Lago Toronto: el refugio de alas que depende del agua de La Boquilla

Una revisión de archivos históricos, tesis universitarias, estudios científicos y documentos oficiales confirma que el embalse de La Boquilla no sólo almacena agua para riego: forma parte de una antigua ruta de aves acuáticas que conecta el norte del continente con los humedales del Altiplano mexicano. Patos, gansos, playeros, garzas, pelícanos y otras aves utilizan este gran espejo de agua del río Conchos, pero la sequía y las fluctuaciones del nivel del embalse están modificando el hábitat del que dependen.

Por HISTORIASMX

En medio del semidesierto, un lago construido terminó convirtiéndose en hábitat

HISTORIASMX. – En San Francisco de Conchos, donde el paisaje natural pertenece a una región seca y semiárida, existe una contradicción geográfica que resulta evidente desde el aire: una enorme extensión de agua aparece entre matorrales, montañas, suelos áridos y terrenos agrícolas. Es la presa La Boquilla y su embalse, conocido históricamente como Lago Toronto. Aunque el cuerpo de agua es artificial, después de más de un siglo de existencia terminó formando un ecosistema propio. Sus orillas, ensenadas, zonas fangosas, vegetación ribereña, desembocaduras y aguas abiertas se transformaron en refugio para peces, invertebrados y aves. El Plan Municipal de Desarrollo de San Francisco de Conchos reconoce expresamente que La Boquilla constituye un hábitat para aves migratorias y locales y señala la presencia de grupos como patos, garzas y pelícanos.

La importancia ornitológica del lugar, sin embargo, es mucho más antigua que esa descripción administrativa. Para reconstruirla, HISTORIASMX revisó documentos de SEMARNAT, estudios sobre biodiversidad de Chihuahua, registros históricos del U.S. Fish and Wildlife Service, publicaciones científicas de The Condor y Wetlands Ecology and Management, documentos de CONABIO, una tesis específica de la Universidad Autónoma de Chihuahua y datos hidrológicos recientes. El resultado permite afirmar algo que pocas veces forma parte de la conversación pública alrededor de La Boquilla: detrás de las disputas por metros cúbicos, ciclos agrícolas y niveles de almacenamiento existe también un humedal artificial utilizado desde hace décadas por aves que recorren miles de kilómetros a través de Norteamérica.

Conviene hacer una precisión. En términos biológicos, una especie “originaria” o nativa no necesariamente es residente durante todo el año. Muchas aves migratorias que llegan a Chihuahua son especies nativas de Norteamérica, pero se reproducen en Canadá o Estados Unidos y pasan el invierno más al sur. Por ello, en este reportaje se distingue entre aves locales o potencialmente residentes y aves migratorias, invernantes o de paso. La literatura específica sobre Lago Toronto está mucho más desarrollada para estas últimas que para la comunidad residente, una carencia reconocida incluso por los estudios de biodiversidad del estado.

Un antiguo puerto de invierno para patos y gansos.

Una de las fuentes más reveladoras es Waterfowl and their wintering grounds in Mexico, 1937–64, elaborado por George B. Saunders y Dorothy Chapman Saunders y publicado por el U.S. Fish and Wildlife Service. Los autores participaron en los grandes censos invernales que comenzaron a incluir los humedales interiores de México a principios de la década de 1950. Dentro de aquellos recorridos se encontraba precisamente Lago Toronto, identificado en el documento como Presa de la Boquilla, en el sistema del río Conchos.

Aquellos censos ofrecen una ventana excepcional hacia el pasado. En años representativos, los investigadores estimaron 6,435 patos en enero de 1951; 2,499 en 1955; 3,145 en 1960 y 1,460 en 1965, con un promedio señalado por los autores de 4,503 individuos. La cifra variaba con las condiciones del embalse, pero demuestra que La Boquilla funcionaba como zona de invernación décadas antes de que la conservación de humedales se convirtiera en un tema habitual de política ambiental.

Los patos más frecuentes que aquellos observadores identificaron fueron el pato cuchara norteño (Spatula clypeata), el pato golondrino (Anas acuta), el pato friso (Mareca strepera), la cerceta de alas verdes (Anas crecca), el pato de collar (Anas platyrhynchos) y el pato boludo menor (Aythya affinis). En números menores aparecían el pato cabeza roja (Aythya americana), el pato lomo blanco (Aythya valisineria) y el pato tepalcate (Oxyura jamaicensis). Son especies asociadas a diferentes profundidades y formas de alimentación: mientras algunos patos buscan semillas, vegetación e invertebrados en aguas someras, otros se sumergen para obtener alimento debajo de la superficie.

La historia de La Boquilla incluye también gansos. El mismo archivo registró entre 50 y 1,450 gansos blancos o nevados (Anser caerulescens), con un promedio cercano a 600, y entre 12 y 500 gansos frente blanca (Anser albifrons), con un promedio aproximado de 150. Es decir, durante algunos inviernos no llegaban únicamente pequeños grupos de aves: el embalse podía recibir concentraciones suficientemente grandes para convertirse en un elemento reconocible dentro del sistema de humedales interiores utilizado por las aves norteamericanas.

El documento histórico describe además un detalle ecológico fundamental. La zona de mayor interés para las aves acuáticas no era necesariamente el centro profundo del lago, sino el delta y las áreas someras del extremo occidental, donde existía vegetación de humedal y mejores condiciones de alimentación. También señalaba que el nivel del embalse fluctuaba considerablemente debido a su aprovechamiento hidroeléctrico y agrícola. Esa observación escrita hace más de medio siglo sigue siendo esencial para entender lo que sucede hoy: para un ave acuática no importa solamente que exista una presa; importa cuánto agua contiene, qué profundidad tiene, cuánta costa somera conserva y qué alimento puede producir.

La tesis que documentó las aves playeras del Lago Toronto.

Existe un trabajo todavía más específico. En 2006, M. C. Nevárez, de la Facultad de Zootecnia de la Universidad Autónoma de Chihuahua, presentó la tesis Documentación y descripción de las aves playeras del Lago Toronto, La Boquilla, Chihuahua, México. El estudio, de 52 páginas, constituye una de las referencias académicas más directamente enfocadas en la avifauna del embalse y posteriormente fue incorporado al diagnóstico de biodiversidad y ecosistemas acuáticos de Chihuahua.

Ese documento permitió confirmar en La Boquilla al patamarilla mayor (Tringa melanoleuca), patamarilla menor (Tringa flavipes), playero solitario (Tringa solitaria), playero alzacolita (Actitis macularius), playerito menor (Calidris minutilla), costurero pico largo (Limnodromus scolopaceus), tildío (Charadrius vociferus) y cigüeñuela de cuello negro (Himantopus mexicanus), esta última denominada “monjita o avoceta” en la fuente estatal. Son ocho especies confirmadas específicamente para el Lago Toronto y no inferidas simplemente por su presencia general en Chihuahua.

El hallazgo es importante porque cambia la imagen convencional del embalse. La Boquilla no sirve solamente a patos que flotan sobre aguas abiertas. Sus orillas también funcionan como una sucesión de microhábitats para pequeñas aves que caminan, corren y perforan el suelo buscando insectos, crustáceos y otros invertebrados. Nevárez identificó tres tipos de playa en Lago Toronto: lodosa, gravosa y rocosa. Esa variedad física explica por qué distintos playeros pueden compartir un mismo embalse sin ocupar exactamente el mismo espacio.

Cuando baja el nivel de la presa, aparecen nuevos bancos de lodo y franjas someras. Para determinadas aves playeras eso puede significar, temporalmente, nuevas superficies de alimentación. Pero una disminución prolongada del agua puede terminar reduciendo la productividad general del humedal, fragmentando áreas de vegetación acuática y eliminando zonas someras. No existe, por tanto, una relación sencilla en la que “menos agua” sea automáticamente bueno o malo para todas las especies: cada grupo responde de manera distinta a la profundidad, superficie, alimento y permanencia del humedal. La evidencia científica disponible para los humedales del Altiplano mexicano confirma precisamente esa complejidad.

Un achichilique que conecta La Boquilla con la historia de la ornitología mexicana.

Otro registro científico conduce hasta 1982. En la revista The Condor, el ornitólogo Sartor O. Williams III publicó Notes on the Breeding and Occurrence of Western Grebes on the Mexican Plateau. El trabajo documentó al achichilique occidental (Aechmophorus occidentalis) en Chihuahua y señaló expresamente a Presa Boquilla —Lago Toronto— como uno de los sitios donde la especie había sido registrada durante el siglo XX.

Williams encontró además achichiliques occidentales en la cercana Presa Colina en 1973 y, en agosto de 1976, contó 30 ejemplares, entre ellos un adulto acompañando a una cría todavía cubierta parcialmente de plumón. La reproducción fue documentada en Colina, no en Lago Toronto, por lo que no sería correcto trasladar automáticamente ese dato a La Boquilla. Sin embargo, la presencia histórica de la especie en ambos cuerpos de agua demuestra que el conjunto La Boquilla–Colina–río Conchos funcionaba como una unidad ecológica utilizada por aves acuáticas más allá del periodo estrictamente invernal.

Las aves locales: una historia todavía incompleta.

Determinar cuáles especies son residentes permanentes del Lago Toronto es más difícil de lo que pudiera parecer. Los grandes censos históricos estaban diseñados principalmente para contar aves acuáticas durante el invierno, mientras que la investigación universitaria de 2006 se concentró en aves playeras. Esto produce un sesgo documental: conocemos relativamente bien a varios visitantes invernales, pero no existe en las fuentes revisadas un inventario público moderno, continuo y de doce meses que permita afirmar cuántas especies nidifican actualmente alrededor de todo el embalse y cuáles permanecen ahí durante las cuatro estaciones.

El propio diagnóstico estatal de ecosistemas acuáticos advierte que la información sobre aves playeras de Chihuahua se encuentra dispersa y plantea la necesidad de reunirla y sistematizarla. CONABIO, por su parte, coloca a La Boquilla dentro de la Región Hidrológica Prioritaria 39, Cuenca Alta del Río Conchos, y señala para los sistemas acuáticos de esta región la necesidad de inventarios biológicos, monitoreo de poblaciones y conservación de los cuerpos de agua como puentes para aves migratorias.

Lo que sí puede afirmarse con evidencia reciente es que las autoridades municipales reconocen tanto aves migratorias como locales, además de patos, garzas y pelícanos en torno a La Boquilla y Lago Toronto. Pero el Plan Municipal de Desarrollo no identifica las especies de garzas o pelícanos y, por rigor periodístico, no sería adecuado convertir esos grupos generales en una lista específica sin un censo de campo o una fuente científica que lo respalde.

La Boquilla dentro de la gran autopista aérea del continente.

En 2022, Eric Sigala-Meza, Eric Mellink y Alejandro Hinojosa-Corona publicaron en Wetlands Ecology and Management uno de los análisis más amplios realizados sobre las aves acuáticas del Altiplano mexicano. Los investigadores procesaron información de aproximadamente 3.4 millones de aves correspondientes a 19 especies o grupos, utilizaron censos aéreos del U.S. Fish and Wildlife Service y complementaron los datos con imágenes satelitales para calcular la extensión de agua en 29 humedales. Presa La Boquilla fue incluida directamente como uno de los sitios analizados dentro de la subregión Bravo–Conchos.

El estudio coloca al norte del Altiplano mexicano dentro de la ruta migratoria central de Norteamérica. En términos sencillos, eso significa que cada otoño numerosas aves nacidas o reproducidas muy al norte avanzan hacia México siguiendo una cadena de humedales. No vuelan necesariamente de un punto de origen directamente a un destino final: requieren sitios intermedios donde puedan descansar, recuperar reservas energéticas y alimentarse. En regiones áridas, cada cuerpo de agua adquiere mayor importancia porque las distancias entre hábitats adecuados pueden ser enormes.

La conclusión científica más relevante para La Boquilla fue que el número de aves acuáticas estaba relacionado positivamente con la superficie de agua disponible y la precipitación acumulada durante los doce meses anteriores. Los patos buceadores dependieron especialmente de la superficie acuática, mientras los patos de superficie respondieron tanto al tamaño como a la permanencia del humedal. Los autores también encontraron que, en conjunto, las aves eran más abundantes en humedales semipermanentes y preferían sitios naturales confiables frente a grandes cuerpos artificiales cuando existían ambas opciones.

Esta última observación impide exagerar el papel de La Boquilla. La presa es un sitio documentado de aves migratorias, pero la investigación no la identifica como el principal humedal aviar de Chihuahua. En los datos históricos analizados por los científicos, sitios naturales como Laguna de Babícora y los complejos Bustillos–Mexicanos concentraron abundancias extraordinarias. La importancia de Lago Toronto es distinta: representa una gran reserva artificial permanente o semipermanente dentro de una región donde muchos otros cuerpos de agua pueden desaparecer temporalmente. En años secos, esa disponibilidad puede adquirir un valor ecológico particularmente elevado.

Septiembre de 2026: el lago conserva apenas una quinta parte de su capacidad.

Ese contexto científico adquiere especial relevancia en la situación actual. El reporte hidrológico del 21 de septiembre de 2026 registró en La Boquilla aproximadamente 595.848 millones de metros cúbicos, equivalentes a alrededor del 21 % de su capacidad de conservación, mientras continuaba una descarga aproximada de 26.5 metros cúbicos por segundo. Medios estatales que reprodujeron información de Conagua ubicaron el porcentaje preciso en 20.931 %.

Para el agricultor del centro-sur de Chihuahua, esa cifra significa incertidumbre sobre el próximo ciclo agrícola. Para el pescador representa menos superficie, cambios en las zonas de captura y presión sobre las poblaciones de peces. Para un ave migratoria, el mismo número tiene otro significado: modifica la profundidad, la distancia entre agua y vegetación, la presencia de lodos expuestos, la disponibilidad de peces e invertebrados y la extensión de las zonas donde puede descansar sin ser perturbada.

El problema no consiste simplemente en que el embalse “se seque”. Una presa cambia de forma conforme pierde agua. En ciertos sectores aparecen planicies fangosas que pueden beneficiar durante algún tiempo a playeros; en otros desaparecen ensenadas someras, vegetación inundada o conexiones con zonas ribereñas. Los patos buceadores necesitan una configuración distinta de la requerida por un costurero pico largo que sondea el lodo, y un pelícano que depende de peces enfrenta condiciones diferentes a las de un tildío que recorre una playa. Por eso, la reducción de La Boquilla debe analizarse como una transformación de hábitats, no únicamente como una pérdida porcentual de almacenamiento. La investigación de 2022 demuestra que la superficie acuática y la permanencia del agua son variables capaces de modificar significativamente la abundancia de las aves del Altiplano.

Cuando desaparece el agua, no sólo desaparece un paisaje.

La Boquilla fue construida para almacenar y administrar agua, no para convertirse en santuario de aves. Sin embargo, los ecosistemas no preguntan cuál era la intención original de una obra humana. Durante décadas peces, plantas acuáticas, invertebrados y aves fueron ocupando sus espacios hasta integrar una comunidad biológica alrededor del embalse. El gobierno municipal reconoce hoy esa dimensión ecológica al describir la vegetación ribereña, los pastizales y los cuerpos de agua como hábitat de fauna acuática y aves migratorias y locales.

CONABIO ha planteado una idea particularmente pertinente para esta región: los cuerpos de agua del norte deben considerarse puentes para las aves migratorias. La expresión resume un fenómeno continental. Un humedal puede encontrarse en Chihuahua, otro a cientos de kilómetros en Durango y otro mucho más al norte en Estados Unidos, pero para determinadas especies forman partes de una misma red. El deterioro o desaparición de uno de esos eslabones puede obligar a las aves a recorrer mayores distancias, concentrarse en sitios menos favorables o modificar sus rutas.

La gran deuda: saber qué aves viven hoy en Lago Toronto.

Quizá el hallazgo más importante de esta investigación no sea una especie, sino una ausencia de información. Existen censos extraordinariamente valiosos de mediados del siglo XX, una tesis específica de 2006, registros científicos históricos y análisis continentales que incluyen La Boquilla, pero no apareció en las fuentes consultadas un programa público reciente de monitoreo anual que publique sistemáticamente cuántas especies e individuos utilizan Lago Toronto durante primavera, verano, otoño e invierno.

Eso representa una oportunidad científica y periodística. Un monitoreo mensual permitiría determinar cuándo llegan los primeros patos del norte, cuánto permanecen los gansos, cuáles playeros utilizan las playas expuestas durante el descenso de la presa, dónde se concentran garzas y pelícanos, qué especies se reproducen localmente y qué ocurre cuando el almacenamiento pasa de niveles relativamente altos a porcentajes cercanos al 20 %. También permitiría comparar los números actuales con aquellos 6,435 patos observados en 1951 o con los registros de la tesis de Nevárez medio siglo después.

La ausencia de datos contemporáneos hace imposible afirmar responsablemente que actualmente existen en La Boquilla exactamente determinadas cantidades de patos, gansos o playeros. Los registros históricos prueban presencia y uso del embalse, no garantizan que las mismas abundancias persistan en 2026. Ésa es una diferencia crucial. Un reportaje ambiental no debe convertir un registro de 1951 en una fotografía del presente.

Un lago para los hombres y también para las aves.

Durante generaciones La Boquilla ha sido vista como reserva agrícola, fuente de electricidad, pesquería, destino turístico y pieza central de la economía del río Conchos. Todo eso es cierto. Pero debajo de esa historia humana existe otra mucho menos contada. Cada invierno, durante décadas, aves nacidas a centenares o miles de kilómetros encontraron agua en este punto del desierto. Los patos descendieron sobre sus ensenadas; los gansos utilizaron el embalse y sus alrededores; los playeros recorrieron playas de lodo, grava y roca; los achichiliques quedaron registrados en la literatura científica, y garzas y pelícanos forman parte hoy de la fauna reconocida oficialmente para el municipio.

Por eso el nivel de La Boquilla cuenta una historia más amplia que la de una escala graduada junto a una cortina. Cuando el agua sube o baja se modifica simultáneamente la agricultura, la pesca, el turismo y una pequeña estación dentro de una ruta migratoria continental. En septiembre de 2026, con el embalse alrededor de una quinta parte de su capacidad, mirar hacia las aves puede ofrecer una forma distinta de entender la crisis del agua: Lago Toronto no almacena únicamente metros cúbicos. También almacena hábitat.

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