Peyote: el cactus sagrado que México está perdiendo

La extracción ilegal, el mercado clandestino y el turismo irresponsable empujan al peyote a una crisis de conservación; sustraerlo, transportarlo o venderlo sin autorización puede constituir un delito federal.

HISTORIASMX. — En el desierto mexicano crece una de las plantas más emblemáticas, antiguas y vulnerables del país: el peyote, conocido científicamente como Lophophora williamsii. Para algunos pueblos originarios, especialmente comunidades wixaritari, no se trata de una planta cualquiera, sino de un elemento sagrado vinculado a ceremonias, peregrinaciones, memoria espiritual e identidad cultural.

Sin embargo, fuera de ese contexto tradicional, el peyote enfrenta una presión creciente. La extracción ilegal, la compra-venta en redes sociales, el turismo psicodélico, el coleccionismo de cactáceas y la destrucción de su hábitat han colocado a esta especie en una situación crítica. En México, actualmente aparece como especie sujeta a protección especial en la NOM-059-SEMARNAT-2010, y en 2025 fue publicado el proyecto de actualización de la NOM-059-SEMARNAT-2025, en el que se propuso elevar su categoría a en peligro de extinción.

Una planta sagrada, no un producto de moda.

El peyote ha sido utilizado históricamente en contextos rituales y ceremoniales por pueblos indígenas del norte y centro de México. Su importancia no puede reducirse a sus propiedades psicoactivas ni al interés creciente que ha despertado en mercados urbanos, círculos turísticos o espacios de consumo alternativo.

Para las comunidades que lo consideran sagrado, el peyote forma parte de una relación cultural profunda con el territorio, el desierto y la vida espiritual. Por eso, hablar de su conservación también implica reconocer que no se trata únicamente de proteger una especie vegetal, sino de respetar una práctica cultural ancestral que ha sido afectada por la explotación externa, la banalización comercial y el saqueo de zonas naturales.

El problema surge cuando personas ajenas a esos contextos extraen peyote del desierto para consumo recreativo, venta ilegal o colección privada. Cada ejemplar arrancado representa una pérdida directa para poblaciones silvestres que tardan años en recuperarse. A diferencia de otras plantas de crecimiento rápido, el peyote es una cactácea de desarrollo lento; su extracción masiva no se compensa fácilmente con el paso del tiempo.

El estatus legal: protegido hoy, con propuesta de mayor categoría de riesgo.

De acuerdo con la NOM-059-SEMARNAT-2010, el peyote se encuentra listado como especie sujeta a protección especial, una categoría que reconoce que la especie enfrenta factores que pueden afectar su viabilidad y que requiere acciones para su recuperación y conservación. PROFEPA ha señalado en comunicados oficiales que Lophophora williamsii está incluida en esa norma bajo protección especial.

Además, en abril de 2025 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el Proyecto de Norma Oficial Mexicana PROY-NOM-059-SEMARNAT-2025, que actualiza las categorías de riesgo para especies nativas de México. Diversos reportes derivados de ese proceso señalan que para el peyote se propuso el cambio de categoría de “sujeta a protección especial” a “en peligro de extinción”, debido al deterioro de sus poblaciones y al impacto de actividades humanas sobre su hábitat.

En términos de conservación internacional, la especie también aparece como vulnerable en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y está regulada por CITES en el Apéndice II, mecanismo que controla el comercio internacional de especies que pueden verse amenazadas por la sobreexplotación.

La extracción ilegal: el golpe directo a las poblaciones silvestres.

El mayor riesgo para el peyote es su extracción sin autorización. En muchos casos, las personas lo arrancan completo, dañando la raíz y eliminando cualquier posibilidad de regeneración. Esta práctica reduce las poblaciones naturales y altera el equilibrio del matorral desértico donde crece.

El saqueo no ocurre únicamente por consumo personal. También existe un mercado clandestino que mueve ejemplares vivos, botones secos o preparados derivados. En redes sociales y mercados informales, el peyote ha sido ofrecido como objeto de colección, supuesto producto espiritual o mercancía exótica. Esa demanda alimenta la extracción ilegal y convierte a una planta sagrada en mercancía.

PROFEPA ha realizado aseguramientos de peyote en mercados públicos y ha advertido que su aprovechamiento sin autorización es ilegal. En uno de sus comunicados, la dependencia recordó que el peyote está protegido por la NOM-059 y que su posesión o comercio sin permisos puede derivar en procedimientos administrativos y penales.

Penas y sanciones: extraer, transportar o vender peyote puede ser delito.

El Código Penal Federal contempla sanciones para delitos contra la biodiversidad. El artículo 420 establece penas de uno a nueve años de prisión y de 300 a 3,000 días multa para quien ilícitamente capture, dañe, prive de la vida, recolecte, almacene, transporte o comercie ejemplares, productos o subproductos de especies de flora o fauna silvestres consideradas endémicas, amenazadas, en peligro de extinción, sujetas a protección especial o reguladas por tratados internacionales.

Esto significa que la extracción ilegal de peyote no debe verse como una falta menor. No es “llevarse una plantita del monte”. Puede implicar un delito federal, decomiso de ejemplares, multas y consecuencias penales.

Además, PROFEPA ha señalado públicamente que el aprovechamiento de especies de peyote enlistadas en la NOM-059 puede ser sancionado con multas muy elevadas, incluso de hasta millones de pesos, dependiendo del caso y de la legislación aplicable.

No comprar, no vender, no promover.

La conservación del peyote no depende únicamente de las autoridades. También depende de la conducta social. Cada compra incentiva una nueva extracción. Cada publicación que lo presume como mercancía alimenta el mercado. Cada recomendación turística irresponsable aumenta la presión sobre sus poblaciones.

Por eso, la conciencia pública es fundamental: no extraer peyote, no comprarlo, no venderlo, no promover su consumo recreativo y no difundir ubicaciones de sitios donde crece. La demanda urbana, turística o digital no solo amenaza a la especie; también invade prácticas culturales que no pertenecen al mercado ni al entretenimiento.

La protección del peyote exige una postura clara: respetar su valor ecológico y cultural, y entender que su lugar está en el desierto, no en vitrinas, redes sociales, colecciones privadas o rutas de explotación comercial.

El papel de las autoridades: vigilancia, regulación y educación.

Aunque existen leyes y normas, la realidad muestra que la vigilancia es insuficiente frente a la extensión del territorio donde crece el peyote y frente al mercado informal que lo rodea. La protección legal solo funciona si se acompaña de inspección, sanciones efectivas, educación ambiental y trabajo conjunto con comunidades indígenas, investigadores y habitantes locales.

La conservación requiere ir más allá del castigo. Se necesita informar a la población, frenar la venta ilegal, impedir el saqueo, controlar el comercio digital y promover alternativas de conservación sin poner en riesgo poblaciones silvestres.

También es indispensable evitar la divulgación irresponsable de ubicaciones. Así como ocurre con sitios arqueológicos o bancos de fósiles, revelar zonas donde crece peyote puede facilitar el saqueo. El periodismo, la divulgación científica y el turismo deben actuar con responsabilidad.

Conclusión: proteger el peyote es proteger memoria, territorio y biodiversidad.

El peyote no es una moda. No es una mercancía. No es un souvenir del desierto.

Es una especie vulnerable, protegida por la legislación mexicana, con una propuesta reciente para elevar su categoría a peligro de extinción, y con un profundo valor cultural para pueblos originarios. Su extracción ilegal no solo afecta a la biodiversidad: rompe una relación ancestral con el territorio y empuja a una planta sagrada hacia la desaparición.

El llamado es claro: no extraerlo, no comprarlo, no venderlo y no fomentar su mercado.

Porque cuando una especie tarda años en crecer y décadas en recuperarse, cada ejemplar arrancado cuenta.

Y cuando el desierto pierde al peyote, México pierde también una parte de su historia viva.

HISTORIASMX — Periodismo del Norte, Periodismo con Carácter.

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