependen de superficies abiertas donde encuentran semillas, insectos y refugio. Cuando el pastizal se convierte en cultivo, desaparece la estructura vegetal que necesitan. Cuando se degrada por sobrepastoreo extremo, cambia la altura y densidad de la vegetación. Cuando es invadido por arbustos, nuevamente cambia el tipo de hábitat disponible. El deterioro del ecosistema puede ocurrir sin que exista necesariamente una mortandad visible: las aves simplemente dejan de encontrar condiciones apropiadas para alimentarse, descansar o reproducirse.
Una investigación histórica publicada en la Revista Mexicana de Biodiversidad analizó 41 especies de aves de pastizal, 149 especies de pastos nativos y 60 especies de pastos no nativos en diferentes periodos comprendidos entre 1930 y 2019. Los investigadores observaron reducción de la diversidad beta a través del tiempo, evidencia de una transformación progresiva en la composición ecológica regional. El trabajo también advierte que la relación entre pastos introducidos y aves es compleja y que sus efectos deben evaluarse localmente, recordando que los ecosistemas no responden de forma simple a una sola alteración.
el perrito de las praderas: perseguido como plaga, indispensable para el ecosistema
Pocas especies ejemplifican mejor el conflicto entre producción humana y funcionamiento ecológico que el perrito de las praderas. Durante décadas estos animales fueron considerados competidores del ganado y fueron perseguidos o eliminados en amplias regiones. Sin embargo, hoy se reconoce que sus colonias modifican el paisaje de maneras que benefician a numerosas especies.
Las madrigueras proporcionan refugio para reptiles, pequeños mamíferos e incluso aves como el tecolote llanero; además, los perritos de las praderas constituyen alimento para coyotes, tejones, águilas y otros depredadores. Su actividad ayuda también a mantener áreas abiertas y modifica la estructura de la vegetación. En Janos se encuentra uno de los conjuntos de colonias de perritos de las praderas más relevantes de Norteamérica, razón por la cual la región posee enorme importancia ecológica.
Cuando desaparece una especie de este tipo no se pierde solamente un animal. Se pierden madrigueras, refugios, sitios de alimentación, presas para depredadores y procesos ecológicos. Es la diferencia entre observar una especie como individuo y comprenderla como una pieza estructural del ecosistema.
la tortuga del bolsón también pierde territorio frente al ganado y la transformación del paisaje
Más al sur del estado de Chihuahua, dentro de la región de Mapimí, sobrevive otro símbolo del desierto: la tortuga del bolsón, Gopherus flavomarginatus. Es una especie endémica y considerada en peligro de extinción. Sus madrigueras pueden alcanzar enormes dimensiones y son utilizadas también por otras especies del desierto, mientras que la propia tortuga contribuye a dispersar semillas de las plantas que consume.
La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas reconoce que los pastizales de Mapimí han sido utilizados históricamente para la ganadería bovina y equina y que esta actividad, cuando se desarrolla de manera incompatible con la capacidad del ecosistema, ha contribuido al deterioro y fragmentación del hábitat de la tortuga. En algunas zonas de la reserva se han establecido cercos precisamente para excluir al ganado de áreas importantes para la especie y permitir la recuperación de la vegetación.
El caso de Mapimí resulta especialmente cercano para el sur de Chihuahua porque parte de la reserva se encuentra dentro del municipio de Jiménez. Lo que ocurre allí demuestra que la conservación del Desierto Chihuahuense no es una discusión distante. Es un problema situado literalmente dentro del territorio regional.
hasta las plantas que parecen indestructibles están desapareciendo
Las cactáceas representan quizá la imagen más reconocible del desierto y, al mismo tiempo, uno de los grupos vegetales más vulnerables a la explotación humana. Algunas especies crecen extremadamente despacio, tienen áreas de distribución reducidas y necesitan décadas para alcanzar tamaños adultos. La extracción de unas cuantas plantas reproductivas puede significar un impacto considerable para una población pequeña.
Un estudio científico publicado en 2026 analizó un caso de confiscación de cactáceas recolectadas ilegalmente en México. Entre los ejemplares cuyo origen pudo determinarse, más de la mitad procedía del Desierto Chihuahuense. Entre los géneros afectados aparecían Ariocarpus, Turbinicarpus, Strombocactus y otros grupos que incluyen especies endémicas y amenazadas. Los investigadores señalaron que el comercio ilegal constituye una presión adicional sobre plantas que ya enfrentan degradación del hábitat y cambio climático.
Otro trabajo dedicado a Coryphantha werdermannii, una cactácea endémica de una pequeña región del Desierto Chihuahuense, evaluó conjuntamente el efecto del pastoreo ganadero, el saqueo de ejemplares y el cambio climático. El estudio ilustra cómo una misma especie puede sufrir simultáneamente diferentes presiones humanas: el ganado modifica el hábitat, los coleccionistas retiran individuos y el clima altera las condiciones necesarias para su supervivencia.
agroquímicos: una amenaza que no siempre puede verse
La transformación agrícola introduce además sustancias que históricamente no existían dentro del ecosistema. Insecticidas, herbicidas y otros productos pueden desplazarse desde los campos hacia organismos que no constituyen el objetivo de la aplicación.
Una investigación desarrollada en tierras agrícolas ubicadas dentro del Área Prioritaria para la Conservación de Pastizales El Tokio, en el noreste de México, estudió la actividad de colinesterasa en aves silvestres presentes en terrenos expuestos a plaguicidas. Los investigadores señalaron que aves que utilizan zonas agrícolas pueden entrar en contacto con productos organofosforados y carbamatos durante las temporadas de aplicación, compuestos conocidos por afectar el sistema nervioso mediante la inhibición de enzimas esenciales.
El impacto de los agroquímicos tampoco termina necesariamente en el límite de la parcela. Insectos, aves, pequeños mamíferos y otros organismos se desplazan entre terrenos agrícolas y vegetación natural. En un paisaje fragmentado, la frontera entre producción y ecosistema prácticamente desaparece.
el suelo es el primer organismo que estamos perdiendo
Puede parecer extraño pensar en el suelo como parte de la vida del desierto, pero prácticamente todo depende de él. Bajo unos cuantos centímetros de tierra existen microorganismos, semillas, raíces, hongos y materia orgánica que permiten almacenar agua y nutrientes. Cuando la vegetación desaparece, esa delgada capa comienza a desintegrarse.
En Chihuahua, donde las lluvias pueden presentarse en tormentas breves pero intensas, un suelo descubierto recibe directamente el impacto del agua. En lugar de infiltrarse lentamente, la precipitación corre sobre la superficie y arrastra partículas. Durante la temporada seca ocurre lo contrario: los vientos levantan el material fino y lo transportan a grandes distancias. La erosión no solamente transforma el paisaje; elimina físicamente el suelo fértil.
La desertificación no significa simplemente que un territorio se vuelva visualmente parecido a un desierto. Técnicamente es la degradación de tierras secas provocada por la interacción entre variabilidad climática y actividades humanas. México posee una enorme proporción de territorio árido y semiárido, por lo que actividades como sobrepastoreo, agricultura intensiva y eliminación de vegetación pueden acelerar procesos que posteriormente requieren décadas para revertirse.
la fragmentación: pequeñas heridas que terminan partiendo el ecosistema
No toda degradación ocurre mediante desmontes de miles de hectáreas. Algunas veces el deterioro se acumula lentamente: un camino nuevo, una cerca, un pozo, una parcela, un desarrollo, una brecha, una línea eléctrica y después otra. El territorio natural comienza a dividirse en pequeñas islas.
Para animales capaces de recorrer enormes distancias, como berrendos, bisontes o grandes depredadores, estos obstáculos reducen la conectividad. Para especies pequeñas, cada fragmento puede convertirse en un límite prácticamente imposible de cruzar. Incluso cuando permanece vegetación aparentemente suficiente, el ecosistema puede dejar de funcionar como una unidad continua.
Janos ejemplifica lo que está en juego. La Reserva de la Biosfera comprende más de medio millón de hectáreas y alberga cientos de especies de vertebrados, grandes extensiones de pastizales y la única población silvestre de bisonte en México reconocida por la Conanp. Es también refugio de berrendos, perros llaneros, águilas, halcones y numerosos mamíferos. La propia historia regional demuestra cómo la pérdida de hábitat y la expansión de actividades ganaderas y agrícolas contribuyeron históricamente a la desaparición del bisonte de buena parte de su distribución original.
producir alimentos sin destruir el territorio que los hace posibles
Sería sencillo convertir esta historia en una acusación contra agricultores o ganaderos. Pero esa explicación sería incompleta. El Desierto Chihuahuense también es territorio humano. Allí viven familias que dependen de la producción agrícola, comunidades ejidales que necesitan utilizar sus tierras y ganaderos cuyos ranchos existen desde generaciones atrás. La contradicción central no es elegir entre seres humanos o naturaleza, sino decidir cuánto puede extraerse de un ecosistema antes de destruir precisamente aquello que permite producir.
Actualmente existen experiencias que demuestran que la ganadería y la conservación no necesariamente son incompatibles. Programas desarrollados por organizaciones como Pronatura Noreste y autoridades ambientales impulsan manejo sostenible de agostaderos, rotación de ganado, recuperación de pastizales, exclusión temporal de áreas degradadas y conservación voluntaria dentro de ranchos privados y ejidos. Parte importante de los remanentes de pastizales de Valles Centrales, Janos, Mapimí y El Tokio se encuentra precisamente dentro de propiedades ganaderas privadas o ejidales, lo que convierte a sus habitantes en actores indispensables para cualquier estrategia real de conservación.
El mismo territorio puede mostrar resultados completamente distintos dependiendo de cómo sea utilizado. Un rancho sobrepastoreado durante años puede perder vegetación, suelo y biodiversidad. Otro rancho puede ajustar su carga animal, permitir periodos de descanso y conservar cientos o miles de hectáreas de hábitat. Un ejido puede sufrir degradación severa por necesidad económica y falta de asistencia técnica, mientras otro puede convertirse en socio fundamental de programas de restauración. Por ello, cualquier política ambiental seria deberá incorporar a quienes viven del territorio en lugar de tratarlos únicamente como responsables del problema.
el desierto también está pagando nuestra necesidad de producir más
Durante décadas, el desarrollo del norte de México estuvo asociado a una idea sencilla: convertir más tierra en terreno productivo. Abrir pozos, desmontar matorral, nivelar superficies, aumentar cabezas de ganado y expandir hectáreas agrícolas era interpretado como progreso. Esa visión produjo riqueza y alimentos, pero ahora comienza a mostrar sus límites.
Un desierto no puede explotarse como una región húmeda. La vegetación tarda más en recuperarse, la producción biológica es menor, la precipitación es irregular y el agua subterránea puede haberse acumulado durante siglos o incluso milenios. Cada hectárea desmontada y cada metro cúbico extraído deben entenderse dentro de esa realidad.
La ciencia está mostrando que el Desierto Chihuahuense no se encuentra vacío esperando ser utilizado. Se encuentra ocupado por comunidades biológicas extraordinariamente especializadas que sobrevivieron durante miles de años precisamente porque aprendieron a vivir dentro de límites muy estrechos. El problema aparece cuando nosotros dejamos de respetarlos.
cuando desaparece una especie, el desierto pierde mucho más que un nombre
La desaparición de fauna y flora no ocurre de manera independiente. Si disminuye una población de insectos polinizadores, algunas plantas pueden tener problemas para reproducirse. Si desaparecen los pastizales, disminuyen las aves que dependen de ellos. Si desaparecen los perritos de las praderas, numerosos depredadores pierden alimento y otras especies pierden madrigueras. Si una tortuga deja de recorrer el territorio, también desaparece parte de la dispersión de semillas que realizaba durante sus movimientos.
Esta red de relaciones explica por qué un ecosistema puede seguir pareciendo desierto y, sin embargo, encontrarse ecológicamente empobrecido. Todavía puede existir gobernadora. Todavía puede haber mezquites. Todavía puede observarse una enorme planicie desde la carretera. Pero debajo de esa apariencia pueden haber desaparecido especies, procesos y conexiones imposibles de reconocer para quien solamente atraviesa el paisaje en automóvil.
la depredación más peligrosa es la que ocurre lentamente
No existe una fecha exacta en la que pueda afirmarse que el Desierto Chihuahuense comenzó a deteriorarse. Tampoco existe un único responsable. La transformación se ha construido durante décadas mediante miles de decisiones aparentemente pequeñas: una parcela más, un pozo más profundo, una carga ganadera excesiva durante una sequía, una carretera, una colonia de perritos eliminada, una biznaga extraída, un nuevo desmonte.
Por separado, muchas de esas acciones parecen insignificantes frente a la inmensidad del territorio. Juntas pueden modificar un ecosistema entero.
Ahí se encuentra quizá el mayor peligro. La devastación de una selva suele ser evidente porque los árboles desaparecen y queda tierra desnuda. En el desierto, la degradación puede ser mucho más silenciosa. El paisaje continúa pareciendo desierto aunque haya perdido gran parte de su diversidad.
todavía existe tiempo, pero conservar requerirá cambiar la manera de producir
Las experiencias de recuperación muestran que el proceso no es irreversible en todos los casos. Excluir temporalmente el ganado de áreas degradadas, ajustar cargas ganaderas, conservar corredores biológicos, mantener vegetación nativa, detener desmontes ilegales, utilizar eficientemente el agua, restaurar suelos, controlar especies invasoras y proteger zonas de reproducción puede permitir que el ecosistema recupere parte de su funcionalidad.
En Mapimí, las autoridades ambientales han trabajado con comunidades para recuperar pastizales importantes para la tortuga del bolsón. En otras regiones existen planes de manejo ganadero y conservación dentro de ranchos y ejidos. Investigaciones en pastizales del Desierto Chihuahuense han demostrado incluso que determinados trabajos de restauración pueden favorecer nuevamente a especies de aves especializadas.
La discusión sobre el futuro del Desierto Chihuahuense ya no debería reducirse a decidir cuántas hectáreas nuevas pueden convertirse en tierras de producción. La pregunta debe ser cuánto territorio natural debe permanecer intacto para que la agricultura, la ganadería, las poblaciones humanas y la propia biodiversidad puedan seguir existiendo durante las próximas generaciones.
El desierto ha sobrevivido durante miles de años a temperaturas extremas, sequías prolongadas, heladas y lluvias torrenciales. Sus plantas y animales evolucionaron precisamente para resistir esas condiciones. Lo que no necesariamente pueden resistir es una transformación permanente y acelerada de su territorio.
Y esa es la contradicción que hoy se extiende por buena parte del norte de México: mientras intentamos obtener más agua, más carne, más forraje y más producción de una tierra extremadamente limitada, estamos debilitando el sistema natural que permite que esa producción exista.
El Desierto Chihuahuense no está vacío. Nunca lo estuvo.
El verdadero riesgo es que algún día, después de haber desmontado sus pastizales, agotado parte de sus acuíferos, fragmentado sus corredores y expulsado silenciosamente a una parte de su fauna, terminemos convirtiéndolo precisamente en aquello que siempre imaginamos que era: una enorme extensión aparentemente vacía.