La expansión agrícola de gran escala amenaza los acuíferos, el suelo y la biodiversidad de la Reserva de la Biosfera Mapimí
HISTORIASMX. – El agua de Mapimí no desemboca en el mar. Las lluvias, escasas e irregulares, caen sobre planicies salinas, matorrales, dunas y sierras aisladas; producen arroyos fugaces y terminan en lagunas temporales o regresan rápidamente a la atmósfera por evaporación. Esa condición endorreica —cuencas cerradas sin salida al océano— explica por qué el paisaje puede parecer inmenso, pero su agua renovable es extraordinariamente limitada. También explica por qué establecer agricultura de riego a gran escala dentro de la Reserva de la Biosfera Mapimí o en sus bordes no sería solamente una decisión productiva: sería una intervención sobre un sistema hidrológico que ya presenta déficit, abatimiento y pérdida de almacenamiento.
Conviene aclarar desde el principio una confusión frecuente. La llamada “Zona del Silencio” no es una cuenca ni un acuífero reconocido oficialmente. El Programa de Manejo la identifica como una pequeña loma situada aproximadamente cinco kilómetros al este del caserío de Las Lilas, dentro de una subzona de uso público. Por tanto, no es técnicamente correcto afirmar que varios acuíferos “confluyen” en ese punto. Lo que existe es un mosaico regional de cuencas superficiales cerradas y unidades administrativas de agua subterránea que rodean, colindan o se relacionan con la reserva. Determinar qué acuífero subyace a una parcela concreta exige superponer oficialmente el polígono del proyecto, la zonificación del área protegida y las delimitaciones de CONAGUA.
La reserva abarca 342,388 hectáreas distribuidas entre Durango, Coahuila y Chihuahua. Aproximadamente 62.9% se encuentra en Durango, 22.4% en Coahuila y 14.7% en Chihuahua. Su red superficial pertenece principalmente a tres subcuencas cerradas: Laguna de Palomas, que comprende cerca de 60% de la reserva; Laguna del Rey, 25%, y Laguna de Puerto Rico, 15%. Sus cauces son intermitentes y las lagunas se forman sólo cuando las precipitaciones son suficientes. El hecho de que una tormenta produzca una lámina temporal de agua no significa que ésta recargue proporcionalmente los acuíferos: una gran parte se evapora, otra escurre sobre suelos finos y salinos y sólo una fracción pequeña se infiltra.
Un desierto con apenas cuarenta días de lluvia.
El Programa de Manejo clasifica el clima como BWhw(e): muy árido, semicálido, con lluvias estivales y oscilaciones térmicas extremas. La precipitación media anual es de apenas 264 milímetros, pero el promedio esconde una variabilidad crítica: se han registrado años de 512 milímetros y otros de sólo 80. En promedio llueve cuarenta días al año; 71% del agua cae entre junio y septiembre y apenas 9% durante el invierno. La temperatura media es de 20.8 °C, con promedios mensuales que van de 3.9 °C en enero hasta 37.4 °C en junio.
Los estudios de los acuíferos confirman que no sólo llueve poco: la demanda atmosférica de agua es varias veces mayor que la precipitación. En Laguna de Palomas se estiman 324.45 milímetros de lluvia frente a 1,821.46 milímetros de evaporación potencial, una relación de 5.6 a uno. En Laguna El Rey la diferencia es todavía mayor: 275.3 milímetros de precipitación y 1,926 milímetros de evaporación potencial, prácticamente siete a uno. El propio estudio técnico de este último acuífero señala que, bajo esas condiciones, la probabilidad de éxito de la agricultura de temporal es muy baja.
Una investigación reciente basada en entrevistas y observación de campo dentro de la reserva añade la experiencia de sus habitantes. Los pobladores y guardaparques describieron un inicio más tardío de las lluvias, periodos secos que se prolongan hacia el verano y tormentas más intensas, breves y localizadas. Son percepciones locales, no una serie meteorológica instrumental, pero resultan coherentes con un territorio donde ya se emplean bordos semicirculares, microcuencas y otras obras para retener humedad, frenar la erosión y recuperar pastizales. La respuesta adaptativa que se está promoviendo es conservar cada milímetro de lluvia, no abrir grandes superficies que demanden bombeo permanente.
Los acuíferos bajo presión.
En la fórmula de CONAGUA, la disponibilidad media anual —DMA— se obtiene restando de la recarga la descarga natural comprometida y el volumen de extracción inscrito o considerado administrativamente. Un resultado negativo significa que ya no existe volumen disponible para nuevas concesiones. Un resultado positivo no garantiza por sí solo sostenibilidad física: puede depender de extracciones registradas inferiores al bombeo real, de información piezométrica incompleta o de una descarga ecológica todavía no cuantificada.
Los principales acuíferos del entorno hidrogeográfico de la reserva presentan el siguiente panorama. Las cantidades están expresadas en hectómetros cúbicos por año; un hectómetro cúbico equivale a un millón de metros cúbicos.
| Acuífero | Recarga | Extracción administrativa | Disponibilidad | Diagnóstico |
|---|---|---|---|---|
| Ceballos 1023 | 53.90 | 72.58 | −18.68 | Déficit severo; la extracción rebasa la recarga |
| Laguna de Palomas 0848 | 23.10 | 21.82 | +1.28 | Margen administrativo reducido, contradicho por un balance físico de bombeo |
| Laguna El Rey 0856 | 1.00 | 0.44 | +0.56 | Volumen mínimo e información piezométrica limitada |
| Laguna del Rey–Sierra Mojada 0520 | 15.00 | 16.03 | −1.03 | Déficit y extracción de agua almacenada |
| Escalón 0857 | 15.70 | 5.30, más 8.00 de descarga comprometida | +2.40 | Margen reducido; vulnerable a una expansión de pozos |
Ceballos es la señal de alarma más clara. El acuífero comprende 9,503 kilómetros cuadrados del noreste de Durango, incluida buena parte del entorno duranguense de Mapimí y Tlahualilo. Recibe en promedio 329 milímetros de precipitación. Sin embargo, de los 3,126.5 millones de metros cúbicos que caen anualmente sobre su superficie, CONAGUA calcula que 2,831.9 millones regresan por evapotranspiración, 240.7 millones escurren y sólo 53.9 millones constituyen recarga. Es decir, apenas 1.72% de la lluvia se transforma en recarga estimada. Frente a ella existe una extracción administrativa de 72.58 millones de metros cúbicos: un déficit anual de 18.68 millones. El acuífero se encuentra además sujeto a vedas que, según la zona, limitan el aprovechamiento a usos domésticos o a extracciones restringidas.
En Laguna del Rey–Sierra Mojada ocurre algo semejante. La precipitación media es de 312 milímetros. De un volumen anual de lluvia estimado en 967.7 millones de metros cúbicos, alrededor de 884 millones se pierden por evapotranspiración, 68.7 millones escurren y sólo 15 millones se infiltran: 1.55% del total. La extracción administrativa asciende a 16.03 millones, por lo que el déficit de 1.03 millones debe cubrirse, según el propio estudio, retirando agua almacenada en el acuífero. Eso es minería de agua: consumir reservas formadas durante periodos anteriores, no vivir únicamente de la recarga contemporánea.
La contradicción de Laguna de Palomas.
Laguna de Palomas merece un escrutinio especial. La cifra administrativa más reciente presenta una disponibilidad positiva de 1.28 millones de metros cúbicos anuales, resultado de restar 21.82 millones de extracción registrada a una recarga de 23.1 millones. Leída aisladamente, podría utilizarse para sostener que aún existe agua. Pero en el mismo expediente aparece un balance hidrogeológico anterior que estimó un bombeo de 63.3 millones de metros cúbicos, principalmente agrícola, y una pérdida de almacenamiento de 40.2 millones de metros cúbicos anuales.
La discrepancia no debe ocultarse. La disponibilidad administrativa emplea los volúmenes inscritos o contabilizados para efectos de concesión; el balance físico estimó el agua realmente extraída mediante información de pozos y superficies irrigadas. Si el segundo valor se aproxima más al bombeo efectivo, Laguna de Palomas no tendría un superávit de 1.28 millones, sino una extracción casi 2.7 veces mayor que su recarga. El expediente también identifica conos de abatimiento y alteración del flujo natural hacia las zonas de concentración de pozos agrícolas. Por ello, la cifra positiva no ofrece una base prudente para justificar un nuevo proyecto extensivo: antes tendría que conciliarse el REPDA con mediciones volumétricas y piezométricas recientes.
Laguna El Rey presenta el problema contrario: una aparente disponibilidad positiva, pero diminuta. Su recarga total es de sólo un millón de metros cúbicos al año y se cuenta con muy pocos pozos y escasa historia piezométrica. Una disponibilidad de 563,528 metros cúbicos anuales puede ser relevante para pequeños abastecimientos locales, pero es insignificante para un desarrollo agrícola de gran superficie. No puede convertirse en una autorización implícita para perforar baterías de pozos de alta capacidad.
La aritmética de un campo de riego.
La magnitud del problema puede explicarse sin elegir un cultivo específico. Una lámina de riego de un metro aplicada a una hectárea equivale a 10,000 metros cúbicos. Por tanto, cada 1,000 hectáreas requerirían 10 millones de metros cúbicos; aun con una lámina menor, de 60 centímetros, consumirían seis millones. Un proyecto de 5,000 hectáreas demandaría entre 30 y 50 millones de metros cúbicos anuales antes de considerar pérdidas en conducción, lavado de sales o variabilidad climática.
Ese solo proyecto consumiría una cantidad comparable con toda la recarga anual del acuífero Ceballos, duplicaría aproximadamente la de Laguna de Palomas y superaría entre dos y tres veces la de Laguna del Rey–Sierra Mojada. En Ceballos y en el acuífero coahuilense, además, llegaría a un sistema que ya está en déficit. El agua no aparecería por eficiencia tecnológica: tendría que proceder del abatimiento de niveles, de la reducción de otros usos o del agotamiento progresivo del almacenamiento.
La tecnificación puede reducir el volumen aplicado por tonelada producida, pero no garantiza una reducción total de extracción. Cuando el ahorro permite ampliar la superficie sembrada, intensificar ciclos o cambiar hacia cultivos de mayor demanda, el bombeo puede mantenerse o aumentar. Una revisión científica reciente sobre irrigación y ecosistemas subterráneos concluye que la eficiencia debe acompañarse de límites a la superficie, cultivos, extracción total y contaminación; de lo contrario, continúan el descenso del nivel freático, la salinización y la lixiviación de fertilizantes y plaguicidas.
Lo que perdería la reserva.
Mapimí no es un terreno vacío que espera ser “puesto a producir”. Su Programa de Manejo registra 403 especies de plantas, 31 de ellas endémicas del Desierto Chihuahuense, distribuidas en matorrales xerófilos, pastizales halófitos, dunas, chaparrales y comunidades asociadas a suelos salinos. También documenta alrededor de 270 especies de vertebrados. Entre sus especies emblemáticas están la tortuga del bolsón —endémica y en peligro—, la lagartija de las dunas, aves rapaces y migratorias, zorritas del desierto, venados, pumas y diversas serpientes de cascabel.
La conversión agrícola comienza con el desmonte y la nivelación. Después llegan caminos, líneas eléctricas, cercas, canales, maquinaria, agroquímicos y tránsito permanente. Cada elemento divide el hábitat y elimina refugios, alimento y corredores de movimiento. En el desierto el daño puede ser más persistente que en regiones húmedas: la recuperación de la cubierta vegetal es lenta y la pérdida de plantas deja el suelo expuesto al viento, al impacto de lluvias torrenciales y a la formación de cárcavas.
La tortuga del bolsón muestra por qué la vegetación no es un elemento ornamental. Un estudio realizado en la región encontró que la cobertura vegetal es uno de los principales factores asociados con el uso de madrigueras. Remover pastizal y matorral altera el microclima, el alimento y la protección de la especie.
Otro estudio documentó una pérdida de 63.7% de pastizales halófitos en el área de distribución analizada para la tortuga durante aproximadamente tres décadas. Debido a que buena parte de la pérdida ocurrió en zonas que seguían siendo climáticamente adecuadas para ese pastizal, los autores señalaron a la presión antropogénica como el principal factor inmediato. Ampliar la frontera agrícola sobre los remanentes reforzaría un proceso que ya está reduciendo el hábitat.
El segundo impacto es la salinización. En un clima donde la evaporación potencial supera entre cinco y siete veces la lluvia, el agua aplicada al suelo se evapora y deja atrás sus sales. Si el drenaje es insuficiente, éstas se acumulan en la zona radicular y disminuyen la productividad. Para mantener el cultivo se necesita entonces aplicar más agua para lavar el suelo, generando retornos cargados de sales, nitratos y agroquímicos. Así puede producirse un círculo de degradación: más bombeo, más sal, menor rendimiento y mayor necesidad de abrir nuevas superficies.
La dimensión humana.
La reserva está habitada y no puede administrarse ignorando a sus comunidades. La ganadería extensiva, el aprovechamiento artesanal de sal, el turismo y algunas actividades agrícolas preexistentes forman parte de su historia. Sin embargo, hay una diferencia sustancial entre permitir prácticas tradicionales adaptadas a la escasez y autorizar agricultura industrial de riego. Una batería de pozos de alta capacidad puede profundizar los niveles y elevar el costo energético de todos los usuarios. Los productores con capital pueden perforar más hondo; las familias, pequeños ganaderos y sistemas domésticos quedan expuestos a pozos menos productivos o secos.
Defender el acuífero no implica condenar a los habitantes a la inmovilidad económica. Significa orientar la inversión hacia actividades compatibles con la capacidad del territorio: restauración de pastizales, manejo regenerativo del agostadero, captación distribuida de lluvia, turismo comunitario, producción de baja demanda hídrica, monitoreo ambiental y recuperación de suelos. El estudio sobre terraceo muestra precisamente una estrategia construida con pobladores y guardaparques para retener humedad, recuperar vegetación y reducir erosión, en lugar de sustituir el ecosistema por un sistema dependiente del bombeo.
Qué permite realmente el Programa de Manejo.
Tampoco sería riguroso afirmar que toda actividad agrícola está prohibida en cada hectárea de la reserva. La regulación depende de la zonificación. En las zonas núcleo predominan la conservación, la investigación y el monitoreo; existe una excepción restringida para actividades tradicionales de subsistencia en el núcleo ejidal Loma Prieta. En la subzona de aprovechamiento sustentable II se contemplan actividades agrícolas orientadas a la conversión ambientalmente sostenible. En la subzona III se limitan a las superficies donde ya se realizaban y se ordena promover la restauración. El programa prohíbe, además, el cambio de uso de suelo forestal para abrir actividades agrícolas o ganaderas.
Esto significa que la existencia de agricultura preexistente no autoriza automáticamente su expansión. Un proyecto nuevo tendría que ser compatible con la subzona específica, contar con concesión de agua, demostrar disponibilidad efectiva, obtener las autorizaciones ambientales correspondientes y descartar un cambio de uso de suelo prohibido. En una reserva de la biosfera, la pregunta jurídica y científica no es solamente si el promotor posee tierra o un título de agua, sino si la actividad conserva la estructura, los procesos ecológicos y la biodiversidad que justificaron la protección federal.
Conclusión: una inviabilidad con dos rostros.
La agricultura de temporal a gran escala resulta agronómicamente incierta por la escasa precipitación, su concentración en pocos eventos, la elevada variabilidad y una evaporación potencial hasta siete veces superior a la lluvia. La agricultura intensiva de riego intenta resolver esa limitación extrayendo agua subterránea, pero transfiere el problema al acuífero: Ceballos y Laguna del Rey–Sierra Mojada ya presentan déficit; Laguna de Palomas contiene una grave discrepancia entre extracción administrativa y bombeo físico estimado; Laguna El Rey ofrece un margen demasiado pequeño y poco estudiado; Escalón conserva sólo una disponibilidad reducida.
No es científicamente posible fijar una fecha exacta para el “agotamiento total” sin conocer con precisión el almacenamiento, coeficientes de almacenamiento, interconexiones, evolución piezométrica y bombeo real. Pero tampoco es necesario esperar a que los pozos queden secos para reconocer el daño. El abatimiento progresivo, la extracción de reservas almacenadas, la elevación de costos, la salinización y la pérdida de hábitat constituyen agotamiento funcional mucho antes de que desaparezca la última gota.
La conclusión que emerge de los documentos oficiales y de la literatura científica es contundente: una expansión agrícola de riego y gran superficie dentro o inmediatamente junto a la Reserva de la Biosfera Mapimí no cuenta actualmente con una base hidrológica ni ecológica sólida. El desierto puede producir alimentos y sostener comunidades, pero sólo dentro de límites definidos por el agua renovable, la zonificación y la conservación. En Mapimí, intentar imponer al paisaje una agricultura diseñada para territorios más húmedos significaría financiar temporalmente la producción con dos patrimonios irrecuperables: el agua acumulada bajo el suelo y la biodiversidad que todavía vive sobre él.
Antes de considerar cualquier autorización tendrían que exigirse, como mínimo, medición volumétrica de todos los pozos del área de influencia; series piezométricas actualizadas; conciliación entre REPDA y extracción real; modelo hidrogeológico acumulativo; balance mensual del cultivo y superficie propuesta; evaluación de salinidad y calidad del agua; determinación de necesidades ecológicas; análisis de cambio de uso de suelo; y una manifestación de impacto ambiental que considere caminos, energía, agroquímicos, hábitat y proyectos vecinos. Sin esas pruebas, la supuesta disponibilidad es una apuesta; dentro de una reserva desértica, el principio de precaución exige no hacerla.