Entre la confusión taxonómica, el saqueo, la pérdida de hábitat y una protección legal que avanza con retraso, el género Lophophora enfrenta una crisis que es al mismo tiempo biológica, cultural y humana
Investigación y reportaje: Gorki Belisario Rodríguez Ávila | HISTORIASMX
Fecha de corte de la investigación: 2 de septiembre de 2026
HISTORIASMX. – En el desierto, el peyote casi nunca se impone a la vista. Su cuerpo pequeño, redondo y sin espinas apenas sobresale del suelo pedregoso. Puede confundirse con el color de la tierra, esconderse bajo un arbusto y pasar años creciendo unos cuantos centímetros. Esa discreción, que durante milenios fue una forma de sobrevivir al calor y a la escasez de agua, hoy ya no basta para protegerlo.
El peyote se encuentra bajo presión por la extracción ilegal, el comercio de plantas raras, la transformación del matorral para agricultura y ganadería, la apertura de caminos, la minería, el crecimiento urbano y la explotación turística de ceremonias indígenas. Su lenta recuperación convierte cada ejemplar arrancado y cada población destruida en una pérdida que no puede reponerse en una temporada de lluvias.
Pero hablar de “las variedades de peyote” exige una primera corrección. En internet, viveros, coleccionistas y páginas comerciales mezclan especies, variedades, formas de cultivo, mutaciones y antiguos sinónimos. La botánica contemporánea no ofrece una lista única e indiscutible. Plants of the World Online, del Real Jardín Botánico de Kew, reconoce en 2026 cuatro especies aceptadas dentro del género Lophophora: L. williamsii, L. diffusa, L. fricii y L. alberto-vojtechii. World Flora Online, en cambio, incluye tres —sin reconocer separadamente a L. alberto-vojtechii—, mientras que algunos artículos científicos recientes continúan hablando de dos especies formalmente reconocidas: L. williamsii y L. diffusa.
La diferencia no es un detalle académico. Si una especie no está correctamente delimitada o si la legislación la esconde dentro de la sinonimia de otra, resulta más difícil saber cuántas poblaciones quedan, dónde concentrar la vigilancia y qué material debe conservarse en bancos de semillas o jardines botánicos.
No todas son “variedades”: la familia Lophophora.
| Taxón reconocido por Kew | Identidad y rasgos generales | Distribución general documentada | Situación de conservación disponible |
|---|---|---|---|
| Lophophora williamsii | Peyote propiamente dicho, llamado también hikuri o híkuri en tradiciones indígenas. Cuerpo generalmente verde azulado, aplanado, con costillas visibles y flores usualmente rosadas. Es la especie asociada de manera principal con la mescalina y con el uso ceremonial. | Del sur y suroeste de Texas al norte y centro-norte de México. Fuentes universitarias mexicanas registran presencia en Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Durango, Zacatecas, San Luis Potosí y Tamaulipas. | Vulnerable en la UICN y con tendencia poblacional decreciente. En la lista mexicana definitiva de 2019 aparece como Sujeta a protección especial (Pr); el proyecto de 2025 propone En peligro de extinción (P). Profepa la describió como “en peligro de extinción” en junio de 2026. CITES: Apéndice II. |
| Lophophora diffusa | Peyote de Querétaro o “peyote falso”. Suele ser verde amarillento, con costillas poco definidas y flores claras, blancas o rosadas. Es botánica y químicamente distinta de L. williamsii. | Microendémica del semidesierto queretano-hidalguense; posee una distribución mucho más reducida. | En peligro de extinción (P) en México desde la modificación de 2019; Vulnerable en la UICN. CITES: Apéndice II. Estudios reportan desaparición de poblaciones y descenso demográfico. |
| Lophophora fricii | En distintas clasificaciones fue tratada como variedad o subespecie de L. williamsii o L. diffusa; Kew la reconoce actualmente como especie. Presenta flores rosadas a magenta y diferencias morfológicas y químicas respecto del peyote propiamente dicho. | Endémica de Coahuila, de acuerdo con Kew. | Datos insuficientes (DD) en la UICN; un modelo internacional de riesgo para angiospermas la predice como amenazada con confianza alta. No se localizó una entrada independiente en la lista mexicana definitiva de 2019. CITES: Apéndice II por la inclusión de la familia Cactaceae. |
| Lophophora alberto-vojtechii | Especie de talla especialmente pequeña, descrita científicamente en 2008. Kew la acepta como especie; otras autoridades no la separan de L. williamsii. | Kew la registra como nativa de San Luis Potosí. | Sin evaluación propia localizada en la Lista Roja de la UICN. El modelo AERP alojado por Kew predice riesgo de extinción amenazado, con confianza alta. La NOM mexicana de 2019 la colocó como sinónimo de L. williamsii, no como entrada independiente. CITES: Apéndice II. |
Esta tabla no significa que existan cuatro “tipos de peyote alucinógeno”. En sentido estricto, el nombre peyote y su importancia ceremonial se asocian principalmente con Lophophora williamsii. Las otras especies del género son llamadas peyote, falso peyote o peyote regional en diferentes fuentes, pero no deben presentarse como equivalentes.
Los nombres que circulan y lo que realmente significan.
Las denominaciones texana, decipiens, echinata, pentagona, pluricostata, lewinii y jourdaniana aparecen con frecuencia en catálogos y foros como si fueran variedades distintas de Lophophora williamsii. La revisión taxonómica de Kew las trata hoy como sinónimos de L. williamsii, no como especies o variedades aceptadas por separado. La llamada var. texana, por ejemplo, fue publicada como nombre botánico, pero Kew la integra en la variación de la especie.
El término caespitosa describe plantas que producen numerosos brotes y forman grupos compactos. Su uso es sobre todo hortícola y puede abarcar clones seleccionados o híbridos; no debe confundirse automáticamente con una variedad silvestre formal. De modo semejante, “cristata” y “variegata” describen formas de crecimiento o coloración apreciadas en cultivo, no poblaciones naturales equivalentes a especies.
En el otro extremo, nombres como fricii y alberto-vojtechii sí son aceptados como especies por Kew. Koehresii y viridescens, que algunas fuentes presentan como especies, son considerados por esa misma base como sinónimos de Lophophora diffusa. El resultado es un laberinto de nombres históricos, comerciales y científicos que solo puede resolverse indicando qué autoridad taxonómica se está siguiendo.
Una planta que vive a la velocidad del desierto.
El peyote no puede responder rápidamente a una extracción intensa. Un estudio comparativo de poblaciones silvestres en Texas señala que L. williamsii puede tardar cerca de diez años en alcanzar un tamaño maduro a partir de semilla. La misma investigación advierte que el aprovechamiento legal e ilegal y la conversión del hábitat para ganadería, agricultura y otros usos económicos mantienen a la especie en declive.
Los experimentos de largo plazo realizados por Martin Terry y colaboradores demostraron la fragilidad de su recuperación. Aun cuando se empleó la técnica de corte que deja parte de la planta en el suelo, los ejemplares recolectados cada dos años presentaron, al sexto año, una supervivencia de aproximadamente 76.5 por ciento, frente a 100 por ciento en las plantas cortadas una sola vez y 97.7 por ciento en las no recolectadas. El volumen de tejido vivo también fue significativamente menor en el grupo sometido a cortes repetidos. La conclusión fue directa: seis años de recuperación probablemente no bastan para garantizar la sostenibilidad.
La vulnerabilidad no termina en el tamaño de la planta. Un estudio de Lophophora diffusa encontró que sus flores dependen en buena medida de pequeños polinizadores, principalmente abejas solitarias y algunos escarabajos. Aunque la población examinada conservaba plántulas, juveniles y adultos, la baja producción de frutos y la limitación de polen reducían su éxito reproductivo. Proteger el peyote, por tanto, implica conservar el matorral, las plantas nodrizas, los suelos y los insectos que permiten el nacimiento de una nueva generación.
¿Está realmente en peligro de extinción?
La respuesta corta es sí: el conjunto de evidencias muestra un riesgo real de desaparición, especialmente a escala local, y una de las especies llamadas peyote ya está formalmente clasificada en México como “En peligro de extinción”. Sin embargo, la respuesta jurídica y científica completa requiere distinguir especies y sistemas de clasificación.
Lophophora diffusa: peligro reconocido por la ley mexicana.
La modificación del Anexo Normativo III de la NOM-059, publicada en el Diario Oficial de la Federación el 14 de noviembre de 2019, elevó a Lophophora diffusa a la categoría P: En peligro de extinción. Esta decisión estuvo respaldada por investigaciones mexicanas que documentaron su distribución extremadamente restringida, el saqueo, el cambio de uso del suelo y la desaparición de poblaciones.
Una investigación demográfica de la Universidad Autónoma Metropolitana confirmó la desaparición de la mitad de diez poblaciones conocidas y estimó, en el sitio estudiado, una disminución promedio cercana al 11 por ciento anual durante el periodo analizado. La cifra no debe extrapolarse mecánicamente a toda la especie, pero muestra la intensidad que puede alcanzar el deterioro local. Otro estudio de evaluación de riesgo había recomendado desde 2012 reclasificarla de Amenazada a En peligro de extinción.
La UICN mantiene a L. diffusa como Vulnerable, categoría que sigue significando que enfrenta un alto riesgo de extinción en estado silvestre. La evaluación citada por instituciones de conservación estima una extensión de presencia de alrededor de 300 kilómetros cuadrados, menos de diez localidades, menos de 3,000 individuos y un descenso de al menos 30 por ciento en dos décadas, principalmente por colecta ilegal.
Lophophora williamsii: entre “protección especial”, vulnerabilidad y una actualización pendiente.
La situación normativa de L. williamsii es más confusa. El anexo definitivo de la NOM-059 publicado en 2019 la mantiene como Sujeta a protección especial (Pr). Conforme a la Ley General de Vida Silvestre, esta categoría se aplica a especies que podrían llegar a estar amenazadas y necesitan acciones de recuperación y conservación.
En abril de 2025, la Semarnat publicó el Proyecto NOM-059-SEMARNAT-2025, cuya lista propuesta coloca a L. williamsii en la categoría P: En peligro de extinción. No obstante, el Suplemento del Programa Nacional de Infraestructura de la Calidad publicado en julio de 2026 todavía describía ese proyecto como “en vías de publicación definitiva”. Por esa razón, no es correcto presentar el proyecto como norma definitiva sin esta reserva.
La contradicción aumentó el 19 de junio de 2026, cuando la Profepa informó del aseguramiento de ejemplares enviados por paquetería desde San Luis Potosí y afirmó que L. williamsii era una especie “en peligro de extinción de acuerdo con la NOM-059-SEMARNAT-2010”. Esa afirmación coincide con la categoría propuesta en 2025, pero no con la letra del último anexo definitivo localizado, el de 2019. La divergencia merece una aclaración oficial de Semarnat porque la certeza taxonómica y jurídica es parte de una protección eficaz.
En el plano global, no hay ambigüedad sobre la señal de alarma: la UICN clasifica a L. williamsii como Vulnerable, con población decreciente. El Jardín Botánico del Instituto de Biología de la UNAM resume una reducción estimada de 30 por ciento y señala como presiones principales la sobrecolecta, la minería, la ganadería y la agricultura.
Decir que “el peyote está en peligro” es, por ello, periodística y ecológicamente defendible, siempre que se explique el matiz: L. diffusa tiene la categoría legal mexicana P; L. williamsii es Vulnerable globalmente, sigue Pr en el anexo definitivo de 2019 y está propuesta para P en la actualización todavía pendiente. Más allá de las siglas, ambas presentan evidencia de declive y pérdida local.
Las amenazas: muchas presiones sobre una planta muy lenta.
1. Extracción ilegal y comercio de rarezas.
La extracción de ejemplares completos elimina no solo la parte visible, sino la raíz y toda posibilidad de rebrote. Las redes sociales, los catálogos internacionales y el mercado de coleccionismo pueden aumentar el valor de las formas raras precisamente porque son escasas. Esa lógica convierte la rareza en incentivo para buscar los últimos individuos.
Los aseguramientos oficiales muestran que no se trata de un riesgo teórico. Profepa ha localizado peyotes sin documentación de procedencia en mercados y envíos de paquetería. En junio de 2026, cuatro ejemplares presuntamente extraídos del medio natural fueron asegurados en San Luis Potosí; presentaban raíces expuestas, cortes y resequedad. En 2019, la autoridad aseguró 16 ejemplares y una preparación con fragmentos de la planta en un mercado de Guanajuato.
La evaluación mundial de las cactáceas publicada en Nature Plants encontró que 31 por ciento de las 1,478 especies evaluadas estaban amenazadas. La extracción y el comercio no sustentable afectaban a 47 por ciento de las especies de cactus amenazadas. El peyote forma parte, así, de una crisis internacional de saqueo vegetal que suele recibir menos atención que el tráfico de fauna.
2. Pérdida y fragmentación del hábitat.
La planta puede sobrevivir a sequías prolongadas, pero no a una retroexcavadora. El desmonte para cultivos, potreros, carreteras, vivienda, minería o bancos de materiales elimina poblaciones completas y también el microhábitat que las sostiene. La fragmentación deja grupos pequeños y aislados, limita el movimiento de polinizadores y reduce las posibilidades de intercambio genético.
Para L. diffusa, cuya distribución es diminuta, una obra o cambio de uso de suelo puede afectar una proporción importante de la población mundial. Para L. williamsii, el territorio es más amplio, pero la presión acumulada puede producir extinciones locales y dejar grandes zonas históricas sin plantas maduras.
3. Recolección frecuente y malas prácticas.
No toda recolección tiene el mismo impacto, pero incluso el corte menos destructivo necesita largos periodos de recuperación. Cuando el ejemplar es cortado demasiado abajo muere; cuando se vuelve a cortar antes de reponer su tejido, aumenta la mortalidad, disminuye el tamaño de las coronas y se interrumpe la producción de flores y semillas. Los estudios de largo plazo indican que la recuperación real debe medirse en muchos años, no en meses.
4. Turismo psicodélico y apropiación cultural.
El interés contemporáneo por las sustancias psicodélicas ha generado viajes, ceremonias comerciales y consumo fuera de los contextos indígenas. La presión no es solo ecológica. Para pueblos como el Wixárika, el hikuri no es una mercancía recreativa, sino un ser sagrado dentro de una relación entre territorio, peregrinación, maíz, venado, fuego, lluvia y comunidad.
En 2025, la UNESCO inscribió la Ruta Wixárika por los Sitios Sagrados hasta Wirikuta en la Lista del Patrimonio Mundial. El bien reúne veinte componentes a lo largo de más de 500 kilómetros y reconoce una tradición viva en la que los rituales, el territorio y los elementos naturales están vinculados. La protección del peyote es, por tanto, también la protección de una continuidad cultural y del derecho de los pueblos originarios a decidir sobre su patrimonio.
5. Sequía y cambio climático: una presión que amplifica las demás.
La temperatura y la precipitación influyen en el tamaño y la estructura de las poblaciones de L. williamsii. No es riguroso atribuir cada disminución observada únicamente al cambio climático, pero un desierto más caliente, periodos secos prolongados y lluvias impredecibles pueden reducir el establecimiento de plántulas y agravar los efectos del saqueo y la fragmentación. Una población intacta posee más posibilidades de resistir; una población pequeña, cortada y aislada tiene menos margen ante cualquier extremo climático.
Más de cinco milenios de relación humana.
La historia del peyote no comenzó con la industria psicodélica. Un análisis de dos ejemplares arqueológicos de Lophophora hallados en una cueva de Texas identificó mescalina y obtuvo fechas que respaldan el conocimiento de sus propiedades por pueblos originarios hace aproximadamente 5,700 años. Otro espécimen prehispánico procedente de una cueva funeraria de Coahuila, asociado a fechas entre 810 y 1070 de nuestra era, contenía varios alcaloides característicos.
Entre los Wixaritari, el hikuri forma parte de una red de parentesco y reciprocidad con el territorio. Estudios antropológicos describen su relación con el maíz y el venado y su recolección ritual en Wirikuta. También existen tradiciones ceremoniales entre Rarámuri, Náayeri, O’dam o Tepehuanes y otros pueblos del norte y occidente de México, cada una con significados propios que no deben reducirse a la palabra “alucinógeno”.
Esa dimensión humana cambia la pregunta de conservación. No se trata de cerrar el desierto como si nunca hubiera existido relación entre personas y plantas. Se trata de distinguir el uso ancestral, normado por comunidades y conocimientos transmitidos, del saqueo comercial, el turismo extractivo y la apropiación que desconoce a los pueblos custodios.
La protección internacional y sus límites.
Las especies de Lophophora están comprendidas en el Apéndice II de CITES por la inclusión general de las cactáceas que no están en el Apéndice I ni en las excepciones establecidas. El Apéndice II no significa automáticamente que una especie esté al borde inmediato de la extinción; significa que el comercio internacional debe controlarse para evitar que llegue a ser incompatible con su supervivencia.
La protección legal tampoco sustituye el trabajo en campo. Una lista puede impedir el comercio sin documentos, pero no reconstruye el matorral desmontado, no conecta poblaciones aisladas y no produce automáticamente datos demográficos. La conservación requiere vigilancia, ciencia, presupuesto y acuerdos con quienes poseen o habitan la tierra.
Qué tendría que hacerse para evitar el silencio.
Una estrategia seria debe comenzar por proteger el hábitat, no únicamente ejemplares individuales. Los polígonos con poblaciones conocidas necesitan vigilancia y manejo que preserve suelos, plantas nodrizas, polinizadores y conectividad. La publicación irresponsable de coordenadas exactas debe evitarse porque puede facilitar el saqueo.
También es urgente construir un inventario poblacional nacional actualizado. La investigación disponible es valiosa, pero existen grandes vacíos, especialmente fuera de los sitios más estudiados. El monitoreo debe medir densidad, edades, reclutamiento, mortalidad, floración, extracción y transformación del territorio durante periodos largos.
La segunda tarea es armonizar la taxonomía con la legislación. México no puede proteger adecuadamente cuatro linajes si su norma agrupa algunos como sinónimos sin explicar el criterio científico. La lista definitiva debe aclarar el tratamiento de L. fricii y L. alberto-vojtechii, resolver la categoría de L. williamsii y hacer públicos los dictámenes que sustentan cada decisión.
La tercera es fortalecer el combate al tráfico ilegal y exigir trazabilidad real. La procedencia legal debe poder demostrarse; los aseguramientos necesitan terminar en investigaciones que identifiquen redes, no solo vendedores aislados. A la vez, los jardines botánicos, bancos de germoplasma y programas autorizados de propagación para conservación pueden funcionar como respaldo frente a pérdidas catastróficas, siempre con controles que eviten blanquear ejemplares extraídos del campo.
La cuarta es colocar a los pueblos originarios en el centro de la gobernanza. Su participación no puede limitarse a una consulta simbólica. La conservación del peyote y de las rutas ceremoniales debe respetar la libre determinación, el consentimiento previo y la propiedad colectiva de los conocimientos y expresiones culturales. Cualquier política sobre abastecimiento ceremonial autorizado debe diseñarse con las propias comunidades y bajo evaluación científica de sostenibilidad.
Finalmente, el turismo y la divulgación deben adoptar una ética elemental: no extraer, no comprar ejemplares sin procedencia acreditada, no difundir ubicaciones sensibles y no convertir ceremonias sagradas en producto. Contemplar una planta en su ambiente no concede derecho a poseerla.
El peyote no es solo un “botón”.
Visto desde lejos, el debate parece girar alrededor de una sustancia. Visto desde el suelo, el peyote es una planta completa: raíz, corona, flor, fruto, semilla, polinizadores, arbustos protectores, suelo calizo, lluvia incierta y décadas de vida. Visto desde los pueblos que lo consideran sagrado, es además memoria, parentesco, camino y obligación de cuidar.
La amenaza de extinción ocurre cuando esas dimensiones se rompen al mismo tiempo. La planta se vuelve mercancía; el desierto, superficie disponible; la ceremonia, espectáculo; y la clasificación legal, una sigla que llega después del daño.
Todavía hay peyote en el Desierto Chihuahuense. Todavía existen poblaciones que florecen y producen semillas. Todavía hay ciencia, conocimiento comunitario e instrumentos legales capaces de protegerlo. Pero la lentitud que permitió a esta cactácea sobrevivir durante milenios es también su mayor desventaja frente a una economía que extrae en horas y transforma el territorio en días.
Salvar al peyote no significa congelarlo fuera de la historia. Significa permitir que continúe viviendo en el desierto y en las culturas que han construido con él una relación ancestral. Si desaparece, México no perderá únicamente una cactácea rara. Perderá una parte irremplazable de su biodiversidad, de su memoria y de la conversación milenaria entre los seres humanos y la tierra.
Hallazgos principales.
- No existe una lista universal de “variedades”: Kew reconoce cuatro especies de Lophophora; otras fuentes aceptan dos o tres.
- Muchos nombres difundidos comercialmente —texana, decipiens, echinata, pentagona, pluricostata— son sinónimos de L. williamsii para Kew, no variedades aceptadas de manera independiente.
- Lophophora diffusa está legalmente En peligro de extinción (P) en México y es Vulnerable para la UICN.
- Lophophora williamsii es Vulnerable en la UICN y su población disminuye. En el anexo mexicano definitivo de 2019 figura como Pr, mientras el proyecto de 2025 propone elevarla a P.
- La Profepa ya la denominó “en peligro de extinción” en un comunicado de junio de 2026, aunque la actualización normativa seguía pendiente de publicación definitiva en julio de 2026.
- La extracción ilegal, la pérdida de hábitat, la agricultura, la ganadería, la minería, los caminos, el desarrollo urbano y la presión turística actúan de manera acumulativa.
- La recuperación es extraordinariamente lenta: un experimento de seis años encontró que ese periodo aún podía ser insuficiente después de una recolección.
- La conservación debe ser biocultural: hábitat, ciencia, vigilancia y participación decisoria de los pueblos originarios.
Nota metodológica.
La investigación contrastó bases taxonómicas internacionales, la Lista Roja de la UICN reproducida en Kew y World Flora Online, artículos revisados por pares, repositorios universitarios mexicanos, legislación publicada en el Diario Oficial de la Federación, comunicados de autoridades ambientales y documentación de UNESCO y CITES. Las ubicaciones se mantienen a escala regional o estatal y se omiten coordenadas precisas para no facilitar la extracción ilegal. Las categorías “Vulnerable”, “En peligro”, “Amenazada” y “Sujeta a protección especial” pertenecen a sistemas distintos y no son equivalentes automáticos.