Laguna de Palomas: la herencia blanca del desierto chihuahuense

—“La sal es nuestra vida, nuestro pan. Aquí todos crecimos sabiendo que tarde o temprano tocaría pala, sol y salmuera”, me dice Ceferino, con la mirada fija en el horizonte donde se dibuja el espejismo de la laguna.

HISTORIASMX / Gorki Rodríguez. – El sol cae a plomo sobre la Laguna de Palomas, en el municipio de Jiménez, Chihuahua. El aire quema, pero también evapora. De ese calor y del viento nace la sal, un recurso que por más de un siglo ha marcado el pulso de esta comunidad. Aquí, entre charcas y planillas, Ceferino —un hombre de manos endurecidas por la pala y el carretón— me guía entre los montículos blancos que brillan como espejos en medio del desierto.

—“La sal es nuestra vida, nuestro pan. Aquí todos crecimos sabiendo que tarde o temprano tocaría pala, sol y salmuera”, me dice Ceferino, con la mirada fija en el horizonte donde se dibuja el espejismo de la laguna.

Un ejido forjado en la historia.

Las salinas de Carrillo, origen de esta producción, comenzaron a explotarse a finales del siglo XIX bajo el nombre de Planillas de Navarro en la parte suroeste de la Laguna de Palomas. Para 1930 llegaron inversionistas españoles y vecinos de Jiménez; en 1944 la empresa inglesa Salinas de México com

No fue sino hasta 1973 que el ejido Laguna de Palomas y Estación Carrillo recibió por decreto federal la expropiación de las salinas: la sal pasó de manos extranjeras a ser patrimonio de los ejidatarios.

—“Mis abuelos vieron cuando la sal se la llevaban los ingleses. Nosotros apenas recibimos la herencia en los setentas… ahí empezó lo nuestro”, recuerda Ceferino.

La organización de un pueblo salinero.

En 1991 había 112 ejidatarios trabajando en la sal, de un total de 800 habitantes del poblado. El sistema es claro: cada ejidatario posee dos planillas (estanques pequeños de 20 x 5 metros) y una parcela de charca bajo control colectivo.

La venta está centralizada: el ejido se encarga de colocar la sal en camiones y trenes con destino a la Central de Ganadería Regional, la Industria Química de la Laguna (Torreón) y Productos Químicos de León (Guanajuato). En promedio, entre 1983 y 1990, se vendían 8,553 toneladas anuales, con un precio de 100 pesos por tonelada en 1990, lo que representaba ingresos por 855,000 pesos anuales. Cada ejidatario recibía en promedio 7,600 pesos al año.

—“Lo que ganamos nunca alcanza mucho, pero la sal no falla: si hay sol, hay trabajo. Y si no llueve, mejor todavía”, me dice Ceferino con un dejo de resignación.

El clima, amo y verdugo.

El proceso es artesanal: agua salobre bombeada de un acuífero subterráneo se deposita en charcas y planillas para que el sol y el viento hagan lo suyo. La región tiene un promedio anual de evaporación de 2,805 mm, frente a apenas 264 mm de lluvia.

Sin embargo, la paradoja es cruel: en verano se evapora más, pero también caen el 71% de las lluvias, que arrastran lodo y diluyen la salmuera, retrasando cosechas.

—“Un día de lluvia nos arruina semanas de trabajo. El agua limpia la salmuera y hay que empezar de nuevo”, explica Ceferino, mientras señala los bordos erosionados de un estanque.

Charcas y planillas: dos mundos de sal.

Las planillas producen en promedio 6.5 toneladas por cosecha, mientras que las charcas cristalizadoras alcanzan hasta 600 toneladas por estanque. El trabajo es extenuante: remover costras, palear, montar montículos y esperar a que la humedad baje para empacar en costales de 50 kilos.

Durante el recorrido por la Laguna de Palomas, el alcalde municipal de Jiménez, Francisco Muñoz, hizo un comentario que revela la invisibilidad de esta actividad en el imaginario colectivo:

—“Poca gente sabe que aquí en Jiménez tenemos una mina de sal viva, que lleva más de un siglo sosteniendo a nuestras familias. Es parte de nuestra historia y de nuestra economía, pero no siempre se reconoce”, dijo.

La afirmación contrasta con la magnitud del trabajo: según registros oficiales, entre 1983 y 1990 la producción anual promedio del ejido alcanzó 8,553 toneladas de sal, con clientes en la industria ganadera y química de Torreón y León.

Fotografía: Gorki Rodríguez / HISTORIASMX.

Un ciclo completo requiere cuatro días de trabajo continuo, aunque el tiempo entre cosechas varía de dos semanas a varios meses, dependiendo de la temporada.

En años secos, la producción potencial llegaba a 23,150 toneladas; en húmedos, podía caer hasta 11,825 toneladas. El promedio anual de jornadas por ejidatario es de 173 días, con picos de hasta 236 días de trabajo.

El acuífero bajo presión.

Pero la sal de Laguna de Palomas no se explica sin su acuífero subterráneo (0848), ubicado en una superficie de 1,652 km² al sureste de ChihuahuaDR_0848. Este acuífero está totalmente vedado desde 1965, lo que significa que no se permiten nuevas perforaciones salvo usos domésticos o limitados.

El clima es de muy seco semicálido, con precipitación media anual de 324 mm, temperatura promedio de 18.36 °C y una evaporación potencial de 1,821 mmDR_0848. La hidrografía depende de arroyos intermitentes que apenas alimentan lagunas endorreicas.

—“El agua que sacamos es la que mantiene viva la sal. Pero sabemos que está contado el tiempo: no se puede perforar más, y la veda no se levanta”, me confiesa Ceferino, consciente de que el acuífero también alimenta los cultivos de melón, sandía, frijol y chile en la región.

Con voz más grave añade: —“Y ahora estamos peor, porque el pozo artesiano que nos daba el agua salina ya se descompuso. Por eso tenemos que abrir excavaciones nuevas para encontrarla y bombearla… sin eso, no habría sal en Palomas”.

Geología y salmueras: la ventaja de Palomas.

El subsuelo de Laguna de Palomas guarda un acuífero cuatro veces más salino que el mar, con concentraciones de 150 g/l de cloruro de sodio. Esa riqueza explica la pureza de la sal producida aquí y su demanda industrial.

La geología regional muestra depósitos lacustres y aluviales recientes, mezclados con rocas volcánicas y calizas del Cretácico. Es un bolsón endorreico clásico: una cuenca cerrada donde el agua se acumula, se evapora y deja atrás costras salinas.

Una vida entre límites.

El futuro de Laguna de Palomas está atado a la tensión entre el clima, el mercado y la administración del agua. Los ejidatarios deben pagar de sus ventas para mantener infraestructura y cubrir deudas colectivas. La CONAGUA actualiza cada cierto tiempo la disponibilidad de agua subterránea y, aunque la explotación de la sal se sostiene, los límites son cada vez más claros.

—“Nos dicen que el agua no alcanza, que está vedada… pero si no la bombeamos, no hay sal. ¿Entonces qué hacemos?”, pregunta Ceferino mientras carga la pala sobre su hombro.

En su mirada se cruzan la historia y la incertidumbre: el desierto les dio la sal, pero también les impone los límites.

Epílogo.

La Laguna de Palomas sigue brillando como espejo en el desierto, sostenida por el trabajo de más de un centenar de ejidatarios que, como Ceferino, han hecho de la sal no solo un sustento, sino una identidad. En sus charcas se refleja una paradoja: abundancia blanca en un territorio marcado por la escasez de agua.

Y en cada costal de 50 kilos que parte en tren hacia Torreón o León, viaja también una historia que comenzó hace más de cien años, cuando los primeros hombres hundieron sus palas en la costra blanca del desierto chihuahuense.

Por: Gorki Rodríguez.

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