Peñoles: Arqueología de un asentamiento frágil en el Viejo Camino a Chiguagua.

Los indicios más antiguos detectados en la región corresponden a estructuras extremadamente simples: círculos de piedra de tres a cuatro metros de diámetro, delimitados por muros bajos, conocidos popularmente como corralitos. Este tipo de evidencias ha sido documentado también en otras regiones del norte de México y el sur de Estados Unidos, lo que permite suponer una tradición arquitectónica ampliamente compartida por grupos arcaicos.

Un territorio apenas explorado

HISTORIASMX – Reportaje Especial. – La arqueología del sureste del estado de Chihuahua sigue siendo, hasta hoy, una disciplina marcada por la fragmentación de esfuerzos y la escasez de recursos. Durante al menos cuatro años de recorridos sistemáticos de superficie, diversos investigadores centraron su atención en los municipios de Parral, Valle de Allende, Coronado, López y Jiménez, una franja territorial que fue transitada y ocupada por los tobosos y grupos afines desde épocas prehispánicas hasta bien entrado el periodo colonial.

En ese contexto, el sitio arqueológico de Peñoles emerge como uno de los enclaves más complejos y reveladores del área. No se trata de un asentamiento aislado ni fortuito, sino de un punto que articula movilidad indígena, adaptación ambiental, procesos de aculturación y, finalmente, abandono.

Los primeros vestigios: ocupaciones tempranas y “corralitos”

Los indicios más antiguos detectados en la región corresponden a estructuras extremadamente simples: círculos de piedra de tres a cuatro metros de diámetro, delimitados por muros bajos, conocidos popularmente como corralitos. Este tipo de evidencias ha sido documentado también en otras regiones del norte de México y el sur de Estados Unidos, lo que permite suponer una tradición arquitectónica ampliamente compartida por grupos arcaicos.

Durante mucho tiempo se pensó que estos círculos tenían un uso exclusivamente nocturno, como espacios para dormir. Sin embargo, investigaciones más recientes, encabezadas por especialistas como John R. Roney y Robert J. Hard, han demostrado que en su interior aparecen objetos líticos asociados a diversas actividades cotidianas, lo que amplía la interpretación funcional de estos espacios.

En el entorno regional de Peñoles se han registrado círculos de piedra en cerros cercanos a Jiménez, Villa López, Valle de Allende y en el propio sitio de Peñoles, lo que confirma su importancia dentro de este patrón temprano de ocupación humana.

Peñoles y la huella de los cazadores recolectores.

Más abundantes que los asentamientos permanentes son los llamados sitios de ocupación ocasional, distribuidos a lo largo de ríos, ojos de agua y rutas naturales de tránsito. Estos lugares conservan evidencias mínimas pero significativas: puntas de proyectil, raspadores, raederas y otros instrumentos de piedra de pequeñas dimensiones, diseñados para ser transportados fácilmente por grupos nómadas.

En Peñoles y su entorno inmediato aún es posible observar material lítico disperso en superficie, testimonio silencioso de estas ocupaciones efímeras. En algunos sectores también se han identificado fragmentos de barro cocido, restos de vasijas quebradas por el uso o la intemperie, que refuerzan la idea de estancias breves pero recurrentes.

Estos espacios no responden a una temporalidad única. Fueron utilizados durante distintos momentos históricos, desde etapas prehispánicas hasta tiempos coloniales, como lo demuestran tanto los hallazgos arqueológicos como los registros documentales de incursiones militares que describen fogones, camas improvisadas y rastros de paso indígena.

Campamentos estacionales y actividades específicas.

Un segundo nivel de ocupación corresponde a campamentos de corta duración, utilizados durante varios días o semanas para aprovechar recursos específicos del entorno: recolección de frutos, caza estacional o actividades rituales. En este tipo de sitios la densidad de materiales aumenta y se diversifica.

En abrigos rocosos cercanos se han registrado pinturas rupestres de pigmento rojo, hoy severamente deterioradas por la exposición al sol y al viento. Figuras geométricas como rombos, líneas y puntos sugieren un lenguaje simbólico compartido con otros territorios tobosos, aunque su significado preciso permanece sin descifrar.

Peñoles se inserta dentro de este mosaico de ocupaciones flexibles, adaptadas a un entorno árido, cambiante y exigente, donde la movilidad fue una estrategia de supervivencia durante siglos.

Parte II

Una doble ocupación en el tiempo.

El análisis estratigráfico y material del sitio arqueológico de Peñoles revela una característica fundamental: no fue ocupado una sola vez, sino al menos en dos momentos claramente diferenciados.

La primera ocupación corresponde a una etapa prehispánica tardía. Los objetos de la industria lítica, asociados a fragmentos cerámicos muy erosionados, muestran afinidades con tradiciones vinculadas a la cultura Chalchihuites y a sitios como Loma de San Gabriel, en el actual Durango. Estas evidencias sugieren que Peñoles fue habitado alrededor del año 1450 d.C., es decir, poco antes de la llegada de los europeos a la región.

A esta etapa pertenecen también algunas de las pinturas rupestres del sitio, cuyos diseños se repiten en otros puntos del territorio históricamente ocupado por los tobosos.

La ocupación virreinal: aculturación y fragilidad.

La segunda ocupación corresponde ya al periodo colonial. En ella aparecen tiestos vidriados, fragmentos de vidrio, piezas de metal y restos cerámicos de tradición europea, mezclados con herramientas de piedra. Esta coexistencia de materiales evidencia un proceso de transculturación, en el que un grupo toboso protoagrícola adoptó prácticas, objetos y estructuras impuestas por el sistema colonial.

Se trató, sin embargo, de una ocupación breve. Los materiales son escasos y se concentran en los estratos superiores, lo que indica un asentamiento de no más de dos décadas. La distancia con Atotonilco, las limitaciones ambientales y la presión política y militar del momento jugaron en contra de la estabilidad del poblado.

Clima, conflicto y abandono.

Los estudios paleoclimáticos señalan que entre 1616 y 1644 la región atravesó un periodo de lluvias torrenciales alternadas con sequías extremas. Estas condiciones, sumadas a los levantamientos tobosos documentados en fuentes históricas, crearon un escenario de alta inestabilidad.

Todo apunta a que Peñoles fue abandonado alrededor de 1644, cuando la sequía, la presión de las federaciones indígenas rebeldes y las exigencias coloniales hicieron inviable la permanencia del grupo asentado.

Minerales, recursos y una oportunidad fallida.

Uno de los aspectos más llamativos del sitio es la presencia abundante de fragmentos de amazonita, un feldespato de color verde intenso. La cercanía de antiguas minas sugiere que una de las funciones asignadas a la población de Peñoles pudo haber sido la localización y posible explotación de recursos minerales.

Hoy, el sitio aún conserva material lítico visible y restos cerámicos dispersos, vestigios que confirman su potencial arqueológico no agotado. Estos elementos, lejos de ser simples residuos, representan una oportunidad para profundizar en el conocimiento de un experimento colonial fallido y de una sociedad indígena atrapada entre dos mundos.

Un sitio clave para la historia regional.

Peñoles no fue una fortaleza inexpugnable ni un gran centro poblacional. Fue, más bien, un intento frágil de sedentarización, un punto de negociación entre tradición indígena y orden colonial, condicionado por el clima, el territorio y el conflicto.

Su estudio permite entender no sólo la historia de los tobosos, sino también los límites del proyecto colonial en el norte novohispano. Aún quedan preguntas abiertas, materiales por analizar y capas de historia por revelar. Peñoles, silencioso sobre el pedregal, sigue esperando nuevas miradas.

Por: Gorki Rodríguez / HISTORIASMX – Laboratorio de Periodismo.

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