Las lluvias de las últimas semanas han dado oxígeno a La Boquilla y Las Vírgenes, pero no han resuelto el problema de fondo. El Distrito de Riego 005 todavía no tiene garantizado el ciclo agrícola 2027 y, bajo uno de los escenarios manejados por productores, el agua disponible alcanzaría para sembrar apenas alrededor de una quinta parte de su superficie. Debajo de los campos existe otra crisis menos visible: los acuíferos Meoqui-Delicias y Jiménez-Camargo presentan déficits oficiales cercanos a 167 millones de metros cúbicos anuales cada uno. La pregunta ya no es solamente cuánto lloverá, sino cuánto tiempo puede seguir extrayéndose más agua de la que el territorio logra recuperar.
Investigación especial | HISTORIASMX
HISTORIASMX. – En el centro-sur de Chihuahua el calendario agrícola de 2027 no comenzará en enero ni cuando un tractor entre nuevamente al campo. En realidad, comenzó desde ahora, con cada centímetro que sube o baja La Boquilla, con cada escurrimiento que llega desde la Sierra Tarahumara y con cada metro cúbico que permanece almacenado detrás de las cortinas de las presas. Para miles de productores, jornaleros, comerciantes y familias de Delicias, Meoqui, Saucillo, Rosales, La Cruz, Camargo, San Francisco de Conchos y comunidades aledañas, esas cifras determinarán cuánta tierra podrá sembrarse, qué cultivos sobrevivirán y cuánto dinero circulará en una región cuya economía todavía depende profundamente del agua.
Al 5 de octubre de 2026, La Boquilla almacenaba aproximadamente 688.09 millones de metros cúbicos, equivalentes al 24.17 % de su capacidad, después de recibir 1.15 millones de metros cúbicos en 24 horas. La presa Francisco I. Madero, conocida como Las Vírgenes, se encontraba en 49.23 %, con 164.08 millones de metros cúbicos. Las lluvias recientes han sido reales y los ingresos también, pero la fotografía continúa lejos de representar una recuperación completa del sistema.
El escenario del 20 % existe, pero todavía no es una decisión oficial.
Una de las cifras que más preocupación ha generado durante los últimos días es la posibilidad de que en 2027 pueda irrigarse apenas alrededor del 20 % de la superficie del Distrito de Riego 005. Es importante precisar qué significa ese dato. No se trata todavía de una asignación oficial de la Comisión Nacional del Agua ni del plan definitivo de riegos para el próximo año. Es una estimación formulada desde el propio sector agrícola a partir del agua considerada susceptible de extracción después del cierre del ciclo 2026.
El ex presidente del Módulo 3, Víctor Reyes Cueto, estimó a principios de octubre que entre La Boquilla y Francisco I. Madero existirían alrededor de 250 millones de metros cúbicos susceptibles de extracción, volumen que, bajo sus cálculos, permitiría atender aproximadamente 20 mil hectáreas, una superficie equivalente de manera aproximada a una quinta parte del distrito. Reyes planteó también un escenario mucho más favorable: si durante octubre continuaran escurrimientos extraordinarios y los embalses incorporaran otros 500 millones de metros cúbicos, la superficie podría aumentar considerablemente. Sin embargo, ese segundo supuesto depende de precipitaciones y aportaciones futuras que hoy no pueden darse por garantizadas.
La decisión verdadera llegará después. El Comité Hidráulico acordó posponer hasta finales de diciembre de 2026 la definición del plan de riegos de 2027 precisamente para observar cuánto logra recuperarse el sistema durante el otoño. Los usuarios solicitaron esperar porque una presa puede modificar de manera importante su almacenamiento durante una temporada favorable de escurrimientos. Esto significa que hablar hoy de un ciclo del 20 % es hablar de un escenario de riesgo, no de una sentencia definitiva. Pero también significa que, con los volúmenes actuales, todavía no existe fundamento para garantizar un ciclo agrícola normal.
Hay otra distinción importante. Jiménez no forma parte estrictamente del mismo espacio hidrogeológico que Delicias y Meoqui, aunque la problemática está conectada regionalmente. Delicias, Meoqui y buena parte de Saucillo y Rosales están relacionados con el acuífero Meoqui-Delicias, mientras que Jiménez y Camargo se encuentran bajo la influencia del acuífero Jiménez-Camargo y otros sistemas agrícolas del sur. Lo que une a estas regiones es una misma vulnerabilidad: agricultura intensiva en un territorio árido donde presas y aguas subterráneas han terminado funcionando como respaldo unas de otras.
Debajo de las presas existe una crisis todavía mayor.
El verdadero tamaño del problema aparece cuando se deja de mirar únicamente la superficie de La Boquilla y se observa lo que ocurre bajo tierra. La actualización oficial de disponibilidad publicada por CONAGUA para el acuífero Meoqui-Delicias establece una recarga media anual de 211.2 millones de metros cúbicos, mientras que el volumen de extracción utilizado en el cálculo oficial asciende a 378.3 millones. El resultado administrativo-hidrológico es una disponibilidad negativa de 167.1 millones de metros cúbicos al año. CONAGUA concluye expresamente que no existe volumen disponible para nuevas concesiones. El propio balance físico calculado en el estudio registra, además, que las descargas superan a la recarga y que el almacenamiento subterráneo disminuye.
El caso Jiménez-Camargo es extraordinariamente parecido. La CONAGUA calcula una recarga media anual de 174.9 millones de metros cúbicos, frente a un volumen de extracción registrado de aproximadamente 336.8 millones, además de 5.5 millones de metros cúbicos considerados como descarga natural comprometida. El resultado es una disponibilidad negativa de 167.37 millones de metros cúbicos anuales.
Estas cifras requieren una precisión periodística. Los documentos actualmente publicados por CONAGUA utilizan, para el componente de extracción registrada en estos balances, información del REPDA con corte al 30 de diciembre de 2022. Por ello no equivalen a una medición instantánea de lo extraído en 2026. Sin embargo, sí revelan el problema estructural reconocido oficialmente: los dos acuíferos tienen balances de disponibilidad profundamente negativos. La crisis, por tanto, no comenzó con la sequía de este año ni desaparecerá cuando vuelva una temporada lluviosa.
Y allí aparece uno de los mayores riesgos para 2027. Cuando hay poca agua superficial, la respuesta natural del productor que cuenta con infraestructura es encender el pozo. Pero cada metro cúbico que sustituye al agua de presa puede trasladar el déficit desde la superficie hacia el subsuelo. El problema no desaparece: simplemente cambia de lugar.
¿Por qué mucha lluvia no significa que se recuperó el acuífero?
Ésta es quizá la parte más importante para entender la crisis. Ver calles inundadas, arroyos corriendo o incluso una presa aumentando varios millones de metros cúbicos puede generar la impresión de que el agua perdida ya fue recuperada. Hidrológicamente no funciona así.
La propia CONAGUA ofrece una explicación particularmente clara en su balance del acuífero Jiménez-Camargo. Sobre los casi 9 mil 950 kilómetros cuadrados evaluados, calcula un volumen medio anual de precipitación equivalente a aproximadamente 3 mil 485.9 millones de metros cúbicos. De esa enorme cantidad, estima que alrededor del 90.2 % se pierde mediante evapotranspiración. Otros 167.3 millones de metros cúbicos se convierten en escurrimiento. El volumen susceptible de infiltrarse es de aproximadamente 174.9 millones de metros cúbicos, equivalente a un coeficiente de infiltración de apenas 0.0502, es decir, aproximadamente 5 % de la lluvia considerada por ese balance.
Esto no significa que exactamente el 5 % de cada tormenta penetre al subsuelo. El comportamiento cambia según intensidad, suelo, vegetación, pendiente, geología y lugar donde cae la precipitación. Lo que demuestra el cálculo es algo más profundo: lluvia y recarga de acuíferos no son sinónimos.
Una tormenta intensa puede incluso generar muchísimo escurrimiento superficial y relativamente poca infiltración profunda. El agua corre por cauces y arroyos, humedece los primeros centímetros o metros del suelo, se evapora posteriormente o termina en presas. Para alcanzar determinadas formaciones subterráneas debe infiltrarse lentamente a través del terreno y superar zonas donde raíces, evaporación y características geológicas consumen o desvían parte del agua.
También importa dónde llueve. Para La Boquilla no produce el mismo resultado una precipitación intensa sobre una zona urbana de Delicias que una temporada prolongada de lluvias sobre las partes altas de las subcuencas que alimentan al río Conchos. Para Las Vírgenes importan especialmente los escurrimientos relacionados con el sistema del río San Pedro. Una lluvia puede ser excelente para reducir temporalmente la necesidad de riego de una parcela y, al mismo tiempo, aportar muy poco a una presa.
Existe además una diferencia de tiempo. Una presa puede reaccionar en cuestión de horas o días ante una avenida importante. Un acuífero puede necesitar meses, años o periodos mucho mayores para que el agua infiltrada llegue a determinados niveles y produzca una recuperación mensurable. Y si al mismo tiempo continúan funcionando cientos o miles de pozos, la recarga nueva compite contra una extracción permanente.
Por eso la frase “ya llovió, ya se recuperó el agua” puede resultar engañosa. Las lluvias de finales de septiembre y principios de octubre de 2026 han producido un beneficio verdadero. La Boquilla incluso continuaba aumentando almacenamiento este 5 de octubre. Pero una aportación favorable durante varias semanas no borra automáticamente un balance subterráneo deficitario construido durante años.
Cuando la sequía obliga a sacar agua del subsuelo.
La región ya ha vivido este mecanismo. Los periodos de sequía hidrológica en la cuenca del Conchos han reducido históricamente la superficie irrigada y han impulsado una mayor utilización de agua subterránea como fuente complementaria. El problema es que esta estrategia funciona como una especie de crédito hídrico: permite salvar determinados cultivos durante el presente, pero si la extracción supera persistentemente a la recarga, la deuda queda acumulada bajo tierra.
El ciclo agrícola de 2026 ofrece una advertencia de lo que podría multiplicarse en 2027. El Distrito 005 comenzó la temporada con severas restricciones, con una superficie equivalente aproximadamente a tres de cada diez hectáreas respecto de su capacidad habitual. Un análisis publicado por El Diario estimó una disminución de hasta 70 % en la producción ligada a la superficie restringida y calculó pérdidas de entre 15 mil y 25 mil empleos agrícolas, particularmente entre trabajadores temporales. Las cifras laborales son estimaciones periodísticas y sectoriales, no una medición censal definitiva, pero muestran la dimensión social de una reducción del riego.
Si un escenario cercano al 20 % llegara a materializarse en 2027, la discusión dejaría rápidamente de ser un asunto exclusivo de productores. Menos hectáreas significan menos preparación de suelo, menos jornales, menor compra de fertilizantes, agroquímicos y combustible, menos transporte y menor movimiento económico en las ciudades que prestan servicios al campo. En una economía agrícola, una hectárea que no se siembra también deja de gastar.
El problema se vuelve todavía más difícil con los cultivos perennes. Un productor puede decidir no sembrar una parcela de maíz o cacahuate durante un año. Un nogal, en cambio, representa una inversión acumulada durante años y necesita agua para permanecer vivo aun cuando su producción sea menor. La alfalfa también tiene necesidades continuas. Por eso, cuando el agua se reduce, existe una presión económica enorme para proteger las plantaciones existentes, frecuentemente recurriendo a pozos. Durante 2026, nogal, maíz, alfalfa, chile y cacahuate estuvieron entre los cultivos señalados como particularmente afectados por las restricciones.
Así aparece una paradoja peligrosa: cuanto menos agua hay en las presas, mayor puede ser el incentivo para extraerla del subsuelo; y cuanto mayor es esa extracción, más vulnerable queda la región para la siguiente sequía.
Los pozos presuntamente irregulares: una cifra que debe tratarse con cuidado.
A la crisis natural y productiva se suma un conflicto de administración del agua. Organizaciones campesinas y activistas han denunciado desde hace años perforaciones, concesiones, transmisiones de derechos y aprovechamientos presuntamente irregulares en Chihuahua. Durante una investigación publicada por La Jornada en junio de 2026, el dirigente social Víctor Quintana Silveyra afirmó que existen aproximadamente 20 mil pozos registrados ante CONAGUA en el estado y habló de un cálculo extraoficial de alrededor de 6 mil pozos adicionales considerados “piratas”.
Aquí hay que marcar una diferencia fundamental: los seis mil no constituyen un censo oficial comprobado por CONAGUA. Es una estimación extraoficial atribuida a un actor social y debe presentarse como tal. En las fuentes abiertas revisadas para este reportaje no localicé un inventario gubernamental que confirme que existen exactamente seis mil pozos ilegales en Chihuahua y mucho menos que todos se encuentren dentro de la cuenca del Conchos. Convertir esa estimación en una cifra oficial sería incorrecto.
Pero la ausencia de un conteo público definitivo no vuelve irrelevante el problema. Cuando un acuífero ya presenta disponibilidad negativa, cualquier extracción no contabilizada, excedente o clandestina complica todavía más la posibilidad de conocer su balance real. Si la autoridad calcula disponibilidad utilizando concesiones y registros, pero una fracción del agua sale mediante aprovechamientos que no aparecen adecuadamente medidos, el manejo del acuífero pierde precisión justamente cuando más necesita conocer cada metro cúbico.
Esta es una de las investigaciones que más debería profundizarse en Chihuahua durante 2027: cruzar el REPDA, registros de electricidad agrícola, imágenes satelitales de superficies cultivadas, inspecciones de campo y ubicación de pozos permitiría comenzar a dimensionar la distancia entre el agua administrativamente autorizada y el agua físicamente extraída.
2027 tendrá al menos tres caminos posibles.
Con los datos disponibles al 5 de octubre, es imposible afirmar con rigor cuál será la superficie autorizada para 2027. El primer escenario es el más duro: que octubre, noviembre y diciembre no produzcan suficientes aportaciones adicionales y se consolide un ciclo extraordinariamente restringido, cercano al escenario de unas 20 mil hectáreas planteado por productores.
Un segundo escenario sería una recuperación parcial que permitiera autorizar un ciclo restringido pero mayor, parecido o superior al de 2026. El tercero dependería de aportaciones extraordinarias en las cuencas altas y de una recuperación considerable de las presas antes de diciembre. Existe optimismo entre algunos productores sobre esta posibilidad, pero todavía es una expectativa meteorológica, no agua físicamente almacenada.
La diferencia entre estos escenarios se medirá en millones de metros cúbicos, pero sus consecuencias se medirán en vidas cotidianas. Para un módulo de riego será una lámina de agua. Para una familia jornalera puede representar varios meses de empleo. Para un pequeño agricultor puede significar sembrar o dejar la tierra en descanso. Para un comerciante de Delicias, Meoqui, Saucillo o Camargo puede ser la diferencia entre una temporada con ventas y otra de contracción.
La tecnificación ayuda, pero no puede fabricar agua.
Una parte de la respuesta pasa necesariamente por reducir pérdidas: revestimiento y entubamiento de canales, nivelación de tierras, medición volumétrica, automatización de compuertas, sistemas presurizados y riego adaptado al cultivo. Pero incluso la infraestructura más eficiente tiene un límite físico. Puede hacer que una cantidad de agua produzca más alimento; no puede convertir un acuífero deficitario en uno equilibrado mientras las extracciones continúen superando su recuperación.
Lo mismo ocurre con la selección de cultivos. En escenarios extremos será cada vez más difícil sostener superficies crecientes de especies de alto consumo hídrico sin vincular su expansión a una contabilidad rigurosa del agua disponible. La discusión de fondo no es solamente qué cultivo deja más dinero por hectárea, sino cuánto valor económico puede producirse por metro cúbico sin comprometer el agua que necesitará la siguiente generación.
Y ninguna política de eficiencia funcionará plenamente si al mismo tiempo permanecen extracciones clandestinas o volúmenes superiores a los autorizados. Tecnificar un canal mientras se tolera el bombeo sin medición sería intentar cerrar una fuga dejando abierta otra.
La lluvia dio un respiro; no borró la deuda.
El centro-sur de Chihuahua se encuentra frente a una realidad incómoda. El problema del agua ya no puede explicarse únicamente diciendo que “no ha llovido”. La sequía meteorológica importa enormemente, pero debajo de ella existe otra crisis: una estructura productiva que ha utilizado durante años presas y acuíferos para sostener agricultura intensiva en una región donde la disponibilidad natural es limitada.
La cifra más reveladora quizá no sea el 24.17 % que hoy marca La Boquilla. Tampoco el posible 20 % del Distrito de Riego 005 para 2027. Es la comparación entre lo que entra y lo que sale del subsuelo. Meoqui-Delicias registra oficialmente una disponibilidad negativa cercana a 167.1 millones de metros cúbicos anuales; Jiménez-Camargo, de aproximadamente 167.4 millones. Son dos señales independientes de que el problema no termina en la superficie de una presa.
Puede llover mucho durante una semana. Puede crecer el río. Puede subir La Boquilla varios puntos y regresar temporalmente el optimismo al campo. Todo eso importa. Pero para recuperar de verdad el sistema se necesita algo mucho más difícil: que durante suficiente tiempo ingrese más agua de la que se extrae.
Por eso 2027 podría convertirse en un año decisivo para la cuenca del Conchos. No solamente porque determinará cuántas hectáreas podrán sembrarse, sino porque obligará a Chihuahua a responder una pregunta que durante años pudo aplazar gracias a sus presas y pozos: ¿qué agricultura puede sostener realmente un desierto cuando el agua almacenada deja de alcanzar y el agua subterránea también comienza a agotarse?
Corte de la investigación: 5 de octubre de 2026. Las cifras del ciclo 2027 todavía pueden cambiar considerablemente con los escurrimientos de octubre a diciembre; por eso, el dato del 20 % debe manejarse como escenario sectorial actual y no como superficie oficialmente autorizada.