La Barbería González: siete décadas de historia, tijeras y memoria en Jiménez.

Don Joaquín nació en Calera, Zacatecas, y desde muy pequeño mostró una sorprendente quietud y atención por los detalles. “Era muy tranquilo”, recuerda. “A los 11 años empecé a trabajar en la peluquería.

Reportaje Especial / HISTORIASMX. – En pleno corazón de Ciudad Jiménez, Chihuahua, sobre una calle donde aún se respira el olor a loción para después de afeitar y se escucha el sonido metálico de las tijeras, sobrevive uno de los oficios más antiguos y entrañables del lugar: la barbería tradicional.


Se trata de la Barbería González, un espacio que guarda más de 67 años de historia, recuerdos y conversaciones, dirigida por un hombre que ha dedicado su vida entera al arte de cortar cabello: don Joaquín González, parte de una dinastía de peluqueros que desde 1957 ha marcado generaciones de jimenenses.

El niño que empezó con unas tijeras

Don Joaquín nació en Calera, Zacatecas, y desde muy pequeño mostró una sorprendente quietud y atención por los detalles. “Era muy tranquilo”, recuerda. “A los 11 años empecé a trabajar en la peluquería. Aprendí viendo a mis vecinos, y luego me llevaron a Juárez, donde estaban mi papá y mis hermanos. Éramos cuatro peluqueros en una sola barbería, la Monterrey. Allí pasé un año, hasta que mi papá decidió que nos regresáramos.”

Pero el destino tenía otros planes.
En 1957, un amigo de su padre lo convenció de quedarse en Jiménez. “Nos prestó para traer los muebles en el ferrocarril y abrir la barbería. Así empezó todo”, recuerda con una sonrisa.

Los primeros días: trabajo, algodón y clientela

Jiménez era entonces una población pequeña, agrícola, rodeada de campos de algodón.
“Llegaban cuadrillas del sur a trabajar en la pizca, y con eso nos fue muy bien”, relata. “Esa gente se bañaba en los Baños Lourdes, y al salir, pasaban directo a rasurarse o cortarse el cabello. Ahí formamos la clientela que nos acompañó durante años.”

La primera barbería de los González funcionó en los Baños Lourdes, donde permanecieron dos años antes de mudarse a un local frente a donde hoy se venden los famosos taquitos ‘Migrán’.
“Allí estuvimos del 59 al 83”, dice don Joaquín. “Después, en 1986, nos mudamos al local actual, donde seguimos atendiendo a la gente con las mismas ganas.”

De las tijeras a las máquinas: el oficio que evoluciona sin perder el alma

Cuando empezaron, no existían máquinas eléctricas. “Usábamos tijeras y máquinas de mano. Fue hasta después que compramos herramientas nuevas”, explica.
Con el paso del tiempo, la moda cambió, los jóvenes comenzaron a dejarse el cabello largo y el trabajo escaseó. “Llegó un momento en que pensamos en irnos a Estados Unidos, pero mi esposa me bajó las alas”, comenta entre risas.

Pese a los altibajos, la Barbería González sobrevivió.
El secreto, dice, fue la constancia, la honestidad y el respeto al cliente. “Aquí siempre hemos trabajado con humildad. Jamás hemos cerrado por falta de trabajo. Si un cliente quería que lo atendiera yo o mi hermano, lo esperaban, aunque hubiera otros empleados. Eso fue lo que nos mantuvo.”

Una vida entre tijeras, navajas y anécdotas

Don Joaquín recuerda los años en que los cortes costaban 5 pesos.
“Hoy cobramos 120. En aquel entonces trabajábamos de nueve de la mañana a medianoche, sin parar. Llegamos a atender hasta 36 clientes en un solo día”, cuenta.


A pesar del paso del tiempo y las enfermedades, don Joaquín no ha dejado de trabajar. “Me enfermé de una hernia hiatal, pensé que era gastritis. Me salvé de milagro. Y aquí sigo, gracias a Dios.”

Las paredes de la barbería están decoradas con retratos de Francisco Villa, Zapata y escenas de la Revolución Mexicana, recuerdos que le fueron regalados por un cliente que emigró a Estados Unidos.
“Cada cuadro tiene una historia. Son parte de la decoración, pero también de la memoria”, comenta mientras acomoda una vieja navaja de afeitar sobre el mostrador.

Un legado que trasciende generaciones

A sus 82 años, don Joaquín sigue recibiendo a sus clientes con la misma cordialidad de siempre.
“El sol sale para todos”, dice con serenidad. “Yo ya voy de salida, pero deseo que a los jóvenes barberos les vaya bien. Que trabajen con respeto, que sean pacientes. Este oficio da para vivir y para ser feliz.”

Su historia es la de un hombre que, con unas tijeras, una navaja y una sonrisa, ha visto pasar casi siete décadas de historia de Ciudad Jiménez desde una silla de barbero.
Un lugar donde cada corte tiene su historia, y donde cada conversación se convierte en una anécdota más.

Por: Selene Ulate / HistoriasMX

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