Chihuahua antes del desierto: así era la vida durante el Cretácico

Mucho antes de que Chihuahua fuera una tierra de dunas, matorrales y grandes llanuras secas, una parte considerable de su territorio permaneció bajo mares cálidos y poco profundos. Conforme las aguas retrocedieron, surgieron deltas, estuarios, pantanos y bosques donde convivieron dinosaurios herbívoros, tiranosáuridos, cocodrilos gigantes, tortugas y los últimos saurópodos de América del Norte.

HISTORIASMX. – Para imaginar el territorio de Chihuahua durante el Cretácico es necesario borrar casi todo lo que hoy reconocemos. No existían la Sierra Madre Occidental como la conocemos, el desierto chihuahuense todavía no se había formado y las extensas planicies actuales no estaban cubiertas por mezquites, gobernadoras, nopales ni pastizales. En diferentes momentos, buena parte del estado fue fondo marino, plataforma costera, estuario, delta, pantano o bosque cálido.

El Cretácico comenzó hace aproximadamente 145 millones de años y terminó hace 66 millones, con la extinción masiva que eliminó a todos los dinosaurios no avianos. Fueron casi 80 millones de años de transformaciones. Por eso no puede hablarse de un único “Chihuahua cretácico”: el paisaje cambió conforme el mar avanzaba o retrocedía, la corteza terrestre se deformaba y los sedimentos iban rellenando antiguas cuencas.

Las rocas que afloran en Ojinaga, Aldama, Coyame, Cuchillo Parado, la región de Ciudad Juárez y otros puntos del norte y oriente del estado son páginas de esa historia. En ellas han quedado conchas, amonites, madera petrificada, dientes, huesos, caparazones y huellas. Los fósiles revelan un mundo en el que la frontera entre tierra y mar se desplazaba continuamente.

Cuando Chihuahua estaba debajo del mar.

Durante gran parte del Cretácico temprano y medio, el clima global fue considerablemente más cálido que el actual. No existían grandes casquetes polares permanentes y el nivel de los océanos era elevado. El agua marina penetró sobre amplias regiones del continente y dividió temporalmente América del Norte mediante el llamado Mar Interior Occidental, un enorme corredor que conectó, con variaciones a lo largo del tiempo, las aguas árticas con las del Golfo de México.

El actual territorio de Chihuahua se encontraba en el margen suroccidental de ese sistema marino. No todo el estado permaneció sumergido al mismo tiempo ni a la misma profundidad. Había plataformas carbonatadas someras, zonas arrecifales, lagunas costeras y sectores de mar abierto. El registro geológico muestra sucesivas transgresiones —avances del océano sobre el continente— y regresiones, cuando el mar retrocedía.

La Caliza Aurora, expuesta en el oriente de Chihuahua y cuya localidad tipo se encuentra en Cuchillo Parado, se formó en ambientes marinos durante el Cretácico. Sus rocas calizas representan antiguos fondos y plataformas donde vivieron moluscos, organismos constructores de arrecifes y numerosas criaturas marinas. Estudios regionales describen estas calizas como depósitos neríticos y subarrecifales, es decir, formados en mares relativamente someros y con abundante vida.

Entre los habitantes más representativos se encontraban los rudistas, moluscos bivalvos de formas muy distintas a las almejas actuales. Algunas especies desarrollaban una valva cónica, gruesa y fija al fondo, mientras la otra funcionaba como una tapa. Al agruparse podían producir estructuras semejantes a arrecifes. Junto con ellos existieron ostras, gasterópodos, equinoideos, esponjas, algas calcáreas, crustáceos, peces y pequeños organismos planctónicos.

Los amonites, cefalópodos de concha enrollada relacionados lejanamente con pulpos y calamares, fueron comunes en aquellos mares. Su rápida evolución y amplia distribución permiten a los paleontólogos estimar la edad de las rocas. En el norte de Chihuahua se han estudiado asociaciones de amonites correspondientes a diferentes etapas del Cretácico, especialmente en la región de Ojinaga y La Mula.

Un litoral que avanzaba y retrocedía.

Hacia el final del Cretácico, el paisaje comenzó a transformarse. La acumulación de sedimentos transportados desde zonas continentales y los cambios tectónicos hicieron que algunos sectores marinos fueran ocupados gradualmente por playas, estuarios, canales, deltas y llanuras de inundación.

La Formación Ojinaga, compuesta principalmente por lutitas, margas, areniscas y otras rocas sedimentarias, conserva evidencia de un mar de profundidad variable, con importantes aportes de sedimento procedentes del continente. Algunos niveles se depositaron en una plataforma abierta; otros, en ambientes de circulación restringida y bajos niveles de oxígeno.

Durante el Turoniano, hace alrededor de 94 a 90 millones de años, la cuenca de Chihuahua se comunicaba con el Mar Interior Occidental. El área de Ojinaga funcionaba como parte de un complejo margen marino donde podían mezclarse corrientes profundas saladas y aportes de agua dulce procedentes del continente.

Mucho tiempo después, algunos sectores se convirtieron en sistemas deltaicos. Los ríos llevaban arena, arcilla, troncos y restos orgánicos hacia la costa. Se formaban canales que cambiaban de curso, lagunas salobres, marismas y pantanos. Los depósitos de carbón encontrados en la cuenca de Ojinaga son una señal de la acumulación y enterramiento de vegetación en ambientes húmedos, con poco oxígeno y abundante materia orgánica. Los estudios geológicos interpretan una parte de estas secuencias como un sistema deltaico que avanzaba hacia el sureste.

En otras palabras, una región hoy extremadamente seca albergó pantanos y bosques capaces de producir acumulaciones de materia vegetal que, enterradas durante millones de años, dieron origen a mantos carbonosos.

El depredador que nadaba sobre Chihuahua.

Uno de los descubrimientos más reveladores ocurrió en San Antonio El Bravo, municipio de Ojinaga, aproximadamente 84 kilómetros al noroeste de la cabecera municipal. En rocas de la Formación Ojinaga se encontró el cráneo incompleto de un mosasaurio con características cercanas al género Tylosaurus.

Los mosasaurios no eran dinosaurios, sino enormes lagartos marinos adaptados completamente a la vida acuática. Tenían cuerpos alargados, extremidades transformadas en aletas, mandíbulas poderosas y dientes cónicos adecuados para capturar peces, tortugas, aves marinas, ammonites y otros reptiles.

El ejemplar chihuahuense conserva un cráneo de aproximadamente 54.8 centímetros, con hocico largo y forma de “V”. Presentaba entre 12 y 13 posiciones dentales en cada maxilar y mandíbula. El análisis anatómico lo relacionó especialmente con los tilosaurinos, un grupo que llegó a ocupar la parte superior de las cadenas alimenticias marinas.

El fósil es importante porque corresponde al Turoniano, una etapa temprana de la diversificación de estos reptiles. Confirma que sobre una parte del territorio chihuahuense nadaron depredadores marinos cuando todavía existían mares abiertos en la región.

No debía tratarse de un océano vacío. Bajo la superficie se desplazaban peces óseos y cartilaginosos; en el fondo vivían moluscos, equinodermos y crustáceos; mientras amonites y otros cefalópodos ocupaban diferentes niveles de la columna de agua. El mosasaurio se encontraba en la cúspide de este ecosistema.

También se han reportado en el estado restos relacionados con pliosáuridos, otro linaje de reptiles marinos, procedentes de depósitos del Cretácico temprano en Cuchillo Parado. Su estudio continúa y muestra cuánto falta todavía por conocer del patrimonio paleontológico chihuahuense.

La aparición de las tierras de dinosaurios.

Cuando el mar se retiró de algunas zonas, los ambientes terrestres se extendieron. Durante el Cretácico tardío, la cuenca de Ojinaga quedó asociada con la parte sur de Laramidia, la gran franja continental situada al oeste del Mar Interior Occidental.

Las formaciones Aguja, Javelina y unidades relacionadas conservan evidencia de una fauna diversa. En la cuenca de Ojinaga han sido identificados restos pertenecientes a las familias Hadrosauridae, Ceratopsidae, Nodosauridae, Tyrannosauridae y Saltasauridae. No significa que todos hayan vivido exactamente juntos, en el mismo sitio y momento, pero sí que distintos ecosistemas de la región sostuvieron una comunidad compleja de grandes vertebrados durante el Cretácico tardío.

Los hadrosáuridos, conocidos popularmente como dinosaurios de pico de pato, eran herbívoros capaces de desplazarse sobre dos o cuatro extremidades. Poseían baterías dentales formadas por numerosos dientes que se reemplazaban continuamente, adecuadas para triturar vegetación fibrosa. Los fragmentos encontrados en Chihuahua indican que formaron parte importante de las comunidades terrestres.

No se trataba simplemente de animales enormes caminando sin rumbo. Debían buscar alimento, agua, zonas seguras para reproducirse y rutas para atravesar planicies inundables. Los ríos y humedales ofrecían vegetación abundante, pero también representaban riesgos: crecientes repentinas, suelos pantanosos y depredadores emboscados en las orillas.

Los ceratópsidos eran herbívoros cuadrúpedos con cráneos robustos, picos, golas óseas y, dependiendo de la especie, cuernos. Los fósiles chihuahuenses son todavía fragmentarios y no siempre permiten determinar géneros o especies. Por ello resulta más correcto hablar de representantes de la familia que atribuirlos automáticamente a dinosaurios conocidos en Estados Unidos o Canadá.

También existieron nodosáuridos, dinosaurios acorazados cuyo cuerpo estaba protegido por placas y nódulos óseos. Eran animales bajos, pesados y herbívoros. Su armadura no los convertía en seres invulnerables, pero proporcionaba una defensa importante frente a los grandes depredadores.

Tiranosáuridos: los cazadores del ecosistema.

La presencia de restos atribuidos a Tyrannosauridae confirma la existencia de grandes dinosaurios carnívoros en el Cretácico tardío de Chihuahua. Sin embargo, no todo resto de tiranosáurido debe identificarse como Tyrannosaurus rex. La familia incluyó diferentes géneros y especies, y muchos fósiles aislados —especialmente dientes— no conservan suficientes características para realizar una identificación precisa.

Estos depredadores poseían cráneos fuertes, dientes capaces de soportar grandes fuerzas y extremidades posteriores adaptadas para sostener el cuerpo. Es probable que se alimentaran tanto mediante la caza como aprovechando cadáveres, una combinación común entre los grandes carnívoros.

Junto a ellos pudieron existir terópodos más pequeños, algunos ágiles y provistos de dientes cortantes. Las comparaciones paleobiogeográficas sugieren vínculos entre las faunas del norte de Chihuahua y las de Big Bend, Texas, pero la evidencia local debe analizarse de manera independiente. Las similitudes geológicas no autorizan a trasladar automáticamente todas las especies texanas al lado mexicano.

La vida de aquellos animales estaría marcada por periodos de abundancia y escasez. Las sequías estacionales podían reducir los cuerpos de agua, concentrando herbívoros y depredadores alrededor de ríos y lagunas. Durante las lluvias, las crecientes transportaban sedimentos, troncos y ocasionalmente cadáveres. El enterramiento rápido de algunos restos permitió su fosilización.

Alamosaurus, un gigante en las llanuras chihuahuenses.

Uno de los hallazgos más notables es el material atribuido a Alamosaurus sanjuanensis, un saurópodo titanosaurio del final del Cretácico. Los saurópodos eran dinosaurios de cuello y cola largos, cuerpo voluminoso y extremidades semejantes a columnas.

En Chihuahua se han recuperado fragmentos de extremidades y otros restos relacionados con este animal. Un informe preliminar describió material de un individuo adulto que pudo alcanzar alrededor de 25 metros de longitud, aunque las estimaciones derivadas de restos incompletos deben manejarse con prudencia.

Alamosaurus fue uno de los últimos grandes saurópodos de América del Norte. Su presencia en Chihuahua tiene implicaciones paleobiogeográficas, pues ayuda a estudiar posibles intercambios de fauna entre Norteamérica y regiones meridionales durante el Cretácico tardío.

Imaginarlo atravesando una llanura de inundación permite comprender la escala de aquel ecosistema. Un animal de esas dimensiones necesitaba consumir grandes cantidades de plantas y desplazarse entre áreas con suficiente alimento. Su paso abriría senderos, derribaría ramas y modificaría la vegetación, de manera similar —aunque a una escala mayor— al efecto que los elefantes producen actualmente en algunos ambientes.

Deinosuchus: el peligro oculto en el agua.

Los ríos y estuarios no eran refugios completamente seguros. En la Formación Aguja de Chihuahua se han recuperado evidencias de Deinosuchus riograndensis, un enorme crocodiliforme del Cretácico tardío.

Deinosuchus poseía un cráneo masivo y dientes robustos. Los ejemplares más grandes de este género superaron ampliamente el tamaño de los cocodrilos actuales. Podía capturar tortugas, peces y animales que se acercaran a la orilla; no se descarta que atacara dinosaurios de tamaño considerable.

Un ejemplar estudiado en Chihuahua mostró lesiones severas en la mandíbula que habían comenzado a sanar, posiblemente relacionadas con una mordida de otro individuo. El hallazgo permite observar algo más que anatomía: registra un episodio de violencia, supervivencia y recuperación ocurrido hace decenas de millones de años. Aquel animal resultó herido, permaneció vivo durante algún tiempo y su tejido óseo comenzó a repararse antes de morir.

Esta evidencia humaniza, en sentido narrativo, la reconstrucción paleontológica. Los fósiles no pertenecieron a criaturas inmóviles de museo, sino a organismos que competían, enfermaban, sufrían lesiones y trataban de sobrevivir.

Tortugas en ríos, lagunas y pantanos.

La Formación Aguja también conserva una diversidad significativa de tortugas no marinas. Su presencia confirma la existencia de cuerpos de agua dulce, humedales y ambientes costeros. Algunas especies debieron vivir en ríos; otras, en estanques, pantanos o zonas próximas a estuarios.

Las tortugas constituyen indicadores ambientales valiosos porque su anatomía suele reflejar modos de vida específicos. Caparazones aplanados pueden asociarse con especies acuáticas, mientras estructuras más robustas pueden corresponder a formas terrestres o semiacuáticas. El estudio de ejemplares procedentes de localidades chihuahuenses ha ampliado el conocimiento de estas comunidades del Cretácico tardío.

Junto con cocodriliformes, peces y pequeños reptiles, las tortugas ocupaban los niveles intermedios de la red alimentaria. Consumían plantas, invertebrados, peces o materia orgánica, dependiendo de la especie, y a su vez eran presas potenciales de grandes depredadores.

Los bosques perdidos de Chihuahua.

La vegetación cretácica no era igual a la actual. Durante este periodo, las plantas con flores —las angiospermas— se diversificaron y comenzaron a ocupar numerosos ambientes que antes estaban dominados principalmente por coníferas, helechos, cícadas y otros grupos.

La Formación San Carlos, expuesta en sectores del centro-oriente y noreste de Chihuahua, conserva numerosos fragmentos de madera fósil. Los estudios anatómicos han identificado maderas relacionadas con coníferas y con diferentes grupos de plantas con flores.

Entre los hallazgos se encuentra Javelinoxylon, una madera fósil con afinidades dentro de las malváceas en sentido amplio. El ejemplar de Chihuahua representa uno de los registros tempranos de angiospermas leñosas en el estado y posee características internas que ayudan a comprender la evolución de los árboles con flores.

También se han estudiado maderas semejantes a Agathoxylon y otros tipos de gimnospermas, así como nuevas formas de dicotiledóneas. Esta diversidad indica que no existía un bosque uniforme, sino comunidades vegetales complejas que podían variar entre las zonas húmedas de los ríos, las planicies de inundación y los terrenos mejor drenados.

La presencia de carbón, troncos petrificados y madera con afinidades botánicas diferentes permite imaginar bosques cálidos donde crecían coníferas y angiospermas. Helechos y plantas bajas ocuparían las áreas húmedas, mientras lianas, arbustos y árboles formaban varios niveles de vegetación.

No existe evidencia suficiente para asignar al paisaje chihuahuense una apariencia idéntica a una selva tropical moderna. Era un ecosistema sin pastizales extensos como los actuales y con combinaciones de plantas que hoy resultarían extrañas. Las gramíneas apenas comenzaban su historia evolutiva y todavía no dominaban grandes territorios.

El clima: calor, humedad y estaciones.

El mundo cretácico fue, en términos generales, un planeta de invernadero. Las temperaturas globales eran elevadas y el nivel del mar se encontraba muy por encima del actual. Sin embargo, esto no significa que todos los lugares fueran permanentemente húmedos.

Los depósitos de ríos, deltas, pantanos y suelos antiguos sugieren alternancia entre temporadas húmedas y periodos de menor precipitación. Las crecidas podían inundar grandes extensiones, mientras la estación seca reducía lagunas y concentraba a los animales alrededor del agua disponible.

El análisis de la madera fósil aporta pistas adicionales. La presencia o ausencia de anillos de crecimiento y la anatomía de los vasos conductores permiten investigar si los árboles experimentaban cambios estacionales. Algunos ejemplares de la Formación San Carlos carecen de anillos claramente marcados, lo que puede relacionarse con crecimiento relativamente continuo; sin embargo, ningún rasgo aislado permite reconstruir por sí mismo todo el clima regional.

Lo más probable es que coexistieran ambientes cálidos con diferentes grados de humedad: costas, manglares o comunidades análogas —sin afirmar que fueran idénticas a las modernas—, pantanos interiores, bosques ribereños y terrenos con estaciones secas más pronunciadas.

La vida cotidiana hace 70 millones de años.

Al amanecer, una planicie de inundación podía cubrirse con neblina. Insectos volaban entre plantas con flores primitivas; pequeños vertebrados se desplazaban bajo la hojarasca; tortugas permanecían cerca del agua y algún crocodiliforme esperaba inmóvil en la ribera. Grupos de hadrosáuridos avanzaban entre canales buscando vegetación, mientras un nodosáurido recorría lentamente el sotobosque protegido por su armadura.

A la distancia, un Alamosaurus adulto podía elevar el cuello sobre el dosel. Su tamaño lo hacía difícil de atacar, aunque las crías y los ejemplares enfermos serían vulnerables. Los tiranosáuridos seguían los movimientos de los herbívoros y aprovechaban cualquier oportunidad.

No era un paraíso inmóvil. Había inundaciones, incendios, enfermedades, sequías, competencia y depredación. Muchos animales morían sin dejar rastro. Para que un organismo se convirtiera en fósil tenían que coincidir condiciones excepcionales: enterramiento relativamente rápido, protección frente a carroñeros y descomposición, mineralización y supervivencia de la roca durante millones de años.

Por eso el registro disponible es incompleto. Cada diente o fragmento de hueso representa apenas una pieza de un ecosistema mucho mayor.

Las huellas de la frontera norte.

En el entorno de Cerro de Cristo Rey, en la región compartida por Chihuahua, Nuevo México y Texas, se han documentado huellas de dinosaurios en sedimentos del Albiano-Cenomaniano. Las capas representan antiguos ambientes deltaicos, litorales y de marea.

Las pisadas corresponden principalmente a diferentes tipos de ornitópodos y terópodos. Algunas marcas han sido interpretadas como rastros producidos en agua poco profunda. Estas evidencias permiten reconstruir un espacio fronterizo que, hace alrededor de 100 millones de años, era una costa fangosa transitada por dinosaurios.

Una huella aporta información distinta a un hueso. Registra movimiento: dirección, velocidad aproximada, distribución del peso y, en ocasiones, desplazamiento grupal. Es una impresión de pocos segundos preservada durante millones de años.

El final del Cretácico.

Hace 66 millones de años, un asteroide de aproximadamente diez kilómetros de diámetro impactó en lo que actualmente es la península de Yucatán y formó el cráter de Chicxulub. El choque lanzó enormes cantidades de polvo, aerosoles y material vaporizado a la atmósfera. Incendios, oscuridad, alteraciones climáticas y el colapso de las cadenas alimenticias contribuyeron a una extinción masiva global.

En Chihuahua desaparecieron los dinosaurios no avianos, los mosasaurios y los amonites, al igual que numerosos organismos terrestres y marinos. Sobrevivieron algunos linajes de aves, mamíferos, cocodriliformes, tortugas, peces, anfibios e insectos, entre otros.

No debe suponerse que el paisaje actual apareció inmediatamente después. El desierto chihuahuense es muchísimo más joven. Tras el Cretácico ocurrieron levantamientos montañosos, actividad volcánica, erosión, formación de nuevas cuencas y grandes cambios climáticos. Millones de años de procesos geológicos transformaron los antiguos mares y bosques en sierras, llanuras y desiertos.

Un patrimonio todavía incompleto.

El registro paleontológico de Chihuahua es extraordinario, pero permanece menos estudiado que el de regiones como Coahuila, Alberta, Montana o el vecino Big Bend. Grandes extensiones son remotas, algunos afloramientos están cubiertos por sedimentos recientes y muchos fósiles aparecen fragmentados por la erosión.

Esto obliga a distinguir entre tres niveles de conocimiento: los organismos confirmados mediante fósiles encontrados en Chihuahua; aquellos identificados solamente a nivel de familia; y las especies conocidas en regiones vecinas cuya presencia en el estado todavía no ha sido demostrada. Mantener esa diferencia es indispensable para una divulgación responsable.

Los yacimientos no son bancos de recuerdos que puedan saquearse sin consecuencias. Cuando un fósil es retirado sin registrar su ubicación, orientación y estrato, pierde gran parte de su valor científico. Un hueso aislado puede resultar llamativo; un hueso acompañado de información geológica puede revelar la edad del animal, el ambiente donde murió y su relación con otros organismos.

En México, los fósiles forman parte del patrimonio nacional. Su búsqueda científica debe efectuarse bajo los procedimientos institucionales correspondientes. La protección de las localidades es fundamental frente al saqueo, el comercio ilegal, la construcción y la destrucción accidental de los estratos.

Chihuahua, memoria de un mundo desaparecido.

Debajo del desierto existe la memoria mineral de otros planetas posibles. Las montañas guardan antiguos fondos oceánicos. Las lutitas fueron lodo marino. Algunos bancos de caliza se construyeron con restos de organismos. Los mantos de carbón comenzaron como vegetación de pantano. Las areniscas fueron playas, canales o deltas recorridos por animales que hoy parecen imposibles.

Chihuahua fue mar y después litoral. Fue estuario, humedal, bosque y planicie de dinosaurios. Sobre sus aguas nadaron mosasaurios; en sus ríos acecharon cocodriliformes gigantes; en tierra caminaron hadrosáuridos, ceratópsidos, nodosáuridos, tiranosáuridos y enormes saurópodos.

La paleontología no permite reconstruir cada sonido, color o conducta con absoluta precisión. Sin embargo, las rocas conservan suficiente evidencia para afirmar que el actual estado no siempre fue un territorio seco. Su pasado contiene océanos perdidos, bosques petrificados y comunidades enteras extinguidas.

Cada fósil recuperado científicamente amplía esa historia. No habla solamente de criaturas gigantes, sino también de cambios climáticos, transformación de continentes, evolución biológica y fragilidad ambiental. Estudiar el Cretácico de Chihuahua significa mirar un mundo desaparecido, pero también reconocer que ningún paisaje es permanente y que incluso los ecosistemas más poderosos pueden cambiar para siempre.

Por: Gorki Belisario Rodríguez Ávila.

Fuentes principales consultadas

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