Lo que para muchos sería un punto final, para él fue apenas una coma. Desde su casa, con una silla prestada, un espejo y dos máquinas humildes, empezó a cortar cabello a vecinos y amigos. La barbería, más que una vocación, se convirtió en una tabla de salvación.
Jiménez, Chihuahua — En lo alto del Mercado Municipal, entre aromas de fruta fresca, voces callejeras y el ir y venir cotidiano del pueblo, hay un pequeño local que ha visto renacer la esperanza al ritmo del zumbido de una máquina de cortar cabello. Se trata del local número 21, la trinchera donde Abdiel Meza —un joven barbero de 17 años— corta, traza y transforma mucho más que estilos: corta derrotas, traza futuro y transforma vidas.
Un comienzo sin moldes ni manual.
«Tenía 14 años cuando me corrieron de la primera barbería donde trabajé», recuerda Abdiel, sin rodeos, mientras acomoda las herramientas sobre su mesa. “No fui responsable, la neta. No iba a trabajar. Me dejaron ir, y me fui a mi casa derrotado”.

Lo que para muchos sería un punto final, para él fue apenas una coma. Desde su casa, con una silla prestada, un espejo y dos máquinas humildes, empezó a cortar cabello a vecinos y amigos. La barbería, más que una vocación, se convirtió en una tabla de salvación.
Pero la chispa se encendió mucho antes.
«Yo era cliente de mis amigos barberos. Los veía trabajar, los admiraba. Un día vi que había un curso aquí en Jiménez, allá por donde está el Seguro, y no lo dudé», relata. El curso duró cuatro meses. Al salir, se inscribió en otro. “Cada barbero enseña diferente”, dice con humildad, «y yo quería aprender de todos».
La abuela sin piernas que lo sostuvo de pie.
Abdiel no estaría hoy donde está sin una mujer que, sin piernas, lo impulsó a caminar.
«Mi abuelita, que en realidad fue como mi mamá, fue la que me ayudó a pagar los cursos. Ella ya no tenía sus dos piernas, pero luchaba todos los días. Cuando yo pensaba en rendirme, la pensaba a ella», confiesa, con un nudo que aún no se desata. “Ella quería verme lograrlo, y yo no quería hacer que todo su esfuerzo fuera en vano”.
Su nombre era María Uribe. Y aunque ya no está físicamente, Abdiel lleva su legado tatuado en el alma: “Ella me dio todo cuando yo no tenía nada”.
Caídas que enseñan más que los diplomas.
Después de trabajar medio año en una barbería conocida en Jiménez, lo despidieron. De nuevo, el corte fue abrupto, pero no definitivo.
“Volví a empezar desde cero. Me fui a cortar el cabello a mi casa, luego una tía me ayudó con un local pequeño y poco a poco fui levantando”, cuenta Abdiel. Pero el ascenso no fue una línea recta. Cuando finalmente se mudó a un local más formal, perdió muchos de sus clientes. “Me decían que ya les quedaba lejos, y otra vez, desde abajo. Pero eso también te enseña”.

Fue en febrero de 2024 cuando abrió su barbería en el mercado municipal. Hoy, un año después, dice con orgullo que ha duplicado su clientela. Además de los cortes, ahora imparte cursos de barbería para nuevos talentos. “Duran mes y medio, y vemos desde el uso de la máquina hasta las técnicas básicas. Me gusta enseñar lo que a mí me costó aprender”.
Más que un barbero, un ejemplo
Abdiel no se considera “el mejor barbero de Jiménez”, pero sí “uno de los mejores”. Sin arrogancia, pero con convicción. “Para ser el mejor, primero hay que ser buena persona. La humildad es lo más importante. Hay que tratar bien a todos”.
Cuando se le pregunta cuál es su mayor sueño, no duda: “Ganar una competencia a nivel nacional. Ser alguien importante en el mundo de la barbería. Yo quiero sobresalir, hacer ruido”.
Pero más allá de los concursos, Abdiel ya ganó algo que no se premia con trofeos: el respeto de quienes conocen su historia.
Donde encontrarlo
Para quienes buscan un corte de calidad, una charla sincera o simplemente inspiración, Abdiel Meza está en el local 21 de la planta alta del Mercado Municipal de Jiménez, Chihuahua. Se le puede contactar al 629 127 0863.

Hoy, cada corte que hace lleva la precisión de su técnica y el peso de su historia. Una historia que comenzó con tropiezos, que encontró fuerza en una abuela sin piernas y que sigue escribiéndose, navaja en mano, en cada cliente que se sienta en su silla.
Por: Gorki Rodríguez.