En Ciudad Jiménez, donde el calor agrieta las calles y la indiferencia parece derretir voluntades, una mujer sin extremidades inferiores recorre las avenidas a bordo de su silla eléctrica, vendiendo bonice. Isabel Ogaz no se rinde. Tras ser desplazada de su lugar de trabajo, hoy clama por un espacio donde no la corran, donde pueda hacer lo que mejor sabe: ganarse la vida con esfuerzo, no con lástima. Esta es su historia. Un llamado a la conciencia.
HISTORIASMX. – Bajo el sol inclemente del desierto chihuahuense, donde las sombras son escasas y el calor quema la piel como si el pavimento respirara fuego, una figura avanza lentamente por las calles de Ciudad Jiménez. No camina. Rueda. Sobre una silla de ruedas eléctrica adaptada con una hielera al frente, Isabel Ogaz desafía la adversidad con una dignidad que sacude el alma.
La hielera, azul y blanca, va repleta de bonice. Es su herramienta de trabajo y su bandera de lucha.
—“No me gusta que me regalen nada. Yo prefiero trabajar. Así me siento útil, me siento viva”, dice Isabel, mientras acomoda las bolsas de hielo con sabor que vende a niños, adultos y trabajadores bajo el mismo sol que a ella no le ha quebrado la voluntad.
La historia de una lucha silenciosa.
Isabel, una mujer con discapacidad motriz, no cuenta con extremidades inferiores. Pero eso nunca la detuvo. Durante años, vendió cosméticos y accesorios en las afueras del banco BBVA Bancomer, justo sobre la banqueta de la Calzada Juárez. Quienes pasaban por ahí ya conocían su sonrisa, su amabilidad, su manera tenaz de ganarse la vida.
Pero un día, todo cambió.
—“Unos me dijeron que no podía estar allí, que era propiedad privada. Me dolió, no porque me corrieran, sino porque para mí ese lugar era mi sustento. Era mi pedacito de dignidad”, cuenta con los ojos enrojecidos por el sol y, quizá, también por la tristeza.
Desde entonces, Isabel ha tenido que reinventarse. No se rindió. No se quedó en casa a esperar la compasión ajena. Armó su hielera, recargó su silla eléctrica y salió a buscar vida entre las calles de Jiménez.
—“Vender bonice puede parecer poco para algunos, pero para mí significa libertad. Me permite sentir que aún tengo un lugar en esta ciudad”.
Un llamado que merece respuesta.
Con voz firme pero serena, Isabel hace un exhorto directo al presidente municipal de Jiménez:
—“Yo solo pido un espacio. Un lugarcito en la Calzada Juárez donde pueda trabajar sin estorbar. No quiero caridad. Quiero oportunidad”.
Ese pequeño rincón donde antes ofrecía sus productos se convirtió, para ella, en una esperanza frustrada. Ahora pide que se le escuche, no por lástima, sino por justicia. Porque Isabel representa lo mejor del espíritu jimenense: ese que no se deja vencer ni por la falta de recursos ni por el olvido institucional.
Inspiración sobre ruedas.
La imagen de Isabel recorriendo las calles, saludando con una sonrisa a los vecinos, vendiendo bonice con esfuerzo propio, se ha vuelto cotidiana para muchos. Pero para otros, es un recordatorio incómodo de lo mucho que falta por hacer para construir una ciudad más incluyente.
—“Muchos jóvenes me dicen que les doy ejemplo. Yo no quiero ser ejemplo, quiero ser alguien que trabaja y vive como todos. Que puede ganarse su pan con esfuerzo. No con lástima”, dice sin dramatismo, pero con una fuerza que conmueve.
Isabel Ogaz no pide mucho. Pide lo justo. Pide lo que ha demostrado merecer con cada jornada bajo el sol, con cada venta, con cada sonrisa que se resiste a desvanecerse. Su historia es una de esas que no deberían pasar desapercibidas. Porque detrás de su silla de ruedas, de su hielera improvisada y su andar incansable, hay una mujer que enseña, todos los días, lo que significa la verdadera dignidad.
Por: Gorki Belisario Rodríguez Ávila.