La historia comenzó hace más de diez años, cuando Leila —una mujer criada entre animales y movida por un profundo respeto hacia ellos— trabajaba en una agencia automotriz sobre la calzada principal de Jiménez. Cada día, al salir, veía perros vagando por las calles: flacos, enfermos, hambrientos.
HISTORIASMX / Jiménez, Chihuahua. – Entre los ladridos, el olor del alimento y el polvo del camino, Leila Gutiérrez recorre cada jaula del albergue “Callejeritos A.C.”. Los conoce a todos: el nombre, el carácter, la historia de abandono o rescate. Son cerca de sesenta perros que dependen de ella y de un pequeño grupo de voluntarios que, desde hace más de una década, han sostenido con esfuerzo y amor este refugio que nació de una necesidad: darles una oportunidad a los animales olvidados.
El origen: un grupo de mujeres y tres corralitos del rastro.
La historia comenzó hace más de diez años, cuando Leila —una mujer criada entre animales y movida por un profundo respeto hacia ellos— trabajaba en una agencia automotriz sobre la calzada principal de Jiménez. Cada día, al salir, veía perros vagando por las calles: flacos, enfermos, hambrientos.

“No me los podía llevar a casa porque vivía con mis papás”, recuerda, “pero sí los rescataba de alguna forma, los alimentaba y buscaba que alguien los adoptara”.
De esos pequeños actos de compasión nació una idea colectiva. A través de publicaciones en redes sociales, Leila se reunió con otras mujeres que compartían la misma preocupación. En su casa, en el Infonavit Primera Etapa, se congregaron decenas de personas dispuestas a ayudar. Entre ellas estaban Gaby Espinosa, Mónica Lozano, la maestra Rocío Torres y Tina Martínez, entre otras.
Así surgió el grupo, que más tarde se formalizaría como Callejeritos A.C.
Sin un espacio propio, las voluntarias pidieron apoyo al municipio y consiguieron tres corralitos dentro del rastro municipal de Jiménez, un lugar destinado al sacrificio de ganado. “Era lo único que teníamos. No había dónde más”, recuerda Leila.
Los animales dormían sobre el piso frío del rastro, mientras las voluntarias limpiaban y alimentaban día tras día. Pero la permanencia no duró mucho: “Nos dijeron que nos teníamos que salir porque empezaba la matanza”.

Fue entonces cuando Aldo Morales, un conocido de Leila, les prestó un terreno cerca del Cebetis. Allí improvisaron corralitos con malla, tablas y lo que encontraban. Comenzaron a botear en las calles, a organizar actividades y a construir con sus propias manos un espacio para los animales que nadie quería ver.
Un refugio a prueba de abandono y resistencia.
Con el paso del tiempo, el grupo se fue reduciendo. Algunas voluntarias se mudaron o dejaron de participar, pero Leila permaneció. “No iba a dejar a los animales solos”, dice con firmeza.
Fue entonces cuando conoció a Samantha Fernández, una adolescente que atravesaba un cuadro de depresión y que encontró en el refugio un sentido para seguir adelante. “Samantha lloraba cuando había que dormir un perro. Los amaba. A ella esto le salvó la vida”, cuenta Leila. “Por eso digo que los perros también curan: debería existir la palabra perroterapia”.

Con el apoyo del ingeniero Sergio Ogaz , quien en aquel tiempo estaba al frente de Ecología, y del presidente municipal “Chato”, lograron que el Ayuntamiento les cediera un terreno en comodato. Allí se levantaron los primeros ocho corralitos, con malla y techo. Desde entonces, ese lugar sigue siendo el corazón de Callejeritos A.C.
Los perros del rastro y la noche que cambió todo.
El momento más difícil llegó durante la segunda administración del ingeniero Marcos Chávez. Una noche, Leila notó la ausencia de una perra del albergue. Al preguntar, un guardia le dijo que había sido llevada al rastro para ser sacrificada.
“Me metí por un hoyito en la malla ciclónica. Y cuál fue mi sorpresa: había una jaula con más de diez perros encerrados, en hacinamiento, esperando su muerte. Me los traje todos, me los robé”, confiesa. “Venía pitando en mi carro, y los perros me seguían corriendo por la calle”.

Aquel acto de desobediencia le costó caro. Desde el gobierno municipal iniciaron gestiones para quitarles el albergue. Pero Leila y su grupo no se rindieron: levantaron firmas, acudieron a los medios, fueron a la radio y lograron detener el desalojo. “Ganamos por la presión social. Y aquí seguimos”, dice con orgullo.
Callejeritos hoy: 60 perros, un costal de croquetas diario y una batalla constante.
Actualmente, Callejeritos A.C. alberga 56 perros, más otros cuatro que Leila cuida en su casa. Entre ellos hay casos extremos: perros rescatados del maltrato, del abandono y hasta de violencia sexual.
“El perrito que está ahí, Rey, fue violentado sexualmente. Imagínate el dolor que viven algunos”, dice mientras recorre el lugar.
Cada día el albergue consume un costal de 25 kilos de croquetas. Eso significa al menos 30 costales al mes. Todo se sostiene mediante donaciones, actividades de recaudación y el trabajo voluntario de jóvenes del programa Jóvenes Construyendo el Futuro.

“Esto no es un refugio grande ni con apoyo del gobierno. Es una asociación civil sin fines de lucro, legalmente constituida, que vive del apoyo de la gente”, explica Leila. “Yo no he dejado que ni un solo día se queden sin comer. Pero ya no puedo sola”.
Un llamado urgente: 30 costales de croquetas al mes.
Leila ha iniciado una nueva campaña para recolectar croquetas y donaciones.
Su meta es sencilla pero urgente: asegurar alimento para los próximos meses, pues planea ausentarse temporalmente de Jiménez para visitar a su hija y su hermana, a quienes no ve desde hace una década.
“Ellos no se pueden quedar sin comer ni sin veterinario. Si 30 personas se comprometen con un costal al mes, el albergue sobrevive”, explica.
Las personas interesadas pueden comunicarse directamente con ella al 629 152 4578 o a través de la página de Callejeritos A.C., donde también se coordinan adopciones responsables.
Una historia de amor, lucha y comunidad.
En cada ladrido y cada mirada hay una historia de supervivencia. Lo que comenzó como un grupo improvisado en tres corralitos del rastro municipal hoy es un símbolo de empatía en Jiménez.
“Yo quisiera que todos consiguieran un hogar”, dice Leila. “Cada perro tiene su historia, y mientras los necesiten, aquí voy a estar.