De la fibra colonial a los cultivos clandestinos: la historia de la marihuana y la amapola en México

Dos plantas extranjeras que terminaron arraigadas en el territorio mexicano

HISTORIASMX. – Antes de que las palabras marihuana y amapola quedaran asociadas con narcotraficantes, soldados, cárceles, campañas militares y comunidades serranas, ambas plantas tuvieron historias muy diferentes. La cannabis llegó a la Nueva España como una materia prima promovida por la Corona española. La adormidera, de la que se obtiene el opio, circuló inicialmente dentro de la medicina, el comercio farmacéutico y las migraciones internacionales.

Su transformación en cultivos clandestinos no ocurrió de manera inmediata ni puede atribuirse a una sola persona. Fue un proceso de siglos en el que participaron decisiones gubernamentales, conocimientos campesinos, mercados medicinales, migración china, prohibiciones, demanda estadounidense, pobreza rural y redes políticas de protección.

La revisión de archivos históricos, investigaciones académicas y documentos jurídicos también obliga a cuestionar dos relatos muy repetidos: que la marihuana ya era utilizada por los pueblos prehispánicos y que el cultivo de amapola comenzó en Sinaloa durante la Segunda Guerra Mundial por órdenes del Gobierno de Estados Unidos. Ninguna de estas afirmaciones cuenta con evidencia documental suficiente para aceptarse sin reservas.

El cáñamo llegó con los conquistadores.

No existe evidencia arqueológica o documental sólida de que la Cannabis sativa estuviera presente en Mesoamérica antes de la llegada de los españoles. Las culturas originarias conocían numerosas plantas psicoactivas —peyote, hongos, ololiuhqui y distintas especies de tabaco—, pero la cannabis no formaba parte comprobada de ese universo botánico.

La planta llegó durante la primera mitad del siglo XVI. Entonces no se hablaba de marihuana, sino de cáñamo. Su tallo proporcionaba una fibra resistente para elaborar cuerdas, lonas, cinchas, ropa, calzado y velas para embarcaciones.

Durante mucho tiempo se atribuyó a Pedro Cuadrado, integrante de la expedición de Pánfilo de Narváez, la primera siembra americana de cannabis. El historiador Isaac Campos recoge esta versión, aunque investigaciones más recientes advierten que el origen preciso continúa abierto. Los documentos prueban que Cuadrado sabía cultivar cáñamo en la Ciudad de México hacia 1537, pero otros personajes pudieron antecederlo.

El historiador José Domingo Schievenini señala que la evidencia más consistente conduce a Sebastián Ramírez de Fuen-Leal, presidente de la Segunda Audiencia. Entre 1530 y 1535 habría promovido la siembra de lino y cáñamo alrededor de la capital novohispana. Hernán Cortés y fray Juan de Zumárraga también defendieron su producción debido a la necesidad de disponer de cordaje y textiles para los proyectos navales del Pacífico.

En 1545, Carlos V ordenó a virreyes y gobernadores fomentar el cultivo de lino y cáñamo en las Indias. Durante los siglos posteriores hubo intentos en Atlixco, Chalco, Xochimilco, Texcoco, Michoacán, California, Papantla, Cholula, San Blas y otros puntos de la Nueva España. En 1781 incluso se estableció la Real Fábrica de Cáñamo y Lino de Chalco.

La mayoría de los proyectos fracasó por falta de semillas adecuadas, problemas de riego, desconocimiento técnico y ausencia de un mercado suficientemente rentable. Pero las plantas no desaparecieron por completo.

¿Cuándo se convirtió el cáñamo en marihuana?

La gran transformación ocurrió cuando algunas poblaciones dejaron de mirar exclusivamente el tallo y comenzaron a utilizar las flores y la resina por sus efectos medicinales o psicoactivos. El momento exacto no está plenamente documentado.

A finales del periodo colonial aparecieron referencias que relacionaban ciertas preparaciones vegetales llamadas pipiltzintzintli o rosa María con estados de trance y adivinación. Algunos autores han identificado esas plantas con cannabis; otros consideran que se trataba de especies nativas diferentes. Por ello, no puede afirmarse que esas fuentes constituyan una prueba definitiva de consumo indígena de marihuana.

La evidencia se vuelve mucho más clara durante el siglo XIX. Cannabis e “índica” aparecían en manuales médicos y boticas, mientras la marihuana fumada comenzó a asociarse con soldados, presidiarios, trabajadores y habitantes de sectores pobres.

El cambio no fue únicamente farmacológico: también fue social. La misma planta podía figurar como medicamento en una farmacia y, al mismo tiempo, ser condenada cuando la fumaban personas marginadas.

La prensa porfiriana difundió narraciones sobre consumidores que supuestamente perdían la razón y cometían actos violentos. Cárceles, cuarteles y hospitales psiquiátricos se convirtieron en escenarios recurrentes de esas historias. El historiador Isaac Campos sostiene que la fama de la marihuana como productora de locura y violencia se consolidó primero en México y después influyó sobre Estados Unidos.

Esto no significa que todos los consumidores fueran violentos. Los relatos periodísticos y médicos estaban condicionados por los prejuicios de clase, las limitaciones científicas de la época y el sensacionalismo. La marihuana quedó vinculada con los “peligrosos” de la sociedad: presos, indígenas, campesinos, soldados y pobres urbanos.

La Revolución llevó la marihuana por caminos y cuarteles.

Durante la Revolución mexicana, el desplazamiento de ejércitos, trabajadores y campesinos favoreció la circulación de la marihuana. La planta era relativamente sencilla de reproducir, podía mantenerse en pequeñas parcelas y no necesitaba la compleja transformación química de la amapola.

Su consumo se difundió entre algunos soldados y trabajadores móviles, pero sería incorrecto imaginar que toda la población revolucionaria fumaba marihuana. Canciones, caricaturas y relatos posteriores ampliaron considerablemente esa imagen. Incluso “La Cucaracha”, frecuentemente interpretada como una referencia directa al cannabis, cuenta con numerosas letras y versiones anteriores; no constituye por sí sola evidencia histórica sobre la extensión del consumo.

El 15 de marzo de 1920 fueron publicadas en el Diario Oficial las “Disposiciones sobre el cultivo y comercio de productos que degeneran la raza”. El ordenamiento prohibió el cultivo y comercio de marihuana. México tomó esta decisión antes de la prohibición federal estadounidense de 1937.

La expresión “degeneran la raza” resume la mentalidad de la época. La prohibición estuvo marcada tanto por preocupaciones sanitarias como por ideas morales, raciales y clasistas.

Paradójicamente, la ilegalidad no eliminó el consumo. Lo empujó hacia mercados clandestinos, elevó el valor del producto y concedió a policías, autoridades y traficantes un nuevo poder: decidir a quién detener, a quién proteger y qué cargamento permitir.

La amapola: medicina, migración y comercio internacional.

La historia de la amapola —Papaver somniferum, también llamada adormidera— siguió otra trayectoria. Es importante no confundirla con las amapolas silvestres mexicanas del género Argemone. Estas últimas pueden producir sustancias tóxicas, pero no son la especie utilizada para obtener opio.

Durante el siglo XIX, el opio, la morfina y posteriormente la heroína formaban parte de la medicina internacional. Eran utilizados como analgésicos, sedantes, antidiarreicos y remedios contra la tos. Muchas preparaciones podían adquirirse en farmacias con controles mínimos. Por tanto, el primer contacto mexicano con los opiáceos no nació necesariamente en un sembradío clandestino, sino en las boticas, hospitales, importaciones comerciales y medicamentos patentados.

La migración china de finales del siglo XIX y principios del XX tuvo un papel relevante. Comunidades chinas se establecieron en Sonora, Sinaloa, Baja California y otras regiones del norte, atraídas por ferrocarriles, minas, agricultura y comercio. Algunos migrantes conocían la producción y el consumo de opio fumado.

Pero esa participación debe explicarse sin repetir la antigua propaganda antichina. No todos los migrantes chinos consumían o comerciaban opio, ni el narcotráfico mexicano fue una simple creación extranjera. Empresarios, intermediarios, funcionarios, policías y compradores mexicanos también participaron en las primeras cadenas.

Una investigación de Juan Antonio Fernández Velázquez documenta que las redes de producción de opio mexicano comenzaron a adquirir consistencia durante la década de 1920. Los cultivadores chinos de Sonora fueron importantes no sólo en la siembra, sino en el procesamiento del opio para fumar. La cadena se extendió después hacia Sinaloa, Durango y Chihuahua, estimulada por compradores y mercados de Estados Unidos.

A finales de aquella década aparecían cultivos en municipios de Durango como Tamazula, Topia y Tepehuanes; en Guadalupe y Calvo y la zona de Parral, Chihuahua; así como en Badiraguato, Cosalá, Mocorito, Culiacán y Sinaloa de Leyva. Con el tiempo, parte de esta geografía sería conocida como el Triángulo Dorado.

La persecución contra los chinos ocultó a los demás participantes.

Durante las décadas de 1910, 1920 y 1930 se intensificaron las campañas antichinas en el norte de México. El opio fue empleado para presentar a esas comunidades como una amenaza moral, económica y racial.

En Sonora y Sinaloa hubo expulsiones, cierres de comercios, detenciones y confiscaciones. La imagen del “chino opiómano” permitió concentrar la responsabilidad en una minoría visible, mientras permanecían en segundo plano los propietarios mexicanos, agentes públicos y comerciantes que obtenían beneficios.

La represión también produjo un efecto económico: al expulsar o debilitar a los primeros operadores chinos, comerciantes y cultivadores mexicanos ocuparon parte del espacio que dejaron. El conocimiento agrícola y las conexiones comerciales no desaparecieron; cambiaron de manos.

El mito de la Segunda Guerra Mundial.

Uno de los relatos más persistentes sostiene que el Gobierno estadounidense pidió a México sembrar amapola durante la Segunda Guerra Mundial para obtener morfina destinada a los soldados aliados. Según algunas versiones, el acuerdo habría dado origen a los plantíos de la sierra de Sinaloa.

La historia resulta atractiva porque ofrece una fecha, una razón patriótica y un responsable externo. Sin embargo, los estudios históricos no han localizado un convenio oficial que demuestre una campaña binacional de esa naturaleza.

Además, existen registros de producción y tráfico mexicano de opio desde la década de 1920, mucho antes de la guerra. En consecuencia, la contienda mundial pudo aumentar precios, demanda y expectativas entre cultivadores, pero no creó desde cero la actividad.

La investigación histórica más reciente sitúa la consolidación de la cadena entre 1920 y 1950: productores rurales, acopiadores regionales, procesadores y contrabandistas conectaron la Sierra Madre Occidental con el mercado estadounidense. El conflicto bélico fue un acelerador posible, no un punto de origen demostrado.

¿Cómo se propagó el consumo?

La propagación de ambas drogas siguió caminos distintos.

La marihuana se extendió principalmente mediante redes internas: cuarteles, prisiones, barrios populares, trabajo migrante, ferrocarriles, puertos y zonas fronterizas. También subsistió como remedio popular para dolores y molestias. Su precio reducido y la posibilidad de cultivarla en superficies pequeñas facilitaron una difusión más amplia.

El opio tuvo inicialmente una circulación más limitada. Se encontraba en medicamentos, consultorios, boticas y espacios de consumo vinculados con ciertas comunidades migrantes. La aparición de la morfina y la heroína modificó después el mercado. La heroína podía transportarse en volúmenes pequeños, tenía mayor potencia y encontró una demanda creciente al norte de la frontera.

La prohibición estadounidense de determinados opiáceos, las restricciones mexicanas y el cierre de fuentes legales no hicieron desaparecer a los consumidores. Generaron un mercado clandestino abastecido por intermediarios capaces de cruzar una frontera de más de tres mil kilómetros.

En las décadas de 1960 y 1970 se produjo otra transformación. La expansión del consumo recreativo en Estados Unidos incrementó la demanda de marihuana mexicana. Simultáneamente, la reducción de la llamada “Conexión Francesa” —que llevaba heroína europea a Estados Unidos— abrió espacio para el opio y la heroína producidos en México.

Fue entonces cuando los pequeños circuitos regionales comenzaron a convertirse en organizaciones de mayor escala.

La sierra detrás del cargamento.

Vista desde las ciudades, la historia suele contarse mediante nombres de traficantes. Vista desde las montañas, aparece otra realidad.

En numerosas comunidades de Sinaloa, Durango, Chihuahua y Guerrero, la amapola prosperó donde el Estado llegaba de manera intermitente. Eran lugares con caminos difíciles, escasos servicios de salud, poca educación y casi ningún mercado seguro para los productos legales. Una cosecha ilícita podía representar en una temporada lo que el maíz o el frijol no producían en varios años.

Esto no convirtió automáticamente a los campesinos en integrantes de grandes organizaciones criminales. Muchos ocuparon el nivel más vulnerable de la cadena: asumían el riesgo de la erradicación, la detención, la pérdida de la cosecha y la violencia, pero recibían una fracción del valor final.

La expansión de los cultivos fue, por tanto, una historia de demanda internacional, pero también de desigualdad rural. Las plantas se arraigaron allí donde coincidieron aislamiento geográfico, conocimiento agrícola, compradores permanentes y falta de alternativas.

De problema sanitario a guerra permanente.

En 1940, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, México ensayó brevemente un enfoque diferente. El Reglamento Federal de Toxicomanías trató la dependencia como un asunto de salud y permitió dispensar sustancias bajo supervisión médica. El experimento duró pocos meses, afectado por dificultades de abastecimiento y presiones internacionales.

Después se impuso nuevamente el modelo punitivo. Durante las décadas siguientes llegaron las campañas de destrucción de plantíos, detenciones masivas y cooperación antidrogas con Estados Unidos. En la década de 1970, la Operación Cóndor desplegó militares y agentes en el noroeste del país.

Los cultivos no desaparecieron. Se desplazaron hacia regiones más remotas, mientras las redes criminales se hicieron más sofisticadas. La persecución alteró la geografía, pero no eliminó la demanda.

Una historia que no cabe en una sola leyenda.

La marihuana y la amapola no surgieron en México como cultivos criminales. La primera llegó como cáñamo promovido por la Corona; la segunda estuvo vinculada con una medicina mundial que utilizaba legalmente opio y morfina. Sólo más tarde, al cambiar las formas de consumo y construirse el régimen prohibicionista, ambas se convirtieron en mercancías clandestinas.

Tampoco existe un único culpable. La migración china fue decisiva en determinados circuitos del opio, pero responsabilizar exclusivamente a esa comunidad reproduce una explicación nacida de la xenofobia. La Segunda Guerra Mundial pudo dinamizar un mercado existente, pero no hay pruebas concluyentes del supuesto convenio que habría ordenado sembrar amapola en Sinaloa.

La historia documentada es más compleja y también más humana. Habla de boticarios que vendían sustancias todavía consideradas medicinas; soldados y presos convertidos en símbolos del miedo; migrantes perseguidos; campesinos serranos atrapados entre necesidad y violencia; autoridades que prohibieron productos que antes habían circulado legalmente, y consumidores que no desaparecieron cuando las leyes dijeron que debían hacerlo.

En ese largo tránsito, dos plantas dejaron de ser fibras, flores y remedios. Se convirtieron en mercancías perseguidas y, precisamente por ser perseguidas, adquirieron un valor capaz de financiar redes cada vez más violentas.

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