Crónica: Un fin de semana en el corazón caliente del desierto

Campamento, carne asada y aguas termales en el Ojo del Caballo

Reportaje Especial / HISTORIASMX. – El viaje al Ojo del Caballo comienza como empiezan las historias que valen la pena: con la promesa de algo improbable. En el sur del municipio de Jiménez, donde el desierto parece no ofrecer más que silencio, existe un lugar donde el agua brota caliente de la tierra y el tiempo se mueve más lento. Un oasis real en medio del Bolsón de Mapimí.

Salimos un viernes por la tarde rumbo a la Sierra de los Remedios. El vehículo cargado con hieleras, carne para asar, leña, café, cobijas y una casa de campaña. No era un viaje cualquiera: era un fin de semana para acampar dentro del corazón mismo del manantial, en la gruta artificial por donde emana el agua termal.

El camino hacia lo improbable.

La carretera federal 49 se extendía recta hasta el punto donde el asfalto termina y comienza la terracería. Ahí inicia el verdadero trayecto. El polvo se levanta, el paisaje se vuelve agreste, y el desierto parece repetirse en cada dirección. Pero tras varios kilómetros de camino serpenteante entre cerros rojizos y roca volcánica, algo cambia: aparece el vapor.

Un hilo blanco elevándose entre árboles bajos. El Ojo del Caballo.

Ahí estaba Don Domitilo, sentado como siempre frente al balneario rústico, esperando con esa calma que solo tiene quien vive en medio del silencio.

—“Bienvenidos… aquí el desierto engaña. Parece seco, pero por dentro está vivo”— dijo al recibirnos.

Dormir dentro de la gruta del agua caliente.

Esa noche decidimos algo poco común: instalar la casa de campaña dentro de la gruta artificial, justo donde el agua termal brota de la roca. El espacio es cálido, húmedo y resguardado del viento. El vapor sube constantemente y crea una atmósfera que mezcla el olor mineral con la sensación de estar dentro de una caverna viva.

Mientras afuera la temperatura del desierto comenzaba a descender, dentro de la gruta el ambiente era tibio. Colocar la casa de campaña ahí fue como armar un refugio dentro de un corazón de piedra caliente.

—“Ahí van a dormir bien… el agua les va a dar calor toda la noche”— nos dijo Don Domitilo con una sonrisa.

El sonido del agua brotando se convirtió en un murmullo constante. Un arrullo natural. No era silencio absoluto: era un silencio acompañado.

Carne asada bajo las estrellas.

Encendimos la fogata cerca de la entrada de la gruta. La carne comenzó a asarse mientras el cielo se llenaba de estrellas. En el desierto, el cielo no tiene filtros. Es profundo, inmenso, abrumador.

El humo de la leña se mezclaba con el vapor del agua termal. El contraste era perfecto: el frío del aire, el calor del fuego y el calor aún más profundo del manantial.

Don Domitilo se sentó con nosotros.

—“Este lugar es para descansar el alma… no nomás el cuerpo”— dijo mientras aceptaba un plato de carne.

Nos habló de sus padres, de cómo cavaron hasta encontrar el agua hace décadas.

—“Aquí no hay lujos. Aquí hay agua caliente y cielo abierto. Con eso basta”— añadió.

La noche dentro de la tierra caliente.

Dormir dentro de la gruta es una experiencia que rompe la lógica del desierto. Afuera, el viento soplaba frío. Adentro, la casa de campaña se mantenía tibia gracias al calor que emanaba del manantial. El sonido del agua era constante, como si la tierra respirara.

En algún momento de la madrugada desperté. Afuera, un coyote aullaba a lo lejos. Adentro, el vapor seguía subiendo lentamente. El contraste entre el mundo exterior y el interior de la gruta era absoluto.

No era solo un campamento. Era dormir dentro de un fenómeno geológico vivo.

Amanecer entre vapor.

Al amanecer, la luz del sol entró por la entrada de la gruta. El vapor se volvió dorado. Salimos de la casa de campaña y el aire frío golpeó el rostro. A unos pasos, la alberca de agua caliente estaba lista para la primera inmersión del día.

Fotografía: HISTORIASMX

Sumergirse en esa agua al amanecer es una de las experiencias más intensas del lugar. El cuerpo despierta. La mente se calma. El desierto, alrededor, permanece en silencio.

Don Domitilo ya estaba de pie, preparando café.

—“¿Sí durmieron bien? Les dije… aquí el agua cuida”— comentó.

Un guardián del oasis.

Nos contó de los años difíciles, de la pandemia, de los intentos de despojo.

—“Han querido hacer negocio… pero esto no es para negocio grande. Es para que la gente venga, descanse y respete”— dijo con firmeza.

Luego, mirando hacia la gruta donde habíamos dormido:

—“Esa cueva la hicimos para que la gente sienta el agua desde adentro. Es como dormir con la tierra viva”.

Antes de despedirnos, lanzó la invitación que repite a cada visitante.

—“Vengan, acampen, disfruten… pero cuiden el lugar. El desierto parece solo, pero escucha todo”.

El regreso.

Cuando nos fuimos, la gruta quedó nuevamente en silencio. El vapor seguía saliendo. El agua seguía corriendo. Don Domitilo se quedó sentado, como guardián de ese corazón caliente bajo la tierra seca.

El Ojo del Caballo no es solo un sitio de aguas termales. Es un refugio. Un espacio donde el tiempo se detiene y el desierto revela su lado más humano.

Dormir dentro de la gruta, con el sonido del agua termal brotando a unos metros, cambia la forma de entender el paisaje. No es solo un viaje. Es una experiencia que se queda en el cuerpo.

Y mientras el vehículo se alejaba por la terracería, una certeza quedó flotando:
en medio del desierto de Chihuahua, hay un lugar donde la tierra respira caliente y donde siempre habrá alguien, como Don Domitilo, invitando a volver.

Por: Gorki Rodríguez / HISTORIASMX- LABP.

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